Ecos vivos: "Incluso uno solo de estos pequeños"..."Quien acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí"

Y ustedes ¿Quién dicen que somos? Erasmo, refugiado nicaragüense, desde sus hijos ora y hace eco del mensaje papal para la jornada de migrantes

Se acerca la jornada mundial de los migrantes y refugiados. El lema de este año mira y se centra en la atención a los menores afectados por la migración y la huida. El tema es de una actualidad muy fuerte y lo estamos viviendo de forma llamativa en la frontera de Ceuta, pero el problema es muy amplio en el mundo. Toca escuchar y unir Palabra y Vida, desde el corazón real de las personas que no son números, ni estadísticas como dice el Papa. En nuestra delegación diocesana tenemos como objetivo el verdadero encuentro con los migrantes, sus historias, proyectos, sufrimientos, esperanzas... con el deseo de avanzar como comunidades acogedoras y misioneras como nos pide la conferencia episcopal y los mensajes papales que hacen referencia esta problemática tan humana y dolorosa hoy. De cara a la próxima jornada nos estamos abriendo a conocer y compartir historias y sentimientos de migrantes que tienen menores y con aquellos que están cercanos a ellos.

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¿Y ustedes, quién dicen que somos?

Una respuesta al mensaje del papa León XIV para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2026

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Anoche los contemplé mientras dormían.

Jesús, Jacob y Jessed.

Tres niños descansando en silencio.

No sabían que el Papa había escrito un mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado.

No sabían que este año nos invita a mirar a «uno solo de estos pequeños».

No sabían nada de migración, de fronteras, de refugio, de extranjería, de integración.

Dormían.

Y, sin embargo, mientras los miraba, tuve la sensación de que estaban respondiendo.

No con palabras. Con su propia vida. Con su pequeñez.

Con ese silencio limpio que tienen los niños cuando todavía no han aprendido a dividir el mundo entre los que pertenecen y los que no.

Yo solamente intentaba escuchar.

Quizá porque algunas respuestas no se escriben.

Se contemplan. Se descubren. Se reciben.

Y mientras los contemplaba, pensé en aquella pregunta que Jesús hizo a sus discípulos:

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy?» (Mt 16,15).

Nacimiento de Jesed
Nacimiento de Jesed

Entonces sentí que la pregunta podía regresar hacia nosotros.

¿Y ustedes, quién dicen que somos?

No sé si mis hijos podrían responder hoy con palabras.

Todavía son demasiado pequeños.

Pero quizá precisamente por eso su respuesta sea más sencilla.

Más limpia, más verdadera. Tres niños, tres vidas que nacieron en Badajoz.

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Sus padres nacieron en Nicaragua.

Y algún día conocerán aquella tierra a través de nuestras historias, de nuestros recuerdos, de nuestra cultura y de esa parte de la historia familiar que también llevan dentro.

Pero ellos nacieron aquí.

Y mientras duermen no necesitan explicar nada de eso. No necesitan demostrar de dónde son. No necesitan justificar por qué están aquí.

Simplemente están.

Y quizá eso sea lo primero que quieren decirnos:

Somos.

Antes de cualquier etiqueta.

Antes de cualquier documento.

Antes de cualquier frontera.

Antes de cualquier historia migratoria.

Somos.

El mensaje del papa León XIV habla de «uno solo de estos pequeños».

Y cuando lo leí, pensé que quizá el Papa nos está invitando precisamente a recuperar esta mirada.

La mirada que no comienza preguntando qué condición tiene un niño.

La mirada que comienza reconociendo que es un niño.

Uno solo.

No una cifra ni una estadística. No un expediente ni un flujo migratorio y menos una nacionalidad.

Uno, un rostro, un nombre, una vida.

Y entonces pensé:

¿Qué ocurriría si ellos fueran quienes respondieran?

Quizá dirían:

No sabemos por qué nos llaman diferentes.

Nosotros solamente sabemos que nos gusta jugar.

