Fui víctima de abusos psicológicos graves. Cometidos y tolerados dentro de mi parroquia, dentro de mi diócesis, por un movimiento parroquial bendecido por la Santa Sede.
Entré en el Camino Neocatecumenal con 17 años y estuve veinte años "caminando". Veinte años de manipulación psicológica y espiritual.
La violencia, sea de la naturaleza que sea, no es poder. Es el síntoma de la pobreza y de la limitación más absolutas. Es la reacción de quien se sabe pequeño y quiere aparentar grandeza. Es el grito de quien teme desaparecer, no ser nadie.
La CEE invita a “ponerse en camino”, pero el camino solo será real cuando los laicos tengan voz y voto en lo que afecta a su vida: obispos, economía, moral y misión. Sin eso, la sinodalidad corre el riesgo de quedarse en un gesto.
Hay una trampa espiritual en la que caemos sin darnos cuenta: la idea de que la conversión es un instante. Que un día se tiene una experiencia fuerte, y ya está. A partir de ahí, todo será diferente.
Cuando hablamos de clericalismo, pensamos siempre en obispos, sacerdotes, etc... Sin embargo, existe una forma de clericalismo más sutil y dañina ejercida por laicos. En mis más de 20 años en las Comunidades Neocatecumenales, a las que entré con solo 17 años, presencié cómo el carisma original se transformaba en una estructura de dominio absoluto.
Me he preguntado muchas veces qué relación podía haber entre Jesús y su afirmación en el evangelio de que "El es la puerta". He investigado las interpretaciones habituales, lo he discutido con amigos, monjes y laicos, y nunca había llegado a ninguna explicación realmente satisfactoria, hasta ahora.
Hace poco encontré la respuesta escuchando a un alguien que, curiosamente, no era cristiano: un monje budista. Fue muy revelador, porque enlazaba directamente con la experiencia de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.
Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. (Jn 6, 35-40)
Este versículo es la semilla de una revolución teológica. Jesús está anunciando a un Dios que va más allá de los esquemas establecidos y rompe con la lógica de la deuda y del castigo que ha condicionado la fe en la Iglesia durante siglos. ¿Podríamos hablar de una predestinación a la salvación?
En la Iglesia actual siguen existiendo ritos, oraciones, dogmas y predicaciones que presentan a Jesús como un objeto de culto intocable, encerrado en lo “sagrado” y alejado de la vida real, hasta el punto de que, igual que los discípulos de Emaús, muchas veces nos resulta imposible reconocerlo en nosotros mismos y en las personas de carne y hueso que caminan a nuestro lado.
Nabucodonosor llegó a creer que su poder lo colocaba por encima de todo y de todos, incluso por encima de Dios. Esa ilusión de grandeza fue un proceso psicológico que terminó aislándolo de la realidad y de sí mismo. Su caída comenzó cuando ya no pudo sostener la mentira de su propia grandeza: su conciencia se volvió contra él y la fachada que había construido se derrumbó.
La fe nos permite estar en el mundo sin exigirle que sea perfecto y sin exigirnos perfección a nosotros mismos. Es una confianza profunda en que, incluso cuando todo parece derrumbarse, hay algo en nuestro interior que sigue sosteniendo y dando luz. La fe no nos concede el derecho a que la vida siga nuestros planes. La verdadera fe nos da la gracia de descubrirnos acompañados y queridos ocurra lo que ocurra y hagamos lo que hagamos, liberados del miedo y abiertos a la vida y a los demás, para poder dar gratuitamente la abundancia del amor que recibimos de Dios.
Es muy fácil manipular y dominar la mente si se consigue que una persona acepte como verdaderas dos ideas contradictorias sin darse cuenta de la contradicción. George Orwell en su novela "1984" llamó a esto "doublethink" o "doblepensar". Es un proceso extraño: por un lado sabes que algo no encaja, pero al mismo tiempo te obligas a aceptarlo para no sentir culpa ni quedarte fuera del grupo. Y cuando alguien acepta dos cosas incompatibles — "Dios te quiere y puedes ir al infierno", por ejemplo — deja de fiarse de su propio juicio y pasa a depender completamente de la autoridad, sin criterio propio para distinguir lo verdadero de lo falso.
Matrimonios monásticos, mujeres sacerdotes, sacerdotes casados… A primera vista parecen debates distintos, pero todos tienen un hilo común: "la presencia de la mujer compartiendo espacios que durante siglos fueron exclusivamente masculinos". Y ahí, aunque no queramos, salen a la luz restos de una mentalidad antigua que creíamos superada, pero que sigue escondida en rincones profundos de nuestra cultura religiosa.
La vida consagrada en España atraviesa una crisis profunda: noviciados vacíos, comunidades envejecidas y monasterios que cierran. En este contexto nace Matrimonios Monásticos, una propuesta surgida tras convivir cinco meses con monjes de clausura.
Esta iniciativa abre la posibilidad de que personas casadas llamadas a la vida contemplativa puedan vivir en los monasterios, sosteniendo las comunidades existentes y habitando espacios vacíos. Es una respuesta al "kairós" actual, un tiempo que invita a discernir qué transformar y qué custodiar. El laicado ofrece caminos nuevos, pero necesita apertura institucional para que estas semillas del Espíritu puedan crecer dentro de la Iglesia.
En una clase con niños de 6 años hice una pregunta: “¿A quién de vosotros no le gusta la tartaleta de avellanas?” Todos levantaron la mano. Luego pregunté: “¿Alguno de vosotros ha probado la tartaleta de avellanas?” Y ninguno levantó la mano.
