Un cura que le apasionó un interrogante: ¿Y vosotros quién decís que soy yo?
Conocer a Cristo lo es todo. Ricardo un sacerdote de Jesucristo. Domingo XXI
Conocer a Cristo lo es todo
El apóstol Pablo era un convencido radical de que nada era comparable con la riqueza del conocimiento de Cristo; para él, todo se debería considerar basura en comparación con este don. No hay mayor gracia que entrar en comunión con ese misterio de Jesús de Nazaret, el Crucificado que ha resucitado y vive para siempre.
DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
–¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron:
–Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Él les preguntó:
–Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
–Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió:
–¡Dichoso tú, Simón, ¡hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre, que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.Mateo 16,13-20
Seguimiento al Maestro (Ricardo, cristólogo)
Al leer este evangelio recojo esta reflexión que elaboré cuando mi amigo Ricardo estaba ya en su lecho de muerte, viviendo su tránsito al Padre. Ya hace más de un año que murió. Con él he compartido mucha vida y camino; en sus retos personales, creo que el más grande ha sido precisamente el conocimiento de Cristo. Ha sido durante muchos años el profesor de Cristología en el seminario de nuestra diócesis y también en un seminario en Perú, aventura que compartimos en bastantes ocasiones.
Hablé con él al comienzo del proceso; ahora ya es más difícil, aunque algún mensaje le hice llegar:
Bueno, querido Ricardo, sé que andas luchando contra todos los males corporales con buen espíritu. Personas cercanas me van informando. Que sepas que quiero estar muy cerca de ti y que te quiero un montón. A ver si voy pronto a verte. Ahora estoy estudiando la espiritualidad de Hebreos, y todos los días te tengo presente, no solo por tus explicaciones y sabiduría, sino por tu ser humano compasivo y tu fidelidad a Dios. Eres para mí, en tu seguimiento al Maestro, como él, compasivo y digno de fe. Abrazo fuerte.
La situación de la enfermedad me movió a expresar reflexiones personales sobre su persona que nos ayudarán a acompañar nuestra despedida. Para recordar –en el sentido etimológico que él nos ha dicho tantas veces– de volver a pasar por el corazón los buenos sentimientos que ha generado en los que hemos compartido vida con él. Así nos podemos unir a él en este momento y orar con paz y esperanza desde esa fe perseverante de la que habla la carta a los Hebreos.
Ofrecido y predicado
Algo que es fundamental para él, como bautizado y presbítero, ha sido la Palabra, esa clave fundamental de que Dios nos ha hablado de muchas maneras, pero que en Cristo nos ha hablado de un modo único y definitivo. El amor a la Palabra ha sido configurador de su ministerio, ahí ha buscado, indagado, investigado, contemplado, sintetizado, ofrecido, predicado…, y nunca lo ha dejado de hacer. Seguro que en estos momentos pasarán por su mente y corazón textos entrañables con los que ha ido siempre dialogando con Jesús, como los discípulos de Emaús. En esos momentos vitales trascendentales que le ha tocado vivir de enfermedad en juventud y de dudas y de interrogantes vitales de fe y ministeriales. Afianzarse y hacer de la Palabra, Cristo, la única roca de discernimiento y de fundamento para vivir y no perder el horizonte de una esperanza aguardada. Ahí has ido descubriendo al Jesús de Nazaret digno fe, fiel hasta la muerte en la aceptación de la voluntad del Padre.
Junto a la Palabra, desde la que has sido fiel, está la clave de la carta a los Hebreos de la compasión divina. En este sentido, me alegra poder testimoniar con muchos que, desde Cristo y el corazón del Padre, revelado por él, te llena un espíritu de comunidad basado en la verdadera compasión de lo humano. En ti hay convicciones, opciones, pero siempre buscando el fundamento limpio de lo más verdadero y discernido, y a la vez nunca has sido juez de la realidad, ni del mundo ni de los hombres, de los hermanos…
Real y serio
Has manifestado, con verdad y humildad lo que para ti era real y serio, pero siempre dejándolo en interrogante, desde la parcialidad de que tú eras consciente que era fruto de tu búsqueda, pero que no debía ser normativa para nadie, solo indicadora, y por eso la compartías. Yo, en este sentido, he gozado de contar con tu confianza permanente, con tu valoración generosa, con tu animación constante, con tu fraternidad compartida en labor apostólica –incluido allende los mares–, y también con tu corrección de hermano amable y firme para mi bien y el de los que me querían y me rodeaban. Siempre lo agradeceré.
Ahora, en este momento tan crucial de lucha en tu enfermedad, deseamos profundamente que te esté envolviendo, junto al cuidado de tantos que están a tu servicio en el hospital y en tu compañía física, la suavidad y la ternura de la Palabra de Dios, en la que has creído, para que te haga sentir hijo amado en manos del Padre, y puedas estar sintiendo también en el abrazo de la debilidad toda la compasión con la que Dios te ha hecho tan humano, sin pretender nunca ni él ni tú que fueras perfecto. Tus debilidades y límites las aceptas de tal modo que también te hacen asequible y cercano.
Una muchedumbre inmensa
Me pongo a orar ante Cristo desde el recuerdo de tu persona, y el Espíritu no me deja tranquilo trayendo a mi corazón momentos, gestos, frases, lugares, escritos, reflexiones…, y doy gracias, gracias, gracias. Imagino que así le está pasando a una muchedumbre inmensa de personas, que es la de todos los nombres que desbordan ese corazón que ahora ya se siente cansado y a punto de deshacerse en tanto cariño silencioso y amoroso.
Ricardo, fiel y compasivo, estamos a tu lado y contigo, teniéndote como referente leemos este texto de Hebreos que tú nos explicarías muy bien: «Deseamos, no obstante, que cada uno de vosotros manifieste hasta el fin la misma diligencia –la que tú siempre tienes– para la plena realización de la esperanza, de forma que no os hagáis indolentes –indolencia que no te manchó–
, sino más bien imitadores –tus huellas son vivas– de aquellos que, mediante la fe y la perseverancia, heredan las promesas» (Heb 6,11-12).
Retazo de una homilía de Ricardo:
"Para nosotros, cristianos, la pregunta más importante, la pregunta por antonomasia de toda la historia, es la otra, la que Jesús dirige a «sus discípulos», esta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
La pregunta de Jesús, que hoy de nuevo a todos él nos dirige, demanda de nosotros, de mí, una respuesta que
- nunca será definitiva,
- pues vivimos en una situación de permanentemente cambio,
- por ello necesita ser constantemente reformulada.
Pero en cada reformulación habrá de abarcar mi vida entera, que en esa respuesta queda toda ella implicada.
Pues, al fin y al cabo, la vida toda de un cristiano está pendiente de la respuesta que dé a la gran pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Acordes encarnados:
60. LA PALABRA DE CRISTO | A. Calvo & P. Monty
La palabra de Cristo
Amor a la Palabra, fuego encendido,
luz que sostiene todo camino,
allí buscó, allí indagó,
allí su alma siempre habitó.
En las letras halló el misterio,
en la contemplación, claridad,
de la Escritura brotó el consuelo,
y en su anuncio, la eternidad.