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La Trinidad embarrada en la Dana... en el rostro crucificado

Extraído de "Sinfonía divina, acordes encarnados" Edit. PPC

Mientras siguen los juicios para averiguar lo que pasó... para depurar responsabilidades... el dolor y la debilidad ha recibido el abrazo de los que se arremangan y se adentran encarnándose en el barro de la realidad y en el encuentro con los necesitados. Los que apuestan y están dispuestos a perder para que la dignidad de los que sufren se vea reconocida y valorada. Así ha hecho el Padre en la imagen del crucificado que se abaja y llega hasta la muerte en la cruz. De ahí nace el Espíritu de los que los siguen y lo proclaman resucitado. No hay fe en Dios Trino sino es favoreciendo lo común, lo comunitario, lo familiar. ese ámbito donde no se habla de haber y debe, sino de compasión y amor entregado. Así es Dios y así ha de ser la Iglesia que se enraíza en esa Trinidad embarrada hasta las trancas...

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SANTÍSIMA TRINIDAD

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.Juan 3,16-18

Trinidad económica

No se entiende a Dios fuera de la economía de la salvación, la compresión de la historia desde un Padre y Creador que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. La verdad viene dada en el camino de la acción de Dios en la historia, por su Espíritu en el hombre Jesús de Nazaret, su Hijo predilecto.

Alejandro es Alejandro. Dios de Dios

Ayer nació Alejandro y fui a visitarlo al hospital materno, allí estaba la «sagrada familia», Adela, Jorge y el recién nacido. Bueno, faltaba Manuel, el primer hijo, que tiene algo más de dos años y que poco antes había venido a visitar a su madre –es quien más le importa– y su padre y, de paso, a su hermanito. Ahora le toca padecer el duelo de perder el individualismo sin dejar de ser único, nada fácil. Adela, para darle protagonismo, aparte de darle un bonito regalo por venir, le decía:

«Mira a Alejandro, se parece a ti, Manuel», pero él respondía con rotundidad: «No. Alejandro se parece a Alejandro». Hoy, fiesta de la Trinidad, celebramos la dimensión comunitaria de lo divino, que nos ha hecho a su imagen, potenciando para el amor. Habremos de perder el individualismo ante el hermano para conquistar el nosotros, donde, sin dejar de ser auténticos y originales, somos unos de los otros. Así entiendo la Trinidad. Y hoy la veo embarrada en el Hijo y abrazada al pueblo Valenciano.

¿Qué Dios es como nuestro Dios? Desde la dana

¿Dónde está Dios? La pregunta se hace inevitable en el Job de toda la historia de lo humano, un Job que todos llevamos dentro junto a nuestra fe. Entre los restos y residuos de la dana en Valencia hemos visto la imagen de un Jesús crucificado embarrado en su rostro y cuerpo, se ha hecho viral con oraciones alusivas a la desgracia y al dolor, buscando el sentido cristiano. Una imagen que a los creyentes nos hace volver sobre el fundamento de nuestra fe para agarrarnos a la clave del Crucificado, que en su vulnerabilidad se hace sentido y esperanza de los dolientes de toda la historia de la humanidad. ¿Qué Dios es nuestro Dios?

Jesús fue más experto en fracasos que en éxitos a la vista del mundo. Comenzó en el pesebre y acabó en la cruz. Experimentó la persecución, la indiferencia, el rechazo, la soledad. Lo sintió ante los poderes políticos y religiosos, ante los lejanos y los cercanos, de su propia familia. También sintió los momentos de alegría, comunidad, gozo, comida compartida. Pero el balance general leído desde la cruz, como nos dice san Pablo, necedad para los griegos y locura para los judíos. Y, sin embargo, fuerza de Dios y salvación para todos los que creen en él.

El misterio permanente de la pasión, muerte y resurrección. La referencia kenótica y única para entender la salvación. La fuerza de Dios se realiza en la debilidad. El pueblo de Jesús no cree que, en uno de los suyos, tan cercano, tan vulnerable como ellos, pueda realizarse la salvación, se puedan dar milagros. Solo su ternura compasiva es capaz de arrancar alguna sanación entre los que sufren. El pueblo como tal, en su forma de pensar, sentir, actuar, en sus estructuras y costumbres, no se abre a la novedad de la fuerza del amor y la comunidad por encima de las diferencias y frente al sufrimiento.

