La Vida me vive, el Espíritu me respira

En el nombre de la Fuente, de la Faz y de la Brisa

Espíritu de Luz, Espíritu del Camino, Espíritu de Vida

Las tradiciones cristianas romano-occidentales confiesan su fe desde arriba hacia abajo diciendo: En el nombre de la Fuente (Patris), del Camino (Filii) y de la Brisa (Spiritus Sancti).

Las tradiciones greco-orientales prefieren expresarla desde abajo hacia arriba diciendo: “Con la Brisa (in Spiritu) por el Camino (per Filium) hacia la Fuente (ad Patrem)”.

Ambas reconocen que nadie vio la Fuente (Jn 1,18), hacia la que nos encamina quien nos la interpretó (exegésato, Jn 1, 18b) : El Que Vive en el seno de la Fuente de Vida, el inocente ejecutado que al morir se adentró resucitando en el seno de la Vida de Abba (pros ton kolpon tou Patrós: murió “adentrándose hacia” el seno del Padre-Madre), desde donde envía sin cesar la Brisa (Ruah) que vivifica, el soplo de vida creador y recreador que nos hace creer en la desvelación de la Vida que era desde siempre y es para siempre “de cara al Padre-Madre” (1 Jn. 1, 1).

“No apaguéis el Espíritu” , dice la Carta a la iglesia de Tesalónica (1 Thes 5,19), no pongáis diques a a la inundación del Espíritu, no cerréis las ventanas a su brisa, no extingáis la energía que hace creer, crear y resucitar. Pablo confiesa su fe en la Vida que le hace vivir y el Espíritu que le hace respirar:“Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en vosotros, el mismo que le resucitó dará vida también a vuestro ser mortal, por medio de ese Espíritu suyo que habita en vosotros” (Rom 8, 11):

El Espíritu de Vida Creador es el Espíritu Re-Creador, que restaura la vida más allá de la muerte. El don de vida por el aliento del Espíritu depende del Dador del don, que crear, re-crea y restaura la vida en y más allá de la muerte. Tanto en Creación como en Resurrección, el Espíritu es mediación de la donación de vida.

El mismo dinamismo de la Ruah o energía divina que transformó la última expiración humana de Jesús en inhalación de Espíritu resucitador de Cristo y la convirtió en exhalación de Espíritu vivificador del mundo, esa misma energía vivificará nuestra vida y transformará nuestra muerte en vida definitiva en el seno de la Vida de la vida. Tomada en serio esta fe, debería tener fuertes repercusiones místicas, psicológicas y políticas, para la liberación y transformación de las personas y de la sociedad. Esta fe en el Espíritu resucitador debería desencadenar fuertes consecuencias terapéuticas, políticas y espirituales.

Esta intuición paulina, muy olvidada en muchas comunidades, se mantuvo viva en la tradición de comunidades que se remontan al discípulo Juan. La comunidad que transmitió la tradición de Juan, llamado portavoz del amor, debía respirar “Espíritu de Vida”, a juzgar por sus capacidades terapéuticas, políticas y místicas reflejadas en el cuarto evangelio.

Expresaban su fe diciendo: “Soplo vital es Dios” (Pneuma ho Theós, Jn 4,24). No necesitaban reunirse en el templo de un “dios nacional” (la gran equivocación israelita de una prioridad nacionalista supyuestamente bendecida por Dios), ni en los templos de “otros dioses extranjeros”, porque sabían que el templo (es decir, el lugar de adoración y celebración, de gratuidad y comensalidad, de misericordia en vez de sacrificio) eran todos ellos y ellas cuando se reunían “trans-religionalmente”en “verdadero espíritu” (en pneumati kai aletheia, Jn 4,24).

Comunicaban entre sí y transmitían la tradición de la buena noticia de Jesús, heredada a través de Juan y Magdalena, que contaron infinidad de veces y de mil maneras lo de Jesús El Que Vive, para animarnos a tener fe en el soplo de vida que da vida (Jn 20, 31). El mensaje no necesitaba exponerse en un diccionario grueso o en un curso complicado de teología, consistía endecir decir simplemente: Hay Vida, hay Vida desde siempre, Vida que no muere; Jesús, rostro de esa Vida, la manifestó; esa vida nos reune como comunidad de personas llamadas a darse vida mutuamente con alegría (1 Jn 1,1-4).

Palabras y gestos, vida y muerte de Jesús fueron desvelación de esa Vida. Se siguen contando de generación en generación para que vivifiquen a quienes, al escucharlas, crean (Jn 20, 31). Creer en el Espíritu y ser vivificada por el Espíritu da a la comunidad creyente capacidad terapéutica, política y mística.

La comunidad que recibe el soplo de vida de Jesús (Jn 20, 21-22) es enviada al mundo con la misma misión de Jesús: curar, liberar y contemplar. La comunidad recibe del Espíritu capacidad para realizar esa misión terapéutica, política y mística. “Os envío, dice Jesús, con la misma misión con que fui enviado. Recibid soplo de vida y capacidad de curar, liberar y desvelar; ayudad a que haya sanación en lugar de enfermedad; liberación en lugar de opresión; reunificación y reconciliación, en lugar de ruptura y desintegración; desengaño y lucidez en lugar de ilusión; conciencia en lugar de manipulación... A quienes anunciéis la liberación, que se liberen, y a quienes denunciéis como opresores, que se conviertan (Jn 20,23). “Yo he venido para una crisis de discernimiento, es decir, para que quienes no ven vean y quienes presumen de ver, a pesar de no ver, reconozcan su ceguera y se conviertan” ( Jn 9, 39). Para que la personas oprimidas se liberen y las opresoras, que no se alegran de la liberación o la impiden, se conviertan y dejen de oprimir (cf. Jn 5, 14-18 y 9, 1-41).

La celebración principal, la mejor fiesta del año para esta comunidad, es la del Espíritu de Vida. Pentecostés es revivir el corazón del misterio pascual: el éxodo o tránsito de muerte a vida, el momento decisivo de la Muerte-Resurrección-Comunicación del Espíritu de Vida (Jn 19, 30-35: “entregó su espíritu... una lanza le traspasó el costado).

Para la catequesis popular han resultado casi siempre utilizadas las imágenes y narraciones del evangelista Lucas: ascensión de Jesús al cielo cuarenta días después y envío del Espíritu desde las alturas en la mañana de Pentecostés, seísmo, viento, lenguas de fuego y poliglotismo inexplicable. Pero la profundiad de Juan alimenta mejor la fe adulta. La presentación simultánea de muerte, glorificación y envío del Espíritu concentra el tránsito pascual y la efusión pentecostal en el crucificado con el pecho traspasado, como en el Apocalipsis la imagen de un cordero “degollado” y, al mismo tiempo, “en pie”, vivo y victorioso (cf. Ap. 5, 69). Jesús, al morir, pone en manos de Abba su espíritu y recibe el Espíritu resucitador que envía a la iglesia, nacida de su costado traspasado, sin necesidad de tener que esperar hasta unas semanas más tarde.

Ese Espíritu resucitador actúa resucitándonos ya ahora y aquí. Y actúa resucitando continuamente a su iglesia y suscitando nuevos Pentecostés en ella, purificando continuamente todo ambiente irrespirable para convertirlo en lugar habitable de vida.

También te puede interesar

Lo último

stats