Nos pasamos la vida rechazando cosas, situaciones, ideas, religiones que nunca hemos probado y personas que nunca hemos conocido, basándonos en prejuicios que, si nos atreviéramos a mirar de frente con un poco de sentido común, perderían toda credibilidad. Y esa misma dinámica aparece en el Evangelio.
Hay una palabra cuyo sentido ha sido clave para entender algo que, para mí, ya no es solo una idea, sino un hecho: Dios no puede “no amar”, y que por tanto, es el anti-mal: Esa palabra es "Nativo".
No quiero entrar en discusiones ni contradecir ninguna doctrina. Solo intento, como muchos de vosotros, encontrar sentido a esta mezcla de vida, miedo, felicidad y mal que todos experimentamos.
La rutina puede volverse tan normal que nos impide ver lo que realmente está pasando en nuestra vida. Vivimos cansados, sin esperar nada nuevo, atrapados en lo de siempre. Pero, igual que María Magdalena ante el sepulcro, a veces lo extraordinario ya ha ocurrido y no lo reconocemos. La Resurrección nos invita a abrir los ojos: incluso en medio de lo cotidiano, Dios puede sorprendernos y ofrecernos un comienzo nuevo, y si no estamos atentos, podemos perdérnoslo.
Estos relatos nacen del silencio que vivimos mi mujer y yo en el Monasterio de Valvanera: cinco meses de oración, trabajo y escucha, viviendo en nuestra camper en el aparcamiento del Monasterio. (leer artículo). Allí, pudimos profundizar en la Pasión de Jesús de una manera muy especial. Más allá de las palabras, permanece algo que no cambia: la verdad humana, esa que atraviesa los siglos porque todos compartimos lo esencial: seres humanos con las mismas penas, los mismos anhelos, los mismos temores y la misma capacidad de amar.
Hay lugares que no dejan indiferente. El claustro del Monasterio de Valvanera, en La Rioja, es uno de ellos. Allí se encuentran expuestos los objetos y textos que narran la Pasión de Cristo: la corona, el látigo, los clavos, la cruz, la lanza, el título… signos duros, concretos, que hablan sin necesidad de palabras.
Cuando entré en este claustro y me acerqué a cada uno de ellos, uno por uno, me conmoví profundamente. Lloré con amargura al comprender tan claramente hasta qué punto sufrió Jesús. Lloré también al descubrir hasta dónde puede llegar la crueldad humana. Y al mismo tiempo, sentí agradecimiento, agradecimiento a Cristo por un amor tan desbordante, tan fiel, tan transformador, que sigue tocando mi vida cada día.
Este recorrido no es un simple repaso histórico. Es una invitación a entrar en el misterio. A dejar que estos signos —la corona que hiere, el flagelo que desgarra, los clavos que atraviesan, la cruz que pesa, la lanza que abre el costado— nos hablen al corazón.A contemplar también a María, que acompañó cada dolor con un amor silencioso y firme.
Lo que aquí presentamos —las imágenes y los textos de esta exposición en Valvanera— no pretende recrear el sufrimiento por sí mismo, sino ayudarnos a comprender la profundidad del amor que lo sostiene. Un amor que no retrocede ante el dolor. Un amor que permanece. Un amor que salva.
Jueves Santo. Amaos unos a otros… ayudaos unos a otros, sed compasivos, cargad juntos con el sufrimiento…
Simón de Cirene descubrió a la fuerza que ayudar a otro a llevar su cruz no solo alivia al que sufre, sino que transforma a quien ayuda. Fue el primero en compartir el destino de Jesús.
Estos relatos nacen del silencio que vivimos mi mujer y yo en el Monasterio de Valvanera: cinco meses de oración, trabajo y escucha, viviendo en nuestra camper en el aparcamiento del Monasterio. (leer artículo). Allí, pudimos profundizar en la Pasión de Jesús de una manera muy especial.
La Pasión y la Resurrección son el corazón de nuestra fe. No sabemos cómo sucedió cada detalle, pero sí podemos ponernos en la piel de quienes estuvieron allí: mirar con sus ojos, sentir su miedo, su desconcierto, su amor… y dejar que esa experiencia nos enseñe nuevas formas de amar a Dios y al prójimo.
Los eruditos y los teólogos buscan las palabras exactas, la formulación precisa, la fuente original. Y es un trabajo necesario. Pero mi mujer y yo descubrimos que, más allá de las palabras, hay algo que nadie puede manipular ni falsear: la experiencia humana. Esta permanece intacta a través de los siglos, porque al final todos somos lo mismo: seres humanos con las mismas penas, los mismos anhelos, los mismos temores y la misma capacidad de amar.
Estos relatos no pretenden reconstruir la historia, sino asomarse a la verdad humana que late en ella. Y esa verdad, aunque hayan pasado dos mil años, sigue siendo reconocible. Sigue siendo de todos nosotros.
Ya publicamos El buen ladrón, Judas y Barrabás. Seguiremos acercándonos, personaje a personaje, a este misterio que sigue transformando a quien se deja tocar. Hoy es el turno del buen Simón.
Pedro y Judas tienen mucho en común. Comparten la misma esperanza y la misma confusión: ambos sueñan con un Mesías capaz de liberar al pueblo por la fuerza. Ambos aman a Jesús, pero en realidad solo ven la imagen que se han construido de Él, no al Jesús que tienen delante. Todavía no han descubierto al verdadero, al que va a dar su vida por amor. Y los dos cometen el mismo error.