Falleció en Santiago (1942-2026)
Diego Irarrázaval: el teólogo que caminó con los pueblos
Falleció en Santiago (1942-2026)
La Congregación de Santa Cruz comunicó el fallecimiento en Santiago de Chile de Diego Irarrázaval, sacerdote, investigador y autor de una extensa obra dedicada a las culturas andinas, la religiosidad popular y la teología de la liberación. Había nacido en la capital chilena a fines de 1942 y perteneció a una generación de cristianos latinoamericanos que vinculó estrechamente la fe con la lucha contra la pobreza, la desigualdad y la represión política.
Su trayectoria atravesó algunos de los procesos que marcaron al continente durante la segunda mitad del siglo XX: la movilización universitaria de los años sesenta, la experiencia de Cristianos por el Socialismo, el golpe de Estado chileno, la persecución política, el exilio y la emergencia de los pueblos originarios como protagonistas de su propia historia.
Pero su vida no puede resumirse solamente como la de un intelectual comprometido. Irarrázaval fue, sobre todo, un hombre que cambió de lugar. Salió del ambiente universitario chileno, dejó el país bajo la dictadura y terminó encontrando en el altiplano peruano el espacio humano y cultural desde el cual desarrollaría lo más reconocible de su trabajo.
Irarrázaval obtuvo la licenciatura en Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile en 1969. Participó en los movimientos universitarios de la época, ejerció la docencia y posteriormente formó parte de Cristianos por el Socialismo, una red que reunió a sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos con los procesos de transformación social que recorrían América Latina.
Después del golpe de Estado de 1973 se involucró en acciones de solidaridad y protección de personas perseguidas por la dictadura. Años más tarde, al repasar su vida, señaló que aquella experiencia y la necesidad de abandonar Chile habían sido uno de sus grandes puntos de quiebre.
“En mi vida ha habido hitos, momentos más fuertes, que me marcan mucho”, explicó en una entrevista de 2008. Entre ellos mencionó su participación en los procesos sociales chilenos, el cuidado de quienes eran perseguidos y su salida forzada del país.
En 1975 comenzó una nueva etapa en Perú. Trabajó inicialmente en Chimbote y colaboró en el centro teológico Bartolomé de las Casas, conducido por un equipo en el que participaba Gustavo Gutiérrez, uno de los principales iniciadores de la teología de la liberación.
Más tarde se trasladó al altiplano. Allí comenzó una convivencia prolongada con comunidades aymaras que terminaría modificando su manera de entender la sociedad, la Iglesia y el propio trabajo intelectual.
Diego Irarrázaval vivió durante 29 años en Perú. En Chucuito fue ordenado presbítero en 1984 y, entre 1981 y 2004, coordinó el Instituto de Estudios Aymaras. Desde ese espacio investigó y publicó sobre cultura, identidad indígena, religión, fiestas populares y vida comunitaria.
No se presentó como un especialista que llegaba a explicar el mundo andino desde fuera. Reconocía que habían sido las comunidades las que lo habían recibido, enseñado y transformado. En su propia reconstrucción biográfica, hablaba de aquellos años como un renacimiento personal.
La experiencia peruana lo llevó a cuestionar la costumbre de interpretar a los pueblos originarios únicamente como destinatarios de evangelización, asistencia o estudio. Para Irarrázaval, las comunidades tenían sus propios conocimientos, memorias, formas de organización y maneras de comprender la relación entre las personas, la naturaleza y lo sagrado.
Ese cambio de perspectiva fue central en su trayectoria. A las preocupaciones sociales clásicas de la teología de la liberación incorporó con creciente fuerza la dimensión cultural, la identidad indígena, las relaciones entre hombres y mujeres, la ecología, la fiesta y la vida cotidiana.
Irarrázaval tampoco ocultó la distancia entre su origen chileno y la realidad de los pueblos que lo acogieron. Por el contrario, decía que el caminar andino le había permitido tomar conciencia de la cultura dominante de la que provenía y relativizarla.
“Me siento privilegiado al apreciar la tradición cristiana desde el caminar andino”, escribió al presentar su trayectoria y poner a disposición pública sus textos.
