La inteligencia artificial ha puesto a la religión contra las cuerdas. Si una máquina puede escribir la homilía, la homilía no era lo esencial. Si puede redactar un documento doctrinal impecable, la doctrina no era el fuego. Si puede recitar todas las oraciones, orar no consistía en recitar. Pablo lo vio hace dos mil años: «la letra mata, mas el Espíritu vivifica» (2 Cor 3,6). La IA es la letra en estado puro, una letra infinita, exacta y disponible a cualquier hora. Jesús y Francisco de Asís ardieron con el fuego de la fe; la institución conserva el brillo de las palabras, pero ya no arde, igual que la máquina.
El Movimiento de los Focolares, fundado por Chiara Lubich en 1943, vivió aislado hasta la década de 2000. Reconocido por la Iglesia como un precioso carisma para la unidad y la evangelización de las masas, mostró su mejor faceta: la imagen dorada de una obra divina en la tierra.
Pero al igual que la casa de jengibre del cuento de hadas de los hermanos Grimm, Hansel y Gretel —una trampa dulce y cautivadora que atrapa a los protagonistas hambrientos y desorientados en el bosque—, el Movimiento de los Focolares también resulta ser un engaño para el alma, anhelante de trascendencia y sentido, debido a dinámicas relacionales que aniquilan la conciencia y la libertad interior.
Ella ha ido al juez, como manda la ley. Ha escrito al fundador, como manda la conciencia. Ha esperado dos años a la diócesis y más de una semana a Kiko Argüello, fundador del Camino Neocatecumenal.
Cada día sin respuesta es una respuesta. Y ya la conocemos: primero ellos, el movimiento neocatecumenal, después la niña.
Kiko Argüello: ¡conteste!. Y si no lo hace, no vuelva a decir en un estadio lleno que el Camino defiende a los pequeños. Uno de esos pequeños tiene nombre, tiene madre, y sigue esperando.
Cuando una espiritualidad proclama la unidad, pero quienes se marchan hablan de miedo, silencio, aislamiento y pérdida de autonomía, la contradicción deja de ser un detalle incómodo y se convierte en una herida que exige respuestas. Tras décadas de elogios, reconocimientos y respaldo institucional, las voces de antiguos miembros describen otra realidad: personas que aseguran haber quedado atrapadas entre la obediencia y la conciencia, entre la pertenencia y la libertad, entre la fe y el temor a cuestionar. Y cuando quienes denuncian dicen no haber sido escuchados, la pregunta resulta inevitable: ¿quién protege a las víctimas cuando la institución que debería escucharlas prefiere mirar hacia otro lado?
«La Verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta». La verdad no puede organizarse; una creencia es un asunto individual que nadie puede administrar. «Mi único interés es hacer que el hombre sea libre. Deseo liberarlo de todas sus jaulas, de todos sus temores».
Renunció a su liderazgo espiritual y al gran patrimonio de la poderosa organización que quería convertirlo en un gran Mesías; al hacerlo, reveló algo decisivo: donde no existe una autoridad espiritual que se interponga entre la persona y la verdad, la manipulación se vuelve imposible.
A pesar del Camino Neocatecumenal cuenta con la aprobación oficial de las autoridades vaticanas, en los últimos años han surgido numerosos informes de abusos y problemas críticos a través de investigaciones y grupos en la web.
Cientos de heridos por el Camino Neocatecumenal dan su testimonio en internet, y casi todos lo hacen desde el anonimato; los que hemos dado la cara no llegamos a cinco. Los que se esconden lo hacen porque saben hasta dónde son capaces de llegar sus adeptos en su "Santa Ira" contra los desertores.
El 15 de julio de 2026 publiqué aquí en Religión Digital un artículo contando mi experiencia tras 20 años en el Camino Neocatecumenal. (Ver artículo). Luego lo subí a mi Facebook, Evangelio y Dignidad, y lo compartí en un grupo del Camino. Sin buscarlo, acabé haciendo el experimento sociológico más revelador que he visto en mi vida: dejar que una organización responda a una crítica y observar cómo se delata sin darse cuenta.
Guardé el hilo entero. Decenas de respuestas. En todas ellas había algo que brillaba por su ausencia: la empatía y la humanidad.
Vamos a leer despacio las más representativas, porque son el mejor artículo que yo podría escribir.
A Hans Küng, Roma le retiró la licencia para enseñar teología católica. Su delito: pensar en voz alta. Cuestionó la infalibilidad papal, criticó el autoritarismo de la Curia y propuso una Iglesia más democrática, ecuménica y abierta, fundada en la indefectibilidad —la verdad está en el conjunto del Evangelio, no en dogmas absolutos— y en una ética global compartida entre todas las religiones.
A una pregunta le dedicó un libro entero, ¿Vida eterna? (1982), y media vida de trabajo. Su respuesta cabe en una frase: la vida eterna no es un premio ni una amenaza. Es un abrazo.
La Iglesia condenó a Tony de Mello once años después de muerto, cuando ya no podía defenderse. Su delito: enseñar a la gente a despertar, a pensar sin permiso, a encontrarse con Jesús sin intermediarios ni ritos sagrados. La misma institución que encubrió durante décadas a los que destruían a los niños no toleró a un jesuita que enseñaba a hacer fuego. Condenó al que liberaba y protegió al que dañaba.
La tensión irresuelta entre la Ley y la Gracia en las cartas del Apóstol explica la contradictoria imagen de un Dios que ama y castiga que nos ha transmitido la Iglesia. Dos verdades incompatibles que tanto nos han desviado, y nos siguen desviando, del verdadero amor de Dios: "Dios te ama, pero puedes ir al infierno".
