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800 años de la muerte del 'poverello' de Asís

Francisco de Asís: a 800 años de la pascua de un pobre

VIII centenario de su muerte

¿Qué fue lo que permitió a Francisco de Asís protagonizar su muerte des-dramatizándola?

Brazos abiertos

Al atardecer del 3 de octubre de 1228, 800 años atrás, en la pequeña capilla de Santa María de los Ángeles (la Porciúncula), Francisco de Asís celebraba su tránsito. Allí, en el mismo lugar donde todo había comenzado algo más de una veintena de años antes. Un lugar que había visto el nacer del Hermano menor desde el hijo de Pedro Bernardone, y ahora lo acogía, por su expresa voluntad, para devolverlo al seno de la Madre tierra. Un lugar que fue testigo de una vivencia de la muerte –y del proceso del morir– muy peculiar, casi teatral, cargada de símbolos y de música, que hacía temer al entonces ministro general de la Orden –fray Elías de Cortona– que toda esa “escenificación” escandalizara a algunos, puesto que parecía quitarle “seriedad” al drama de la muerte (cf. Leyenda de Perusa, 99).

En el bello libro que L. Boff escribió con ocasión de los 800 años de su nacimiento (Francisco de Asís: ternura y vigor, Santander, Sal Terrae 1982), reflexionando sobre el final del Poverello, se pregunta: “¿Qué extraño modo de ser vivió Francisco para ser capaz de asimilar de tal modo en el proyecto de su vida el siniestro carácter de la muerte? ¿qué significa, en una vivencia como la descrita, la muerte y su proceso?” (p. 211). Creo que para poder recibir a la Hermana muerte cantando (3), Francisco tuvo antes que aprender a asimilar las pequeñas muertes cotidianas (1) y a dejarse abrazar por el Crucificado, que crea y cicatriza las heridas (2).

1. La muerte integrada

Vida y muerte forman parte inescindible de toda biografía. Y, además, el sentido de la una y de la otra se interpretan mutuamente. Así, toda la vida de Francisco, y también su muerte, pueden releerse desde la clave de un proceso de desnudez. A lo largo y a lo ancho, además, supo ir integrando “las muertes” (desengaños, limitaciones, pérdidas, fragilidades, frustraciones, etc.) en el devenir de su vida. Recordemos, pues, algunos momentos significativos donde deseo y realidad, esperanza y desesperanza, apuesta y negación se conjugan dialécticamente en su biografía haciéndolo avanzar hacia la lenta y dolorosa maduración personal de su itinerario de fe.

leprosos

En primer lugar, insatisfecho en lo profundo por su presente, ese joven burgués sueña con ser caballero para ascender de clase social. Para lograrlo, se enrola en una guerra contra una ciudad vecina (Perusa), pero el resultado es la derrota, la cárcel y la enfermedad (cf. 2 Celano I, 4; 1202). Primera gran frustración. Paulatinamente, intuye que “para ascender hay que descender” y, entonces, durante un par de años “practica la misericordia” con y en medio de los leprosos (cf. Testamento, 1-3; Rivotorto, 1203-1204); pero, a la par, tiene que asumir la impotencia de que poco podía hacer para “salvar” a esos condenados a muerte (condenados ya en vida por la sociedad). Sin embargo, luego de esa experiencia, algo comienza a cambiar porque lo que hasta entonces le parecía amargo se le “convirtió en dulzura del alma y del cuerpo” (Testamento, 3) … y viceversa ¿No pasará el sentido de la vida por mostrárselo a los que la viven sin-sentido? Luego, a ese encuentro con los crucificados se une el encuentro con el Crucificado en la capilla de San Damián que lo invita a “reparar la iglesia en ruinas” (cf. 2 Celano VI, 10; 1205). Obediente en lo inmediato, tendrá luego que reconocer su errada hermenéutica: lo que había que arreglar no eran los muros de la iglesia sino sus hombres. Un poco más adelante, es capaz de desnudarse frente al obispo Guido I, su padre y sus conciudadanos –gesto “escandaloso” que todavía nos desborda– como signo de renuncia al derecho a la primogenitura y, sobre todo, a la familia y sus seguridades: “Desde ahora diré con libertad: Padre nuestro, que estas en los cielos, y no padre Pedro Bernardone, a quien no sólo devuelvo este dinero, sino que dejo también todos los vestidos. Y me iré desnudo al Señor” (2 Celano VII,12; 1206). Aunque, luego, se dará cuenta de todos los “vestidos” que todavía lo envolvían y no lo dejaban andar verdaderamente libre. De a poco, fueron llegando los hermanos (cf. Testamento,14), el gran don de Dios… que, más adelante, se convertirá en su gran cruz. Y, cuando ese grupo de hermanos sea lo suficientemente grande, la curia romana le pedirá que ponga por escrito cuál era su proyecto de vida: “el mismo Altísimo me reveló que debía según la forma del santo evangelio” (Testamento, 14), respondería Francisco. Pero la institución (eclesiástica) pedía una mayor formalización de esa intuición (carismática). De esto nace, en una fatigosa labor de idas y vueltas entre los distintos pareceres de los frailes, la curia romana y sus firmísimas convicciones reveladas por Dios (cf. Testamento, 1.2.4.6.14…), las dos últimas reglas (Regla no bulada: 1221, Regla bulada:1223). La vida con sus nuevas preguntas, los hermanos con sus múltiples exigencias y la curia con su deseo de de-finir lo in-definible, hacen que, con tensión y dolor, Francisco tenga que ceder ante cuestiones que pertenecían a su ideal primitivo. El número creciente de frailes, las nuevas exigencias pastorales, el ingreso de intelectuales y de algunos personajes de la alta sociedad italiana, las cautelas y los pedidos de Roma, todo ello desencadena un proceso de institucionalización de la orden que hundió a Francisco en los años más oscuros de su itinerario personal. Al menos desde 1220, y hasta su muerte, el Pobre de Asís navegará en la noche oscura. Atravesándola, vivirá una experiencia determinante en el Alverna. Nuevamente, lo amargo se le convertiría en (algo de) dulzura consoladora.