Su actividad se extendió mucho más allá de Chile y Perú. Entre 1995 y 2006 coordinó la Asociación de Teólogos y Teólogas del Tercer Mundo, una red internacional que puso en diálogo las experiencias de América Latina, África y Asia. También colaboró con Amerindia, participó en encuentros continentales y formó parte del comité editorial de la revista internacional Concilium entre 2005 y 2017.
Enseñó en instituciones de distintos países y acompañó espacios dedicados a las teologías indígenas, el diálogo entre culturas y religiones y la reflexión producida desde las sociedades del Sur global.
Publicó libros desde fines de los años setenta. Entre sus títulos más representativos se encuentran Religión del pobre y liberación, Tradición y porvenir andino, Rito y pensar cristiano, Inculturación. Amanecer eclesial en América Latina, Un cristianismo andino, Teología en la fe del pueblo, Itinerarios en la fe andina y Raíces con alas. El CEP de Lima - Centro de Estudios y Publicaciones- fue su casa editorial preferente.
La variedad de esas obras refleja una búsqueda poco convencional. Irarrázaval se interesó por asuntos que durante mucho tiempo fueron considerados secundarios dentro de las instituciones académicas y eclesiásticas: la sabiduría indígena, la religiosidad popular, las relaciones de género, el cuidado de la tierra, el humor, la celebración y las formas comunitarias de enfrentar el sufrimiento.
No abordó esas materias como elementos pintorescos o decorativos. Las consideró claves para entender la realidad latinoamericana y para discutir quiénes tienen derecho a producir conocimiento dentro de la sociedad y de la Iglesia.
Quienes conocieron su trabajo destacan un estilo personal distante del protagonismo. En marzo de 2023, cuando Irarrázaval atravesaba un delicado estado de salud, Pedro Pablo Achondo relató una visita al hospital y lo describió como uno de los grandes teólogos latinoamericanos. Destacó su vida sencilla, “quitadita de bulla”, y su decisión de caminar junto a los pequeños.
La expresión coincide con la forma en que Irarrázaval se presentaba a sí mismo: no como propietario de una doctrina, sino como una voz dentro de una búsqueda colectiva. Su producción intelectual surgía de los cursos, las conversaciones y los procesos comunitarios en los que participaba.
Su nombre posiblemente no alcanzó fuera de los circuitos especializados la notoriedad de Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff o Jon Sobrino. Sin embargo, su trabajo mantuvo una presencia sostenida en comunidades, centros pastorales, universidades y redes continentales.
Fue un constructor de puentes entre realidades que suelen permanecer separadas: la academia y la vida popular, el cristianismo y las culturas originarias, Chile y Perú, la experiencia espiritual y las luchas sociales. Incluso tuvo con este autor reflexiones iluminadoras y muy importantes sobre cultura e inteligencia artificial.
La muerte de Diego Irarrázaval cierra una trayectoria estrechamente vinculada con la historia reciente de América Latina. Su vida recorrió la efervescencia política de los años sesenta, el quiebre provocado por las dictaduras, el exilio, la reconstrucción de las organizaciones populares y la creciente afirmación de los pueblos indígenas.
También fue testigo de las transformaciones experimentadas por la teología de la liberación. Sin abandonar la preocupación por la pobreza y la injusticia, ayudó a ensancharla para que escuchara otras voces y reconociera otros conflictos: la discriminación cultural, el dominio masculino, la destrucción de la naturaleza y el silenciamiento de los saberes populares.
Irarrázaval deja una obra extensa, pero también una manera de trabajar: antes de hablar, escuchar; antes de definir a los otros, convivir con ellos; antes de transformar la liberación en una consigna del pasado, reconocer sus nuevos rostros.
En una América Latina donde los pueblos originarios, las mujeres y las comunidades empobrecidas todavía son tratados con frecuencia como objetos de discursos elaborados por otros, esa manera de caminar continúa teniendo una actualidad indiscutible.
Sus funerales se efectuarán el lunes 20 de julio próximo en el Cementerio Parque de Santiago.
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