Domesticar el Evangelio: Cómo la Curia convirtió a Francisco en un adorno
Hoy se cumplen ochocientos años de la muerte de Francisco de Asís, y Roma lo celebra con jubileo, indulgencias y autoridades. Hay una pregunta que en ninguna homilía se va a hacer: si Francisco entrara hoy en la Plaza de San Pedro, ¿reconocería en el Vaticano la Iglesia que soñó?
Reconocería a muchos cristianos concretos. Abrazaría a los pobres que duermen bajo la columnata, entraría en las cárceles y en los hospitales. Lo que no reconocería es un Estado. Un Estado con bandera, banco, tribunal propio y embajadores en más de ciento ochenta países, levantado en nombre de un hombre que dijo «mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36) y que rechazó todos los reinos de la tierra cuando se los ofrecieron (Mt 4,8-10).
La tensión de fondo no es entre fe y política. Es entre dos maneras incompatibles de entender el Evangelio: la lógica de Francisco y la razón de Estado.
El hombre que se tomó a Jesús al pie de la letra
Francisco vivió como si las palabras de Jesús fueran literalmente ciertas. El Evangelio decía «no llevéis bolsa ni alforja» (Lc 10,4) y él tiró la bolsa. Decía que hay que hacerse pequeño, y llamó a los suyos «menores». Decía que quien quiera ser el primero sea el servidor de todos (Mc 9,35), y prohibió que entre sus hermanos nadie tuviera «potestad o dominio».
Dejó escrito además algo que hoy suena a provocación. En su Testamento mandó «firmemente por obediencia» que ningún hermano se atreviera a pedir documento alguno a la Curia romana: ni para tener una iglesia, ni para predicar, ni siquiera para protegerse de una persecución. Prohibió el privilegio. Su fuerza venía exactamente de lo que toda institución teme: no tener nada que perder.
Mientras tanto, Roma hacía la quinta cruzada. En 1219 el legado del papa dirigía un ejército contra Egipto, y Francisco cruzó las líneas desarmado para hablar con el sultán. El mismo año y el mismo adversario, y dos Evangelios distintos.
La razón de Estado ya sale en el Evangelio
La historia del Vaticano es la de una institución obsesionada con no perder capacidad de actuación: conservar territorios, privilegios, concordatos e interlocución con cualquier régimen. Se dirá que es lo racional, que quien responde de más de mil millones de fieles no puede comportarse como un profeta solitario y tiene que medir las consecuencias.
Ese argumento es antiguo y tiene autor. «Si lo dejamos seguir, vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación. Conviene que muera un solo hombre por el pueblo» (Jn 11,48-50). La razón de Estado entra en el Evangelio por boca de Caifás, y entra para justificar una condena.
Con ese argumento la Santa Sede firmó en 1929 los Pactos de Letrán con Mussolini, que le dieron un Estado y una indemnización millonaria. Con ese argumento firmó en 1933 un concordato con la Alemania de Hitler y en 1953 otro con Franco, que entraba en las iglesias bajo palio. Hubo mártires, sí. A Óscar Romero lo mataron en el altar en 1980 y Roma tardó treinta y ocho años en canonizarlo. La profecía la pusieron los que murieron. La prudencia la puso la institución.
La institución pregunta: «¿Qué perdemos si hablamos?». Francisco habría preguntado: «¿Qué pierde la verdad si callamos?». La primera es una pregunta de administrador. La segunda es de profeta. Cuando chocan, la historia enseña cuál de las dos gana en Roma.
Absorber es más eficaz que quemar
La Iglesia canonizó a Francisco en menos de dos años, y cuatro años después de su muerte un papa declaró que su Testamento no obligaba a nadie. Veneró su pobreza mientras acumulaba patrimonio. Predicó su sencillez mientras levantaba una burocracia. Celebró su libertad frente al poder mientras negociaba con todos los poderes.
A los que quisieron tomarse a Francisco en serio los trató de otra manera. En 1318 cuatro franciscanos fueron quemados en Marsella por negarse a obedecer al papa en materia de pobreza. En 1323 Juan XXII declaró herética la afirmación de que Cristo y los apóstoles no poseyeron nada. Al santo, un altar. A sus discípulos, la hoguera. Así se absorbe una herejía: se canoniza al fundador y se condena su programa.
Por eso Francisco es la crítica más devastadora que se ha hecho al modelo de Iglesia que acabó imponiéndose. No la atacó. La desmintió con su vida. No necesitó riqueza, prestigio, influencia política ni inmunidad diplomática. Solo necesitó credibilidad, que es lo único que no se compra con ninguna de esas cosas. Demuestra que una Iglesia sin poder puede tener autoridad moral, y que una Iglesia llena de poder puede perderla.
Francisco besó al leproso que su ciudad había dejado fuera. Para él lo sagrado eran las personas, no las estructuras. Ochocientos años después, la Iglesia sigue teniendo que elegir entre el santo que venera y el Estado que administra. Hasta hoy ha elegido el Estado, y al santo lo ha puesto en una vitrina.
Qué está dispuesta a sacrificar
La historia oculta del Vaticano no está en ningún archivo secreto. Está a la vista: dos almas bajo el mismo techo. Una es la del carpintero de Nazaret que no tenía donde reclinar la cabeza (Mt 8,20). La otra es la de una institución que aprendió a sobrevivir entre emperadores, cancilleres y diplomáticos.
La pregunta no es qué oculta la Iglesia, sino qué está dispuesta a sacrificar para seguir existiendo. Y esa pregunta ya tiene respuesta: ha sacrificado personas. Durante décadas los abusos a menores se taparon para proteger el buen nombre de la institución, y hasta diciembre de 2019 esas causas estuvieron cubiertas por el secreto pontificio. Es la frase de Caifás aplicada a niños: conviene que sufra uno y no que perezca la institución.
Francisco besó al leproso que su ciudad había dejado fuera. Para él lo sagrado eran las personas, no las estructuras. Ochocientos años después, la Iglesia sigue teniendo que elegir entre el santo que venera y el Estado que administra. Hasta hoy ha elegido el Estado, y al santo lo ha puesto en una vitrina.
fandosrj@gmail.com