A Hans Küng, Roma le retiró la licencia para enseñar teología católica. Su delito: pensar en voz alta. Cuestionó la infalibilidad papal, criticó el autoritarismo de la Curia y propuso una Iglesia más democrática, ecuménica y abierta, fundada en la indefectibilidad —la verdad está en el conjunto del Evangelio, no en dogmas absolutos— y en una ética global compartida entre todas las religiones.
A una pregunta le dedicó un libro entero, ¿Vida eterna? (1982), y media vida de trabajo. Su respuesta cabe en una frase: la vida eterna no es un premio ni una amenaza. Es un abrazo.
La Iglesia condenó a Tony de Mello once años después de muerto, cuando ya no podía defenderse. Su delito: enseñar a la gente a despertar, a pensar sin permiso, a encontrarse con Jesús sin intermediarios ni ritos sagrados. La misma institución que encubrió durante décadas a los que destruían a los niños no toleró a un jesuita que enseñaba a hacer fuego. Condenó al que liberaba y protegió al que dañaba.
La tensión irresuelta entre la Ley y la Gracia en las cartas del Apóstol explica la contradictoria imagen de un Dios que ama y castiga que nos ha transmitido la Iglesia. Dos verdades incompatibles que tanto nos han desviado, y nos siguen desviando, del verdadero amor de Dios: "Dios te ama, pero puedes ir al infierno".
Somos Paolo y Fulvia, ex-catequistas del Camino Neocatecumenal. Hemos realizado un amplio estudio jurídico con una tesis devastadora: todos los permisos y las aprobaciones que el Camino dice haber obtenido de la Iglesia podrían ser inválidos, porque —según nuestro análisis— se habrían ignorado las normas y los procedimientos que la propia Iglesia exige. Si esto se demostrara, la conclusión sería inevitable: el Camino no operaría legítimamente dentro de la Iglesia católica, y el escándalo arrastraría también a las autoridades vaticanas que lo habrían permitido.
El mal es real. Pero la figura con cuernos y azufre que se fabricó nunca sirvió para combatirlo: sirvió para administrar el miedo, y con el miedo, la obediencia. La pregunta no es si el diablo existe, sino para qué se inventó. Quizás ha llegado el momento de mirar las cosas de otra manera.
No hay nada más liberador que soltar el miedo. Perderlo del todo. Como si nunca hubiera existido.
Todo mecanismo opresor se sostiene sobre una sola cosa: el miedo del oprimido.
Pero llega un día. Inevitable. Luminoso. El día en que el oprimido, después de tantas humillaciones y abusos acumulados, se levanta, alza la cabeza sin miedo y mira de frente al monstruo que lo aplastaba.
Fui víctima de abusos económicos, psicológicos, espirituales y de poder durante 20 años dentro del Camino Neocatecumenal y hace tiempo que dejé de tener miedo.
Ha llegado la hora de alzar la mirada. Este es mi testimonio.
(Al final del artículo Contrasto todo lo que declaro con el Código Penal y el Código de la Iglesia)
El cardenal Rouco Varela ha vuelto a hablar. Dice que si los laicos alemanes votan, "van contra la constitución divina de la Iglesia". Y yo me pregunto, con el Evangelio abierto al lado, de dónde saca una jerarquía hundida en el lodo hasta el cuello la autoridad moral para dar lecciones a nadie.
Porque esa es la escena real, no la de la entrevista. Décadas de abusos sexuales encubiertos en todos los continentes. Comisiones de investigación que la jerarquía española esquivó hasta que ya no pudo más. Escándalos financieros vaticanos con cardenal condenado incluido. Diócesis en quiebra por las indemnizaciones a víctimas. Y en medio de ese paisaje, un purpurado se declara "muy preocupado" porque en Alemania "la legislación canónica se ha saltado un poco".
Si has sido objeto de abusos —sexuales, psicológicos, espirituales, de poder, o de los que sean— por parte de personas de bien, de esas que rezan a Dios con o sin sotana, porque también los hay laicos, y que te miran convencidas de que ellas están de parte de Dios y tú no, esto es lo que te vas a encontrar.
Lo escribo porque me pasó a mí. Y porque le ha pasado a tantas personas cuyos casos he conocido de primera mano. Gente que, como yo, confiaba con los ojos cerrados en el sistema corrupto en el que ha derivado aquella frase "sobre esta piedra construiré mi iglesia". Confiar es lo natural: son los "buenos", los de "Dios", los que "saben". Por eso duele tanto. No te humillan desde fuera, como un enemigo; te humillan desde dentro, desde el lugar exacto donde habías puesto tu fe. Y las excepciones son tan pocas que cuesta encontrarlas.
Jesús y Francisco de Asís fueron estrellas vivas, fuego que transformaba cuanto tocaba; la Iglesia y las órdenes que los siguieron son solo su luz viajando por inercia: brillan, pero ya no queman. Este texto explora esa física espiritual y anuncia una esperanza: todos podemos volver a arder, si nos atrevemos a liberarnos de lo conocido.
