Luz y sal: lo que alienta y anima
Extraido libro "Sinfonia divina, acordes encarnados" Edit. PPC
Dejarse alumbrar y salar
La misión de un creyente está en dejar que la luz de Dios le traspase y le ayude a ver su propia vida y la de los demás en la clave de la confianza divina frente a las suspicacias de lo mundano y de las tinieblas. Es en esa relación de confianza donde el sabor de la vida toma cuerpo y nos hace capaces de vivir en la alegría del don, en el deseo de deshacernos para saborear con otros lo aprendido y sentido en el propio corazón.
DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO
Mateo 5,13-16
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
–Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre, que está en el cielo.
Luz y silencio
Toca buscar el hecho de vida para este texto evangélico en el momento en que estamos lanzando e invitando a la comunidad parroquial de Guadajira a una celebración singular con motivo de la fiesta del Corpus Christi. Deseamos que sea un día muy solemne para la comunidad, y para ello vamos a contar con elementos singulares.
Un concierto que lleva por nombre «Luz y silencio»; se trata de un proyecto original que llevan realizando hace dos años mis queridos José Ramón Rodríguez y Pedro Monty. Los dos son enamorados de la música y tienen un corazón a prueba de bomba en su relación con Dios, la humanidad y la Iglesia. Le han dado una dimensión diocesana de evangelización y están de acá para allá, lanzándose también a sitios como el monasterio de Guadalupe, iglesias de Madrid, con el P. Antón, y todo comenzó en un convento de clausura en Talavera la Real.
Unían su luz y su voz con la interioridad colmada y calmada de las religiosas contemplativas. Los traigo aquí a colación porque les unen también circunstancias muy ligadas con la luz y el silencio. José Ramón, por enfermedad, quedó ciego, y su vida profesional, humana y creyente dio un vuelco total. Pedro y Reyes, su esposa, recibieron una tercera hija, Irene, que tiene grandes problemas de visión.
Desde estas experiencias de dolor y limitación lograron traspasar la lógica de la eficacia y entraron en la del amor y la luz. Ellos confiesan que ahora «ven», antes no veían. Y como el ciego del milagro, aunque les digan que callen, que sean discretos, no pueden, sienten la necesidad de gritarlo a los cuatro vientos, porque están convencidos que compartir la experiencia se puede convertir en colirio de luz y de color para muchas vidas tristes y desangeladas. La verdad es que cada concierto se abre a una experiencia en la que los que la viven quedan tocados e impactados.
Yo estoy deseando que mi pequeña parroquia de Guadajira descubra esta luz y se deje seducir por ella. Allí estaremos el día del Corpus, celebrando la eucaristía, el amor, la paz y la vida del pueblo, al que llamamos el pueblo de la Luz; ojalá llegue a ser verdad.
Llamados a ser luz y sal
Llamados a evangelizar como discípulos y testigos. Nuestra identidad y misión se comprenden desde el modelo del discípulo y el testigo, regalos de la gracia, pero a la vez tareas que pueden
producir tensiones que hay que saber reconocer y vivir. Para los cristianos, ser discípulo significa permanecer en Jesús, y ser testigos significa dar la vida, desvivirse por él y por los hermanos. Dos comprensiones inseparables, como Marta y María: el hacer sin permanecer en el Señor es escoger la peor parte (Lc 10,38-42). El «permanecer» de los discípulos-amigos es fundamental para el discipulado; el cuarto evangelio nos brinda pistas sugerentes: «Yo soy la vid, y vosotros, los sarmientos; permaneced unidos a mí y daréis fruto porque sin mí nada podéis» (Jn 15,1-17). Permanecer en Jesús implica la realización de su proyecto de amor como donación de la propia vida: «Solo permaneceréis en mi amor si obedecéis mis mandamientos […] Amaos los unos a los otros como yo os he amado […] Desde ahora os llamo amigos» (vv. 10.12.15). Un permanecer que sobrepasa lo exclusivamente humano e individual. Somos discípulos en la fe y en la comunidad. Por tanto, una experiencia y unas palabras que nos invitan a pasar del mero seguimiento a la intimidad del encuentro y la permanencia.
El encuentro es origen y fin del seguimiento y necesita alimentarse día a día, tal como se nutren los sarmientos de la vid. Por eso el discípulo se mantiene perseverante en la unión de amistad con el Señor. Asentado en el encuentro con Jesús, el discípulo se hace testigo. Por la comunión de vida que habían disfrutado con el Señor, sus discípulos fueron los primeros testigos de la resurrección, y en virtud de esa vivencia fueron enviados al mundo. Solo la experiencia que nos hace discípulos es la que puede sostener y dar sentido a nuestra vida como testigos (Evangelii gaudium 1; 9); servidores de un mensaje que exige llegar hasta las últimas consecuencias: dar la vida por aquello que se atestigua.
Benedicto XVI nos recordaba que «nos convertimos en testigos cuando a través de nuestras acciones, palabras y modo de ser, Otro aparece y se comunica» (Sacramentum caritatis 85). Somos testigos cuando, a través de la coherencia entre fe y vida, nos hacemos portadores visibles de un anuncio digno de ser tomado en cuenta. De ahí nuestra responsabilidad y, sobre todo, la necesidad de que el testimonio se concrete en las condiciones debidas para que pueda resultar fecundo; pues, como dijera Pablo VI: «El hombre de hoy escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan» (Evangelii nuntiandi 41). Como discípulos y testigos creemos que la Buena Nueva puede transformar –y, de hecho, en nosotros lo hace– vidas, pensamientos y prácticas concretas.
Acordes encarnados:
16. LUZ EN EL SILENCIO | A. Calvo & P. Monty
Luz en el silencio
Susurra el piano un suspiro,
la voz se hace oración,
y en el centro del instante
resplandece la canción.