A Jesús le gusta bailar y cantar a su manera.

A Jacob le gusta la música y el fútbol.

A Jessed le gusta dormir acompañado.

Nos gusta reír, nos gusta descubrir, nos gusta sentirnos seguros cuando papá y mamá están cerca, no sabemos de fronteras, no sabemos de mapas, no sabemos qué significa que nuestros padres tuvieron que abandonar su tierra, no fuimos nosotros quienes decidimos marcharnos, no fuimos nosotros quienes elegimos el refugio, no fuimos nosotros quienes escribimos esa parte de la historia.

Nosotros simplemente nacimos después.

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Y quizá ahí está uno de los mayores regalos que pueden hacernos estos niños.

Ellos reciben nuestra historia, pero no tienen por qué vivir prisioneros de ella.

No tienen que cargar con nuestras heridas.

No tienen que sentir culpa por aquello que nosotros vivimos.

No tienen que justificar nuestra huida.

No tienen que pedir perdón por haber nacido aquí.

Ellos pueden comenzar, crecer, soñar, amar, servir; pueden construir.

Y quizá eso sea su primera misión.

Porque ellos son, sin saberlo, pequeños misioneros de la esperanza.

No porque hayan aprendido a predicar, tampoco porque sepan explicar el Evangelio, sino porque su propia vida anuncia algo que nosotros, los adultos, muchas veces olvidamos:

Que una persona puede pertenecer a más de un lugar; que las raíces pueden cruzar fronteras; que una historia difícil no tiene por qué producir una vida triste; que después del exilio también puede existir un hogar.

Jesús, Jacob y Jessed no necesitan hacer un discurso sobre la fraternidad.

La viven.

No necesitan hablar de acogida.

Han sido acogidos.

No necesitan explicar la esperanza.

La encarnan.

Y mientras duermen, pienso también en aquel otro Niño. Jesús. El Niño de Belén. El Niño que también conoció el camino del exilio, a quien José y María tuvieron que llevar a Egipto para proteger su vida. Él tampoco eligió aquella huida. Era un niño. Y necesitó unos brazos que lo protegieran.

Quizá por eso el Evangelio nos invita a acercarnos a los niños de una manera distinta.

«Si no se convierten y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos» (Mt 18,3).

Hacernos como ellos.

Significa aprender nuevamente a confiar. A recibir. A dejarnos cuidar. A mirar sin prejuicios. A acercarnos al otro sin preguntarnos primero si merece estar cerca.

Erasmo e hijo mayor
Erasmo e hijo mayor

Y entonces mis hijos, desde su silencio, vuelven a preguntarnos:

¿Por qué necesitan saber primero de dónde somos?

¿Por qué nuestra historia tiene que empezar con Nicaragua?

¿Por qué tiene que empezar con el refugio?

¿Por qué una palabra puede llegar antes que nuestro nombre?

Nosotros somos Jesús, Jacob y Jessed.

Y eso debería ser suficiente para comenzar a conocernos.

El Papa nos habla también de integración.

Pero quizá mis hijos, sin conocer todavía esa palabra, puedan enseñarnos qué significa.

Integrarse no debería ser desaparecer ni renunciar a las raíces. No debería significar olvidar la tierra de nuestros padres para poder pertenecer a la tierra donde hemos nacido.

Ellos pueden amar Nicaragua y también pueden amar Badajoz.

Pueden llevar una tierra en la memoria de sus padres y otra en sus propios pasos y pueden también tener raíces que no compiten.

Raíces que se encuentran.

Y quizá algún día comprendan que sus padres tuvieron que atravesar fronteras.

Pero espero que ellos no tengan que vivir definidos por esas fronteras.

Que puedan convertirlas en puentes.

Porque aquí está también nuestra vocación franciscana.

San Francisco no nos enseñó a construir muros. Nos enseñó a encontrarnos con el hermano. A reconocer la fraternidad. A ser instrumentos de paz.