Hay un modelo de negocio que se está volviendo tan habitual que ya casi no lo cuestionamos: una organización se presenta como una entidad «sin ánimo de lucro» que investiga y repara el daño hecho a las víctimas —de una estafa, de un abuso, de un problema legal o económico— y ofrece esa primera ayuda de forma gratuita. El gesto genera confianza, gratitud y esperanza. Y justo ahí, cuando la persona está más agradecida y más frágil, aparece la segunda parte: el curso de pago, la formación, la «mentoría» que promete enseñarte a resolver del todo lo que la ayuda gratuita solo empezó a resolver. Nada de esto es ilegal. Pero llamarlo simplemente «un negocio» es quedarse corto. Es un subterfugio, una forma elegante de aprovecharse de la debilidad ajena.
España recibió al Papa con un rey, una reina, alfombras y varios días de fiesta. A las víctimas de abusos del clero, tras mucho insistir, se les concedió una hora a puerta cerrada. Lo cuenta Sergio Decuyper, que relata haber sido abusado a los cinco años por un tío sacerdote y que se quedó fuera. En ese contraste cabe toda una traición: la institución que dice continuar el sacerdocio que instauró Jesús se detiene a cuidar su imagen, no al herido del camino. Es el Evangelio al revés: para Él, el escándalo era dañar a los pequeños; para ella, el escándalo es que se sepa. Y calla.
La tesis de este estudio es directa: si tantos movimientos eclesiales han sido y siguen siendo coercitivos, no es casualidad. Reproducen, a menor escala, una lógica manipuladora que ya está presente en la propia estructura de la Iglesia. No son una desviación del modelo: son coherentes con él. Lo que esos grupos hacen en pequeño —controlar la conciencia, gestionar la culpa, exigir obediencia— la institución lo practica desde hace siglos a gran escala. Por eso pueden existir: porque la estructura de la que nacen ya contiene esas dinámicas. Ella es el tronco; ellos, las ramas. No se acusa aquí a nadie de mala fe ni se emite juicio penal o canónico: se plantea, apoyándose en informes, sentencias y documentos públicos, una hipótesis estructural abierta al debate.
La sentencia vaticana de que la homilía dentro de la Eucaristía queda reservada en exclusiva a obispos, presbíteros y diáconos no es un detalle litúrgico: es una confesión. Revela hasta qué punto el clericalismo no es un accidente del Papa ni de la Institución a la que sirve, sino su misma naturaleza.
Vamos a desmontar este "chiringuito" desde el único lugar desde el que puede desmontarse: el Evangelio. Y la llave está en una pregunta que casi nadie se atreve a responder con sinceridad: ¿para qué se usa en realidad la homilía?
Abusar de un niño no es una debilidad: es el mal elegido a sangre fría, una traición cometida desde el altar contra quien tenía prohibido sospechar. Pero hay un segundo mal que casi nadie nombra: el de quien sabe y calla, el de una institución rapidísima para defenderse de cualquier crítica y lenta, siempre lenta, cuando el que sufre es un niño. Esto no es un lamento, sino una llamada a despertar las conciencias dormidas, empezando por la propia.
La prisa, las pantallas y la dopamina barata erosionan nuestra atención. Y un cristiano disperso es un cristiano más fácil de "hackear". Recuperar el silencio interior no es nostalgia monástica: es una urgencia de la fe.
Cuando se matricula a un hijo en un centro concertado católico, la familia acepta un ideario educativo que, por ley, debe estar publicado en el boletín oficial correspondiente y ser claro, accesible y veraz. Lo que muchas familias desconocen es que en diversos centros, especialmente en Madrid, Valencia, Castilla-La Mancha y el Levante, el ideario real no coincide plenamente con el ideario formal: en la práctica, la orientación religiosa no es la general de la Iglesia católica, sino la de un movimiento concreto, el Camino Neocatecumenal, fundado por Kiko Argüello y Carmen Hernández en 1964 en Palomeras Altas.
Esta semana he recibido un correo inquietante relacionado con lo que escribo sobre el Camino Neocatecumenal. No quiero entrar hoy en su contenido —ya lo he hecho en varias ocasiones en este medio — porque hay algo en la forma del mensaje que me parece más importante que el fondo.
Hay imágenes del viaje papal que un católico puede mirar dos veces. La primera, con orgullo o emoción. La segunda, si se atreve, con el evangelio abierto al lado. Y entonces algo se rompe.
No es una cuestión de dinero. Es una cuestión más honda y más dolorosa: la distancia entre lo que vemos y lo que eschcamos y vivimos cada domingo en la Eucaristía.
Cuando el Papa dice que los abusos son "una llaga abierta" y al mismo tiempo la Iglesia elige a quién entra en la reunión y a quién se queda en la puerta, no estás viendo hipocresía accidental. Estás viendo el sistema funcionando exactamente como está diseñado. La psicología social lo llama hipocresía organizada. Sirve para mantener el estatus, callar las conciencias y que todo siga igual. Esta semana, en Madrid, lo hemos visto en directo.
La elección de María Montserrat Alvarado como prefecta del Dicasterio para la Comunicación no es solo un gesto técnico. Es un espejo. Y lo que ese espejo devuelve no es un problema de derechas o izquierdas, sino algo más hondo: la Iglesia sigue buscando soluciones técnicas a un problema que es espiritual.