Somos Paolo y Fulvia, ex-catequistas del Camino Neocatecumenal. Hemos realizado un amplio estudio jurídico con una tesis devastadora: todos los permisos y las aprobaciones que el Camino dice haber obtenido de la Iglesia podrían ser inválidos, porque —según nuestro análisis— se habrían ignorado las normas y los procedimientos que la propia Iglesia exige. Si esto se demostrara, la conclusión sería inevitable: el Camino no operaría legítimamente dentro de la Iglesia católica, y el escándalo arrastraría también a las autoridades vaticanas que lo habrían permitido.
El mal es real. Pero la figura con cuernos y azufre que se fabricó nunca sirvió para combatirlo: sirvió para administrar el miedo, y con el miedo, la obediencia. La pregunta no es si el diablo existe, sino para qué se inventó. Quizás ha llegado el momento de mirar las cosas de otra manera.
No hay nada más liberador que soltar el miedo. Perderlo del todo. Como si nunca hubiera existido.
Todo mecanismo opresor se sostiene sobre una sola cosa: el miedo del oprimido.
Pero llega un día. Inevitable. Luminoso. El día en que el oprimido, después de tantas humillaciones y abusos acumulados, se levanta, alza la cabeza sin miedo y mira de frente al monstruo que lo aplastaba.
Fui víctima de abusos económicos, psicológicos, espirituales y de poder durante 20 años dentro del Camino Neocatecumenal y hace tiempo que dejé de tener miedo.
Ha llegado la hora de alzar la mirada. Este es mi testimonio.
(Al final del artículo Contrasto todo lo que declaro con el Código Penal y el Código de la Iglesia)
El cardenal Rouco Varela ha vuelto a hablar. Dice que si los laicos alemanes votan, "van contra la constitución divina de la Iglesia". Y yo me pregunto, con el Evangelio abierto al lado, de dónde saca una jerarquía hundida en el lodo hasta el cuello la autoridad moral para dar lecciones a nadie.
Porque esa es la escena real, no la de la entrevista. Décadas de abusos sexuales encubiertos en todos los continentes. Comisiones de investigación que la jerarquía española esquivó hasta que ya no pudo más. Escándalos financieros vaticanos con cardenal condenado incluido. Diócesis en quiebra por las indemnizaciones a víctimas. Y en medio de ese paisaje, un purpurado se declara "muy preocupado" porque en Alemania "la legislación canónica se ha saltado un poco".
Si has sido objeto de abusos —sexuales, psicológicos, espirituales, de poder, o de los que sean— por parte de personas de bien, de esas que rezan a Dios con o sin sotana, porque también los hay laicos, y que te miran convencidas de que ellas están de parte de Dios y tú no, esto es lo que te vas a encontrar.
Lo escribo porque me pasó a mí. Y porque le ha pasado a tantas personas cuyos casos he conocido de primera mano. Gente que, como yo, confiaba con los ojos cerrados en el sistema corrupto en el que ha derivado aquella frase "sobre esta piedra construiré mi iglesia". Confiar es lo natural: son los "buenos", los de "Dios", los que "saben". Por eso duele tanto. No te humillan desde fuera, como un enemigo; te humillan desde dentro, desde el lugar exacto donde habías puesto tu fe. Y las excepciones son tan pocas que cuesta encontrarlas.
Jesús y Francisco de Asís fueron estrellas vivas, fuego que transformaba cuanto tocaba; la Iglesia y las órdenes que los siguieron son solo su luz viajando por inercia: brillan, pero ya no queman. Este texto explora esa física espiritual y anuncia una esperanza: todos podemos volver a arder, si nos atrevemos a liberarnos de lo conocido.
Hay un modelo de negocio que se está volviendo tan habitual que ya casi no lo cuestionamos: una organización se presenta como una entidad «sin ánimo de lucro» que investiga y repara el daño hecho a las víctimas —de una estafa, de un abuso, de un problema legal o económico— y ofrece esa primera ayuda de forma gratuita. El gesto genera confianza, gratitud y esperanza. Y justo ahí, cuando la persona está más agradecida y más frágil, aparece la segunda parte: el curso de pago, la formación, la «mentoría» que promete enseñarte a resolver del todo lo que la ayuda gratuita solo empezó a resolver. Nada de esto es ilegal. Pero llamarlo simplemente «un negocio» es quedarse corto. Es un subterfugio, una forma elegante de aprovecharse de la debilidad ajena.
España recibió al Papa con un rey, una reina, alfombras y varios días de fiesta. A las víctimas de abusos del clero, tras mucho insistir, se les concedió una hora a puerta cerrada. Lo cuenta Sergio Decuyper, que relata haber sido abusado a los cinco años por un tío sacerdote y que se quedó fuera. En ese contraste cabe toda una traición: la institución que dice continuar el sacerdocio que instauró Jesús se detiene a cuidar su imagen, no al herido del camino. Es el Evangelio al revés: para Él, el escándalo era dañar a los pequeños; para ella, el escándalo es que se sepa. Y calla.
La tesis de este estudio es directa: si tantos movimientos eclesiales han sido y siguen siendo coercitivos, no es casualidad. Reproducen, a menor escala, una lógica manipuladora que ya está presente en la propia estructura de la Iglesia. No son una desviación del modelo: son coherentes con él. Lo que esos grupos hacen en pequeño —controlar la conciencia, gestionar la culpa, exigir obediencia— la institución lo practica desde hace siglos a gran escala. Por eso pueden existir: porque la estructura de la que nacen ya contiene esas dinámicas. Ella es el tronco; ellos, las ramas. No se acusa aquí a nadie de mala fe ni se emite juicio penal o canónico: se plantea, apoyándose en informes, sentencias y documentos públicos, una hipótesis estructural abierta al debate.