Hoy se cumplen ochocientos años de la muerte de Francisco de Asís, y Roma lo celebra con jubileo, indulgencias y autoridades. Hay una pregunta que en ninguna homilía se va a hacer: si Francisco entrara hoy en la Plaza de San Pedro, ¿reconocería en el Vaticano la Iglesia que soñó?
Reconocería a muchos cristianos concretos. Abrazaría a los pobres que duermen bajo la columnata, entraría en las cárceles y en los hospitales. Lo que no reconocería es un Estado. Un Estado con bandera, banco, tribunal propio y embajadores en más de ciento ochenta países, levantado en nombre de un hombre que dijo «mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36) y que rechazó todos los reinos de la tierra cuando se los ofrecieron (Mt 4,8-10).
La tensión de fondo no es entre fe y política. Es entre dos maneras incompatibles de entender el Evangelio: la lógica de Francisco y la razón de Estado.