¡Cuánta pobreza encierran sus cuerpos y cuánta riqueza su corazón!
Todos los santos, los bienaventurados
Orar en espíritu y en verdad
Dios nuestro.
Que vives en la tierra y moras entre nosotros.
Y más en aquellos que no son tomados en cuenta.
Guárdanos, en estos tiempos en donde el dinero se presenta como última fórmula de obtención completa, de realización plena, de satisfacción real.
Guárdanos, de aquellos que nos quieren hacer creer por medio del alcance mediático que tener mucho, más y en sobremanera simplifica la felicidad, la verdadera humanidad.
Guárdanos, de aquellos hombres y mujeres que a través de la codicia y la ambición ciega, promueven y justifican males, tratos oscuros, ventas, muertes, guerras y censuras.
Guárdanos, de los que pintan tu rostro en billetes, de los que te manipulan en base a fajos, de los que hablan de tu cielo y milagros a través de intercambios.
Dios nuestro, Dios nuestro.
Venga tu Reino, pero no como ellos creen y pagan para que se lleve acabo.
Sino ese Reino, sencillo y tierno.
Con lugar y silla para todos/as.
Tu Reino, sin Reyes ni gobernantes.
Sino de siervos y aprendices.
Tu Reino con rostro de niños, mujeres y anónimos crucificados.
Tu Reino del Revés, tu Reino con los de abajo.
En donde se parte el pan, se hace vida y se da justicia.
Dios nuestro de cada día.
Guárdanos de nosotros mismos/as.
Para no dejarnos seducir, comprar y entregar.
Para no mirarte, vivir y hacer a través de bandos y banderas.
Sino con cuerpo, ojos y manos inmersos en la realidad, donde tu hijo se encarnó.
Dios nuestro.
Perdona nuestras contradicciones.
Danos sabor a evangelio, olor a mundo y tacto sensible.
Para amar, perdonar y cuidar como hago conmigo.
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