La vulnerabilidad, leída desde la cultura del éxito, es perdición, fracaso, limitación. Por eso se oculta, se disfraza, se rechaza. Pero, cuando es mirada con los ojos de Dios, del Padre que nos ha entregado a su Hijo y nos ha enriquecido con el Espíritu de la vida, desde la compasión, la misericordia, el amor, el cuidado mutuo, entonces se convierte en lugar de gracia y de salvación para todos. La verdad de la fecundidad se llega a aceptar de corazón cuando reconocemos que todos somos vulnerables, que todos necesitamos de todos, que la naturaleza es nuestra hermana, que Dios creador es nuestro Padre generoso, que la historia tiene sentido y que la dirección está en el amor absoluto al que nos dirigimos conducidos por ese Espíritu de comunión trinitaria, que el verdadero éxito es universal, para todos sin exclusión. Para llegar a ese éxito hay que estar dispuesto a perder, entregar la vida, iniciarse en la dinámica para no querer ser más que el Maestro, que ha venido a servir y no a ser servido.

Cuando el ser humano descubre la verdad del amor y del servicio, de la entrega y de la comunidad, entonces, solo entonces, comienza a ganar en la vida el tesoro que ni la polilla ni la carcoma pueden corroer, el tesoro de un corazón enamorado que sabe sacar vida de la muerte. No hay mayor poder que saber hacer del sufrimiento mayor, del martirio del inocente, el estandarte de la fuerza y la salvación para todos. Así lo ha hecho el Padre con su Hijo Jesucristo por la fuerza del Espíritu. Espíritu Santo que nos ha sido dado para que ningún fracaso pueda acabar con nuestra esperanza y nuestra alegría.

La Iglesia –nos decía el teólogo Rahner– ha sido y es cosa de pocos para muchos. Cuando el éxito se come el sentido de la fuerza que se realiza en la debilidad, entonces caminamos por sendas que no son del Evangelio y desfiguramos el sentido trinitario del amor. El objetivo de la Iglesia no es vencer y ganar, sino llegar a todos los fracasados de la historia para servirles y que puedan sentir que Dios Padre, hermano y vida está con ellos.

La grandeza no ha de estar en la institución, sino en el servicio gratuito que realiza calladamente en lo pequeño y en lo frágil. La universalidad sí es clave teológica y eclesiológica; la cantidad, el número, no lo es. Ojalá sepamos vivir los fracasos desde la fecundidad, aunque a veces nos dé la sensación de que la voluntad del Padre no coincide con la nuestra. Ahora nos toca abrazarnos al Jesús Nazareno embarrado, caído en el lodo, y acogerlo como camino de salvación y fraternidad universal; él es nuestro símbolo y nuestra señal para hoy en esta catástrofe. Él nos dará su Espíritu para que sepamos ser una Iglesia embarrada y enlodada que se haga lugar de fraternidad y de servicio; ahora es el momento de lavar pies dolidos y de ungir los cuerpos con perfumes de consuelo y de esperanza.

Iglesia y Trinidad, comunidades oasis

La Iglesia no tiene otro fundamento y fuente en la que beber que no sea la Trinidad. Ella es fruto de esa relación trinitaria y está llamada a ser y vivir en relación con ella y como ella. Sacramento de la unidad de Dios y de la unidad de Dios con los hombres. Fundada en Cristo, es alimentada por su Espíritu resucitado, para llevar a los hijos de Dios al encuentro con el Padre. Nada puede hacer por su cuenta, todo ha de hacerlo como el Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo. Estas verdades teológicas se plasman en la construcción de comunidades de vida donde la fraternidad, el perdón, la justicia y la paz estén presentes.

La dimensión eclesial de nuestra fe pasa por la vivencia de la comunidad en lo singular y concreto de los espacios propios en los que vamos proyectando nuestras vidas y conociendo a Jesucristo junto a los hermanos. Según nos vamos adentrando en la vivencia de la fe surgen en nosotros los deseos de construir espacios fraternos que sean verdaderos oasis para la sed del mundo y el cansancio de la historia.

Acordes encarnados:

Cristo del barro

43. CRISTO DE BARRO | A. Calvo & P. Monty

¿Dónde estás, Dios del consuelo?

¿Dónde el sol de la esperanza?

Y en tu cruz embarrada

nos gritabas: ¡Aquí, en la danza

de los hombres que tropiezan,

de los niños sin abrigo,

en el barro de la vida...

¡yo me hundo, pero contigo!

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