Y quizá estos tres pequeños tengan algo que enseñarnos también a nosotros.

No necesitan saber quién es extranjero.

No necesitan saber quién merece pertenecer.

No necesitan saber quién llegó primero.

Todavía no han aprendido esas divisiones.

Se acercan, juegan, comparten, se abrazan, viven.

Y quizá por eso son misioneros.

Porque anuncian el Evangelio sin saber que lo anuncian.

Su misión no está todavía en sus palabras.

Está en su existencia.

Está en su capacidad de comenzar de nuevo.

Está en su alegría.

Está en su confianza.

Está en esa paz que transmiten cuando duermen.

Y yo, que soy su padre, solamente puedo contemplarlos y escuchar.

Porque quizá ellos tienen algo que decirle a la Iglesia.

Algo que decirles a quienes migran. Y ustedes, quienes dicen que somos.

Algo que decirles a quienes reciben.

Algo que decirles a quienes todavía tienen miedo del que viene de fuera.

Y quizá su respuesta al Papa sea sencilla:

Santidad, nosotros somos esos pequeños.

No sabemos hablar todavía de migración como hablan los adultos.

No conocemos sus estadísticas, ni conocemos sus debates. No conocemos sus fronteras, pero sabemos algo más sencillo:

Queremos crecer, queremos jugar, queremos aprender, queremos tener amigos, queremos sentirnos en casa, queremos amar, queremos vivir. Y si algún día nos preguntan quiénes somos, quizá podamos responder:

Somos Jesús, Jacob y Jessed, somos hijos, hermanos, niños, vida, esperanza, somos parte de esta tierra y llevamos también en nosotros la historia de otra tierra.

No queremos ser una frontera, queremos ser un puente.

Y quizá ahí está la respuesta que mis hijos, sin saberlo, dan al mensaje del Papa.

No es una respuesta política ni una respuesta ideológica. No es una respuesta construida desde la experiencia de los adultos; es una respuesta nacida desde la infancia, desde la pequeñez, desde la verdad de tres niños que todavía no han aprendido a poner etiquetas.

Tres niños que simplemente quieren vivir.

Y quizá eso sea precisamente lo que el Evangelio nos pide recuperar.

Mirar a uno solo de estos pequeños. Mirarlo de verdad. Y descubrir que detrás de una condición hay un rostro. Detrás de un expediente hay un nombre. Detrás de una frontera hay una vida, y detrás de una historia de migración puede haber también una historia de esperanza.

Anoche los contemplé mientras dormían.

No sé si ellos sabían que estaban respondiendo.

Probablemente no.

Quizá nunca sabrán que su silencio me hizo pensar en el Evangelio.

Pero yo sí pude escucharlos.

Y por un instante comprendí que quizá no soy yo quien tiene que responder por ellos.

Son ellos quienes responden.

Con sus sueños, con su alegría, con su pequeñez, con su vida.

Y entonces la pregunta vuelve a quedar delante de nosotros:

«¿Y ustedes, quién dicen que soy?»

Quizá la respuesta esté también en ellos.

Porque cuando aprendemos a mirar a un niño sin etiquetas, cuando somos capaces de reconocer su dignidad antes que su procedencia, cuando abrimos un espacio para que pueda crecer, cuando dejamos que eche raíces, cuando protegemos su esperanza, quizá estamos comenzando a reconocer también el rostro de Cristo.

Y mientras ellos duermen, yo solamente puedo dar gracias.

Porque quizá, en medio de una historia marcada por el exilio, Dios nos ha regalado tres pequeños misioneros.

Tres vidas que no vienen a explicarnos el Evangelio.

Vienen a recordárnoslo.

Jesús, Jacob, Jessed. Tres pequeños, tres raíces, tres puentes, tres respuestas silenciosas.

Y quizá, al final, la pregunta no sea solamente:

¿Quiénes son ellos?

Sino:

¿Quiénes estamos llamados a ser nosotros cuando ellos nos preguntan quiénes son?

Erasmo.

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