2. La muerte anticipada

Dos años antes de morir (1224) y en medio de esa oscuridad, Francisco se retira al monte Alverna, a rezar, a llorar, a pensar, a buscar algún consuelo de lo alto. Allí, tiene lugar la llamada “estigmatización”. Mucho se ha escrito de lo que se puede decir poco. Lo vivido entonces –jamás mencionado por el mismo santo– pertenece al ámbito de lo inefable e incomunicable; de las experiencias íntimas (¿místicas?) entre Creador y creatura. De lo que difícilmente se puede dudar es que Francisco de Asís baja del Alverna con su cuerpo llagado; de lo que se puede discutir, es del origen de esas marcas. Para la mayor parte de la tradición franciscana (aunque las fuentes hagiográficas no son del todo concordantes y se presentan cada vez más teologizadas), los estigmas son fruto de la aparición/visión del serafín alado que “reproduce” en su carne las cinco marcas del Crucificado (cf. 1 Celano 94-96 y par.). Según otros estudiosos contemporáneos, esas llagas podrían ser consecuencia de su convivencia previa con los leprosos. Ninguna de las interpretaciones goza de pruebas apodícticas. El inclinarse por una opinión u otra creo que depende, en gran medida, de la idea que se tenga de lo divino y de cómo Dios se relaciona con la historia. Inclinarnos por la segunda de las interpretaciones nos permite asemejar las llagas de Francisco a las de Jesús: ambas vienen de abajo, no de lo alto; es decir, son producto del compromiso con la historia. En el asisiense, por tocar y besar la carne herida de esos des-humanizados. En el nazareno, por sentarse a comer con prostitutas y pecadores. En una y otra biografía se nos revela que Dios se com-padece con los sufrimientos humanos, ¡no los envía!

Estigmas

Lo cierto es que Francisco sube al monte Alverna en medio de una “gran tentación” (Leyenda de Perusa, 63) que, aunque no conocemos directamente y en detalle su contenido, sin duda se había gestado por el rechazo de algunos de los nuevos frailes a su persona y a la radicalidad de su propuesta. En lenguaje moderno podemos decir que se trataba de una profunda crisis de sentido. Y podemos presumir, razonablemente, que hizo tambalear por momentos al santo: ¿era eso, tal y como él lo seguía defendiendo lo que Dios le había revelado y le seguía pidiendo?, si así fuera ¿qué actitud debía tener frente a tantos hermanos que lo declaraban “prescindible”? (cf. Admonición 13; Verdadera alegría). En ese contexto, las llagas fungen para el Pobre de Asís como sello de identificación y conformación definitiva con el Crucificado: son pues, por una parte, una muerte anticipada, pero, por la otra, confirmación de esa propuesta radical que tantos hermanos estaban poniendo en duda. En efecto, Francisco baja del Alverna en gran medida consolado. Sus últimos dos años los podrá vivir con mayor serenidad, aunque no sin tristezas. Desde una óptica existencial, podríamos decir que sube llagado (por sus hermanos) y baja sanado (por su Buen Dios). Extraña paradoja de la cruz que hiere y acaricia.

