Dios o el dinero... la tensión de siempre

Orar en espíritu y en verdad

Ayer celebrábamos la vigilia de Pentecostés a nivel diocesano en Almendralejo. Me acompañó un joven cristiano de una iglesia evangélica, le llamó la atención que el arzobispo pidió a los jóvenes que fueran proféticos, aunque los mayores les pongamos pegas. Les animaba ser luchadores y soñar con otras claves en medio de la Iglesia. Después el me preguntaba si de verdad en la iglesia católica se quería eso o sólo era un decir bonito en un homilía emotiva. Me dejó pensativo... ¿queremos de verdad jóvenes que deseen romper fronteras y abrir puentes de novedad y verdad en nuestras comunidades, ambientes, realidades sociales y eclesiales? Traigo a colación una oración sencilla que hace días me enviaba él a la luz de un texto evangélico y una situación social concreta de migrantes en la calle que nadie acogía aun sabiendo de su situación.

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Dios nuestro.

Que vives en la tierra y moras entre nosotros.

Y más en aquellos que no son tomados en cuenta.

Guárdanos, en estos tiempos en donde el dinero se presenta como última fórmula de obtención completa, de realización plena, de satisfacción real.

Guárdanos, de aquellos que nos quieren hacer creer por medio del alcance mediático que tener mucho, más y en sobremanera simplifica la felicidad, la verdadera humanidad.

Guárdanos, de aquellos hombres y mujeres que a través de la codicia y la ambición ciega, promueven y justifican males, tratos oscuros, ventas, muertes, guerras y censuras.

Guárdanos, de los que pintan tu rostro en billetes, de los que te manipulan en base a fajos, de los que hablan de tu cielo y milagros a través de intercambios.

Dios nuestro, Dios nuestro.

Venga tu Reino, pero no como ellos creen y pagan para que se lleve acabo.

Sino ese Reino, sencillo y tierno.

Con lugar y silla para todos/as.

Tu Reino, sin Reyes ni gobernantes.

Sino de siervos y aprendices.

Tu Reino con rostro de niños, mujeres y anónimos crucificados.

Tu Reino del Revés, tu Reino con los de abajo.

En donde se parte el pan, se hace vida y se da justicia.

Dios nuestro de cada día.

Guárdanos de nosotros mismos/as.

Para no dejarnos seducir, comprar y entregar.

Para no mirarte, vivir y hacer a través de bandos y banderas.

Sino con cuerpo, ojos y manos inmersos en la realidad, donde tu hijo se encarnó.

Dios nuestro.

Perdona nuestras contradicciones.

Danos sabor a evangelio, olor a mundo y tacto sensible.

Para amar, perdonar y cuidar como hago conmigo.

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