Que lo cotidiano no nos impida ver al Resucitado
La rutina puede volverse tan normal que nos impide ver lo que realmente está pasando en nuestra vida. Vivimos cansados, sin esperar nada nuevo, atrapados en lo de siempre. Pero, igual que María Magdalena ante el sepulcro, a veces lo extraordinario ya ha ocurrido y no lo reconocemos. La Resurrección nos invita a abrir los ojos: incluso en medio de lo cotidiano, Dios puede sorprendernos y ofrecernos un comienzo nuevo, y si no estamos atentos, podemos perdérnoslo.
¿Cómo te va la vida?
“Bien… mientras las cosas sigan como están, me conformo. Total, esto nunca cambia para bien”.
Esta respuesta, tan común, dice mucho de cómo vivimos hoy. La mayoría caminamos con un pesimismo de fondo, como una nube que siempre está ahí. Y no es raro: el mundo no lo pone fácil. Estamos atravesando una de las crisis más grandes de nuestra época, y eso se nota en el ánimo de todos.
Nos hemos acostumbrado a nuestra vida de cada día, a la rutina. No porque sea buena, sino porque es lo que conocemos. Y, al final, muchos preferimos que nada cambie, aunque esa “normalidad” tampoco nos haga felices. Ya se sabe: “mejor malo conocido que bueno por conocer”.
El trabajo nos agota, las relaciones se complican, y las instituciones, demasiadas veces, no nos ayudan cuando más lo necesitamos. Vivimos con la sensación de que tenemos que tirar adelante como sea, sin tiempo para parar, sin espacios para respirar, sin una red que nos salve cuando nos derrumbamos. Y aun así, nos empeñamos en no soltar esa cotidianeidad, convencidos de que nunca pasará nada extraordinario que cambie las cosas.
Algo parecido le pasó a María Magdalena. Llega al sepulcro sin fuerzas, atrapada en lo de siempre, en lo que conoce, en esa manera de mirar la vida donde los milagros no entran y donde, si algo cambia, suele ser para peor. Ve la losa quitada y solo puede pensar lo más lógico dentro de su dolor: “Se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. No puede imaginar otra explicación. La idea de que Jesús haya resucitado queda fuera de sus esquemas. Es demasiado grande, demasiado inesperada.
Y muchas veces, a nosotros nos pasa lo mismo. Tenemos los ojos tan acostumbrados a la rutina, tan marcados por la desconfianza, que no vemos lo nuevo aunque lo tengamos delante. Nos cuesta creer que algo bueno pueda ocurrirnos, que nuestra vida pueda cambiar para bien.
Por eso necesitamos aprender a mirar la vida con ojos de sorpresa. No sea que ya nos haya ocurrido algo extraordinario —una persona, una palabra, un gesto, una luz interior— capaz de cambiarlo todo, y no lo estemos viendo simplemente porque seguimos mirando desde la vieja normalidad.