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La Región del Biobío, ubicada a 500 kms al sur de la capital, Santiago, enfrenta nuevamente una emergencia de gran magnitud producto de los incendios forestales, un fenómeno cada vez más recurrente y devastador en el centro-sur de Chile.

Durante las últimas temporadas estivales, la combinación de altas temperaturas por el cambio climático, sequía prolongada, vientos intensos y una alta concentración de plantaciones forestales ha generado condiciones propicias para la propagación rápida del fuego, afectando zonas rurales y periurbanas densamente habitadas.

En esta oportunidad los incendios han dejado el reciente fin de semana 16 personas muertas, más de 50 mil personas evacuadas de sus casas y un par de pequeñas ciudades devastadas como si una bomba hubiera estallado.

La gente ha perdido sus viviendas, y múltiples comunidades han quedado severamente dañadas en su infraestructura básica, incluyendo escuelas, centros comunitarios y templos religiosos. El Biobío, además, concentra altos índices de vulnerabilidad social, lo que profundiza el impacto de la catástrofe y convierte la emergencia climática en una crisis humana, social y pastoral de largo alcance.

En un mensaje difundido públicamente, el arzobispo de Concepción, Sergio Pérez de Arce expresó cercanía, oración y un llamado explícito a la solidaridad frente a los graves incendios que afectan a la región. El obispo con un tono directo, encarnado, situado en el sufrimiento concreto de “las familias y las personas que están sufriendo a causa de los incendios”, hizo especial mención a quienes han perdido sus hogares y, de manera particularmente dolorosa, a quienes han perdido a seres queridos.

El arzobispo no eludió el impacto eclesial de la tragedia. La destrucción del histórico templo de la parroquia del puerto de Lirquén y de la capilla Santa Teresita de Penco, dos ciudades vecinas, no fue presentada como una pérdida patrimonial aislada, sino como parte del drama humano y comunitario que atraviesan esos territorios. Templos y capillas no son solo infraestructura religiosa: son lugares de memoria, de vínculo social, de refugio simbólico. Cuando arden, algo más que madera y muros se pierde.

Al nombrar explícitamente a las comunidades cristianas afectadas, Pérez de Arce situó a la Iglesia no como espectadora compasiva, sino como parte del cuerpo herido y subrayó la importancia de hacerse parte de su dolor y de acompañarlos desde la fe y la solidaridad.

De la oración a la organización

Uno de los elementos más relevantes del mensaje episcopal fue el llamado a una ayuda concreta, organizada y urgente: artículos de aseo, alimentos y agua, canalizados a través de parroquias y comunidades, con coordinación desde la Arquidiócesis. No es un detalle menor. En contextos de emergencia, la buena voluntad sin articulación suele diluirse; aquí se propone una mediación eclesial clara, que asume responsabilidad logística y comunitaria.

Pero el arzobispo fue más allá de la fase inicial de la catástrofe. Subrayó que, una vez superada la emergencia inmediata, surgirán necesidades más profundas que exigirán una solidaridad sostenida en el tiempo. Esta afirmación es clave: los incendios no terminan cuando se apagan las llamas. Comienza entonces el largo proceso de reconstrucción material, emocional y social, donde el acompañamiento suele escasear y la atención pública se desplaza hacia otras urgencias. “Desde ya hagámonos disponibles para solidarizar con estos hermanos afectados”, señaló.

La gran magnitud de los incendios en el sur de Chile vuelve a plantear preguntas incómodas sobre el modelo forestal, la planificación territorial, la protección de comunidades rurales y periurbanas, y la fragilidad de los sistemas de prevención. Que la Iglesia hable desde las víctimas, y no desde la neutralidad técnica, es ya una toma de posición ética que el pueblo creyente valora.

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