Alejandro Labaka y hermana Inés Arango: Entregar la vida por la Vida
Este año en que celebramos 800 años del paso de san Francisco a la casa del Padre, en Ecuador debemos recordar a Alejandro e Inés, dignos seguidores del santo de Asís.
El 22 de mayo de 2025 el papa León XIV declaró “venerables” a Mons. Alejandro Labaka y a la hermana Inés Arango, quienes el 21 de julio de 1987 dieron su vida para proteger a los Tagaeri, un pueblo en aislamiento, amenazado por el avance de la extracción petrolera. Asumieron el peligro por su defensa y por el Evangelio. La frase de Alejandro: “Si no vamos nosotros, los matan a ellos”, y la de Inés: “Si muero, me voy feliz. Que nadie sepa nada de mí”, les retratan de cuerpo entero. Ser declarados venerables reconoce que vivieron las virtudes cristianas (fe, esperanza y caridad) en grado heroico. Es el paso previo para una posible beatificación.
“Todo lo que la Iglesia ofrece debe encarnarse de modo original en cada lugar del mundo, de manera que la esposa de Cristo adquiera multiformes rostros que manifiesten mejor la inagotable riqueza de la gracia: La predicación debe encarnarse, la espiritualidad debe encarnarse, las estructuras de la iglesia deben encarnarse” (Querida Amazonía 6). Ellos emprendieron y ejecutaron esta tarea; colocándose en manos del Señor, se “encarnaron” en una cultura diferente.
Su muerte en medio de la selva sigue siendo un grito para la defensa de los derechos de los pueblos, de la vida y de la casa común que deben trascender y ser un ejemplo para todo el Ecuador
Sus figuras crecen con los años. Su muerte en medio de la selva sigue siendo un grito para la defensa de los derechos de los pueblos, de la vida y de la casa común que deben trascender y ser un ejemplo para todo el Ecuador. Vivieron en la Amazonía, la amaron con pasión, sufrieron por ella.
Alejandro fue misionero en China antes de llegar a Ecuador (Aguarico) en 1954. En 1965 fue nombrado Prefecto Apostólico y participó en el Concilio Vaticano II, definiendo su pastoral, al escribir al papa san Pablo VI: “He sentido muy fuerte en mi interior el mandato de Cristo de predicar a todas las gentes, especialmente a los Aucas”. En 1970 renunció al cargo y fue un misionero más.
Trabajó en beneficio de los colonos, ayudó a crear y estructurar nuevos poblados. Su principal trabajo: la defensa de los pueblos indígenas, especialmente los minoritarios, las nacionalidades Siona, Secoya y Waorani. Su relación e inculturación con este pueblo marcó su pastoral, vida y entrega final. Se integró con uno de los clanes waorani que había permanecido aislado; escribiendo: “En las visitas examinaron las pertenencias de este capuchino que se precia de profesar la pobreza franciscana y vieron que tengo demasiadas cosas y se las llevaron con todo derecho… Me arrodillé ante Inihua y puso su mano sobre mi cabeza, otro tanto ante Pahua llamándole buto bara (mi madre) que también puso sus manos sobre mi cabeza, estaba desnudo, luego besé las manos de mis padres y hermanos waorani… Comprendí que debía despojarme del hombre viejo y revestirme más y más de Cristo… Juzgué un deber el manifestarme y comportarme con toda naturalidad, igual que ellos, aceptando todo, excepto el pecado” (extractos de la Crónica Huaorani de Mons. Labaka).
En 1984 fue nombrado primer obispo del Vicariato Apostólico de Aguarico; en su consagración, los indígenas fueron protagonistas. Siguió defendiéndolos y a sus territorios ancestrales junto a la hermana Inés, hasta la entrega final de sus vidas. Pocos indígenas y mestizos comprenden quizás el significado de “venerables”, pero los recuerdan y los sienten como santos propios.
Alejandro fue un puente entre culturas, promotor y generador de diálogo entre los diferentes actores sociales, políticos, económicos de la Amazonía de ese entonces, buscando siempre el bien común.
“Dejaron en la selva, con su sangre, la semilla de Dios, dejaron en la comunidad episcopal el más grande incentivo del real compromiso con los más pobres e incomprendidos, y dejaron en la misión de Aguarico la fuerza de un espíritu que no se intimida ante nadie o nada” (Mons. Luna Tobar). Entregaron su vida por la VIDA.
