Oración de un refugiado ante sus tres hijos pequeños (Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado)
No sabemos por qué nos llaman diferentes. Nosotros solamente sabemos que nos gusta jugar. A Jesús le gusta bailar y cantar a su manera. A Jacob le gusta la música y el fútbol. A Jessed le gusta dormir acompañado.
El próximo Domingo 27, jornada mundial del migrante y refugiado, las diócesis extremeñas nos encontraremos para celebrarlo en un lugar franciscano de tierra extremeña en el entorno del Palancar, tierra de Pedro de Alcántara. Allí celebraremos la vida y la gracia de la migración como don y posibilidad y nos centraremos en la campaña de este año que nos invita a dirigir nuestra mirada a los niños migrantes y refugiados. Estarán familias completas de migrantes y refugiados con sus hijos. Aquí ofrezco un trozo de una oración de un padre, Erasmo de Torrez, refugiado nicaragüense, junto a su esposa, y ante sus pequeños hijos que duermen... lo hace al hilo del mensaje del Papa León con motivo de esta jornada. Oremos con él...
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Oración de un refugiado (II) - Erasmo de Torrez- ante sus hijos.
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INCLUSO UNO SOLO DE ESTOS PEQUEÑOS...(II)
El mensaje del papa León XIV habla de «uno solo de estos pequeños».
Y cuando lo leí, pensé que quizá el Papa nos está invitando precisamente a recuperar esta mirada.
La mirada que no comienza preguntando qué condición tiene un niño.
La mirada que comienza reconociendo que es un niño.
Uno solo.
No una cifra ni una estadística. No un expediente ni un flujo migratorio y menos una nacionalidad.
Uno, un rostro, un nombre, una vida.
Y entonces pensé:
¿Qué ocurriría si ellos fueran quienes respondieran?
Quizá dirían:
No sabemos por qué nos llaman diferentes.
Nosotros solamente sabemos que nos gusta jugar.
A Jesús le gusta bailar y cantar a su manera.
A Jacob le gusta la música y el fútbol.
A Jessed le gusta dormir acompañado.
Nos gusta reír, nos gusta descubrir, nos gusta sentirnos seguros cuando papá y mamá están cerca, no sabemos de fronteras, no sabemos de mapas, no sabemos qué significa que nuestros padres tuvieron que abandonar su tierra, no fuimos nosotros quienes decidimos marcharnos, no fuimos nosotros quienes elegimos el refugio, no fuimos nosotros quienes escribimos esa parte de la historia.
Nosotros simplemente nacimos después.
Y quizá ahí está uno de los mayores regalos que pueden hacernos estos niños.
Ellos reciben nuestra historia, pero no tienen por qué vivir prisioneros de ella.
No tienen que cargar con nuestras heridas.
No tienen que sentir culpa por aquello que nosotros vivimos.
No tienen que justificar nuestra huida.
No tienen que pedir perdón por haber nacido aquí.
Ellos pueden comenzar, crecer, soñar, amar, servir; pueden construir.
Y quizá eso sea su primera misión.
Porque ellos son, sin saberlo, pequeños misioneros de la esperanza.
No porque hayan aprendido a predicar, tampoco porque sepan explicar el Evangelio, sino porque su propia vida anuncia algo que nosotros, los adultos, muchas veces olvidamos:
Que una persona puede pertenecer a más de un lugar; que las raíces pueden cruzar fronteras; que una historia difícil no tiene por qué producir una vida triste; que después del exilio también puede existir un hogar.
Jesús, Jacob y Jessed no necesitan hacer un discurso sobre la fraternidad.
La viven.
No necesitan hablar de acogida.
Han sido acogidos.
No necesitan explicar la esperanza.
La encarnan.
Y mientras duermen, pienso también en aquel otro Niño. Jesús. El Niño de Belén. El Niño que también conoció el camino del exilio, a quien José y María tuvieron que llevar a Egipto para proteger su vida. Él tampoco eligió aquella huida. Era un niño. Y necesitó unos brazos que lo protegieran.
Quizá por eso el Evangelio nos invita a acercarnos a los niños de una manera distinta.
«Si no se convierten y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos» (Mt 18,3).
Hacernos como ellos.
Significa aprender nuevamente a confiar. A recibir. A dejarnos cuidar. A mirar sin prejuicios. A acercarnos al otro sin preguntarnos primero si merece estar cerca.
No sabemos por qué nos llaman diferentes. Nosotros solamente sabemos que nos gusta jugar. A Jesús le gusta bailar y cantar a su manera. A Jacob le gusta la música y el fútbol. A Jessed le gusta dormir acompañado.