3. La muerte cantada

Re-cordar los últimos días del Hermano de Asís, como adelantamos al comienzo, no dejan de sorprender y emocionar. Ese hombre que durante más de veinte años había vivido su camino de seguimiento con una radicalidad y austeridad casi única, ahora, a punto de vivir su tránsito, se nos muestra humanísimamente “auto-condescendiente”. Pregunta a los médicos, instándolos a que le respondan con total sinceridad, cuánto le queda de vida (cf. 2 Celano, CLXIII 217). Pocos días, será la respuesta. Y, entonces, en medio de su marcada debilidad, ayudado por un puñado de hermanos, prepara la celebración de su pascua, agregando una última estrofa al Cántico de las creaturas que había compuesto el año anterior: “Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, / de la cual ningún hombre viviente puede escapar (Cántico de las creaturas, 12).

Hermana muerte

Trasladado de la casa del Obispo de Asís (Guido II) a la Porciúncula, pide, a mitad del sendero de descenso, que detengan la caminata para que pueda bendecir a su ciudad amada (Leyenda de Perusa, 5). Manda a avisar a su amiga romana Jacoba de Settesoli (“fray Jacoba”, como la llamaba tiernamente) que sus días se acaban y que le gustaría verla antes de partir… y de volver a gustar por última vez aquellos dulces de almendra (mostaccioli) que solía traerle (Leyenda de Perusa, 8). No se olvida tampoco de aquellas otras mujeres que habían sido tan importante en su vida: Clara y sus hermanas, a quienes escribe una carta de consuelo-despedida (Última voluntad para Clara y sus hermanas). Al igual que Jesús en la última cena, parte y reparte el pan, como símbolo también de cuanto en Galilea había hecho su maestro: entregarse, hasta la muerte, para engendrar nueva vida (cf. 2 Celano, CLXIII 217). Exhorta a los hermanos a que entonen el Cántico de las creaturas (cf. 1 Celano, VIII 109); reza el salmo 141 (“Con mi voz clamé al Señor…”) y ruega que lean el texto del evangelio de Juan donde comienza: “Antes de la fiesta de la pascua…” (Jn 13,1 ss; cf. Leyenda mayor de San Buenaventura, XIV, 5). Antes de partir, protagoniza una última escena desarmante: pide que lo desnuden y así lo dejen sobre la desnuda tierra algún tiempo (cf. 2 Celano, CLXIII 217). Así, repetía el gesto que, veinte años atrás, había realizado frente a su padre... pero ahora, frente a su Madre, la Hermana tierra, para que lo reciba tal y como desde ella había venido: desnudo.

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Retomando la pregunta de L. Boff con que iniciábamos estas reflexiones, creo que puede ensayarse una respuesta desde dos claves que permiten asomarnos al misterio de su vida y de su muerte: la integración y la desapropiación. La primera, le posibilitó redimir el carácter trágico de la muerte puesto que fue incorporando a lo largo de su vida las negatividades propias y ajenas como parte de una existencia creatural, contingente, frágil y falible. La segunda, porque fue descubriendo que la pobreza es condición de posibilidad para ser lo que él quería ser: hermano y menor. “Nada de ustedes retengan para ustedes mismo a fin de que entero los reciba el que todo entero se les da” (Carta a toda la Orden, 29) había exhortado a sus hermanos de la Orden algunos años atrás (1220 ca.). Si toda su vida fue un proceso de desapropiación, luego de renunciar a manejar los destinos de su fraternidad (en definitiva, eso era de Dios…), el último don que debía restituir y que no podía retener, era el más preciado y sagrado para todo humano: la vida. Así, Francisco pudo celebrar la pascua como un pobre. Y entonces, encontró respuesta definitiva a la pregunta que lo había movilizado durante todo su itinerario: “¿Quién eres Tú y quién soy yo?” (Consideraciones sobre las llagas, III) porque, en el “beso amargo” de la hermana muerte, como diría el poeta, Francisco llego a ser él mismo, aunque ya no era el mismo.

Ella vendrá

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