Manifiesto: "detectar el descuido, asumir el cuidado"
Acción común de Profesionales Cristianos de Mérida-Badajoz
Desde la diócesis de Mérida-Badajoz los miembros del movimiento de Profesionales cristianos de Acción Católica en España, nos sumamos a las reflexiones que se están llevando a cabo desde PAX ROMANA en Chiclayo (Perú) con miembros internacionales de los movimientos que agrupan a profesionales cristianos en distintos lugares del mundo. Tras años de reflexiones y vivencias sobre el tema del descuido y los cuidados en la sociedad actual han organizado una acción pública común sobre el tema, de la que ya dimos cuenta. Dicha acción ultimó con la lectura de un manifiesto de algunas acentos descubiertos en el caminar de este trienio. El último fin de semana (29-31 de Mayo) en Madrid será la sesión de estudios del movimiento " Profesionales Cristianos de A.C." Ahí compartirán las distintas diócesis españolas, en las que está inserto este movimiento, las claves y retos descubiertos desde las líneas orientadoras en el trienio -"De la vulnerabilidad a la cuidadania"- y se propondrán las siguientes.
MANIFIESTO
Detectar el descuido, asumir el cuidado
Hoy, al finalizar este encuentro, queremos poner palabras a un camino que no empieza aquí. A lo largo de estos últimos años hemos ido recorriendo juntos un proceso que nos ha ayudado a mirar la realidad con más profundidad, reconociendo la vulnerabilidad como parte de la vida y descubriendo el cuidado como una tarea compartida. En este último tiempo hemos querido dar un paso más, llevando esa reflexión a un lugar muy concreto: nuestras profesiones y las estructuras en las que trabajamos.
Y lo primero que hemos hecho ha sido detenernos a mirar. Mirar con honestidad, sin esquivar lo que aparece. Y en esa mirada hemos reconocido que, en muchos ámbitos, el cuidado de la vida no está en el centro. Lo vemos cuando los intereses o el poder se imponen al bien común, cuando los objetivos desplazan a las personas, cuando la lógica económica pesa más que la dignidad humana. Lo vemos en el mundo del trabajo, en la precariedad, en la desigualdad, en la invisibilidad de quienes sostienen muchas tareas. Lo vemos en nuestras instituciones, cuando se exige más de lo que se cuida, y las estructuras no acompañan a quienes las hacen posibles. Lo vemos también en la Iglesia, cuando las dinámicas no favorecen la corresponsabilidad ni el crecimiento de comunidades maduras. Y si somos sinceros, también lo reconocemos en nosotros mismos: en la inercia, en el cansancio, en la dificultad para implicarnos, en el “siempre se ha hecho así”.
Detectar el descuido no ha sido señalar desde fuera, sino reconocer que formamos parte de estas realidades. Y junto a esa mirada, también han aparecido sentimientos que conocemos bien: frustración, impotencia, desánimo… pero también el deseo de que las cosas puedan ser de otra manera.
A la luz de la fe, hemos querido discernir lo que está en juego. Hemos reconocido dinámicas que van en contra del cuidado de la vida: la prisa constante, la búsqueda de resultados a cualquier precio, la presión, la manipulación, la normalización de formas de violencia incluso en lo cotidiano. Pero al mismo tiempo hemos sabido descubrir signos de esperanza que ya están presentes: personas que cuidan en medio de estructuras difíciles, espacios donde se apuesta por la colaboración, iniciativas que intentan humanizar las organizaciones, experiencias que abren caminos de participación y corresponsabilidad. Pequeñas luces que, sin hacer ruido, sostienen la vida.
Desde ahí sentimos la llamada a no quedarnos en el diagnóstico. Como profesionales cristianos queremos asumir el cuidado. Hacerlo en lo concreto de nuestra vida profesional, en nuestras decisiones, en nuestras relaciones, en nuestra manera de trabajar. Asumir el cuidado es no acostumbrarnos a lo que deshumaniza, es poner a la persona en el centro también cuando no es lo más fácil, es buscar formas más humanas de trabajar, es ejercer la responsabilidad desde el servicio, es integrar criterios éticos, sociales y humanos en lo que hacemos. Y también es dar un paso más: implicarnos en nuestras organizaciones, colaborar con otros, contribuir —en la medida de nuestras posibilidades— a transformar las estructuras.
Sabemos que no es sencillo. Que hay resistencias, límites y contradicciones. Pero también sabemos que el cambio empieza por cómo cada uno se sitúa. Por eso queremos comprometernos a mirar con más profundidad, a no callar ante lo que deshumaniza, a formarnos mejor en las causas de lo que vivimos y a caminar junto a otros para generar cambios más amplios.
En este camino nos sentimos acompañados por el Evangelio, que una y otra vez nos sitúa ante el cuidado concreto de la vida. En la escena del juicio final, Jesús se identifica con quienes pasan necesidad y nos recuerda: “tuve hambre y me disteis de comer, estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,35-36). No habla de grandes teorías, sino de gestos concretos que sostienen la dignidad de las personas. Y en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37), nos muestra que el cuidado no depende solo de la cercanía, sino de la decisión de detenerse, implicarse y hacerse cargo, incluso cuando no toca, incluso cuando incomoda.
Hoy sentimos que esa llamada sigue viva en medio de nuestras profesiones y nuestras estructuras. Que también ahí estamos invitados a ver, a detenernos y a cuidar.
Por eso queremos seguir caminando, con sencillez y sin respuestas cerradas, pero con una convicción profunda: que detectar el descuido y asumir el cuidado es hoy una tarea urgente y una responsabilidad compartida. Y queremos hacerlo desde lo concreto, desde lo cotidiano, junto a tantos otros que, desde distintos lugares, trabajan por una sociedad más justa, más humana y más habitable.