Prioridad transcultural del Espíritu Santo

Pentecostés contra trumpismos

Poliedro cultural: unidad multinacional

Domingo de Pentecostés.Se recuerda en las iglesias la Misión del Espíritu de Vida: Id y aprended de todas las gentes para construir un pueblo nuevo en unidad diferenciada.

Lucas escenificó el discurso de Pedro ante un público internacional variadísimo. Pero no introdujo ningún personaje de traductor simultáneo, ni puso en labios de Pedro una lengua común. Enigmática y simbólicamente constata el evangelista que, mientras Pedro habla en su lengua, cada oyente le entiende en la propia (Hechos, 2, 8-11). Dos mil años de evangelización han leído este relato programático como invitación a construir, animada por el Espíritu, la comunidad humana “unida y diversa”.

Hoy que reviven brotes populistas con añoranzas retrógradas de prioridades aldeanas, ingenuamente narcisistas y cerrilmente tribales, conviene revivir el mensaje de Pentecostés: el que nuestro querido hermano Bergoglio (que en la Vida vive) llamaba el “poliedro cultural” de la unidad diferenciada.

El Papa Francisco eligió para emblema de esta pluralidad unificada la imagen del poliedro, en vez de la uniformidad homgeneizada de la esfera: “El poliedro refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad. Tanto la acción pastoral como la acción política procuran recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno” (Evangelii gaudium,  236). Francisco propugnó una “cultura del encuentro y la inclusión” frente a toda exclusión, del bien común: frente a totalitarismos centralizadores, y frente a la fragmentación de los sectarismos locales.

El Papa Francisco aplicó la imagen de Pentecostés, poliedro de pueblos y unidad diferenciada, a la vida eclesial y a la sociedad civil. Vale para la reforma de las estructuras de parroquia, “comunidad de comunidades” (id., 28), con capacidad de acoger e integrar diversos rostros ymaneras diferentes de ser iglesia en diversos grupos, movimientos y asociaciones. Vale también para la construcción política de la vida en común por parte de unas personas que no se quedan en ser “meros habitantes, sino que se convierten en ciudadanos”, para construir juntos un pueblo, comunidad de comunidades y nación de naciones.

El Espíritu Santo sopla para disipar el miedo al pluralismo.. Es el mismo Espíritu Santo el que “suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y al mismo tiempo construye una unidad que nunca es uniformidad, sino multiforme armonía”. Por eso se opone a los fanatismos monoculturales y monocordes, que sacralizan la propia cultura (id., 117).

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