“Maestro, lo que yo no entiendo de la Iglesia es cómo es una organización donde es difícil entrar y muy difícil salir”.
Con esas palabras se dirigía a mí un alumno en clase en un debate improvisado en el que los alumnos querían pedirme mi opinión sobre la Iglesia. En ese debate los escuché, les di la razón en todo lo que evidentemente la llevaban y defendí siempre el amor a la Iglesia: que podrá ser la madrasta de Blancanieves en algunas ocasiones, pero al fin y al cabo es Madre.
La carta de Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española, sigue un patrón retórico que merece ser analizado: un texto teológicamente correcto en su superficie, pero que al confrontarlo con la realidad eclesial vigente revela una evidente asimetría moral.
Cobo no miente. Hace algo peor: dice algunas verdades de un modo calculadamente ineficaz. Sabe lo que ocurre — las correcciones lo demuestran — y elige un registro que garantiza que esas correcciones no produzcan consecuencias. En ética del discurso eso tiene un nombre clásico: mentira por omisión cualificada, o más técnicamente, "adiáfora retórica": dejar dicho lo justo para no poder ser acusado de no haberlo dicho, sabiendo que no va a tener repercusiones reales. Exactamente la misma técnica empleada por José Antonio Satué en su reciente intervención ante más de medio centenar de Comunidades Neocatecumenales en el Palacio de los Deportes Martín Carpena.
Una institución que conoce abusos y responde con homilías de doble fondo no está protegiendo a las víctimas: está protegiéndose a sí misma. Por respeto a quienes han sufrido, y siguen sufriendo, asumimos el compromiso de seguir cada intervención institucional con una mirada crítica y constante.
Este análisis nace desde una herida: la de quienes sufrimos una manipulación espiritual y psicológica que la Iglesia sigue sin nombrar. Magnifica Humanitas ofrece un diagnóstico lúcido del mundo, pero evita mirar su propia sombra. Habla de custodiar lo humano, pero calla donde más duele. Y ese silencio, repetido durante décadas, convierte cualquier palabra en un gesto cargado de injusticia que ya no basta.
Antes de escribir este artículo he hecho un pequeño experimento. Solo, frente al teclado, con el Word en blanco, he empezado a escribir cosas que soy: soy una persona, soy alto, soy español… Y de pronto he pensado en algo que, en realidad, somos todos, como hijos de Dios que compartimos su esencia. Y aun así, no me atrevía a teclearlo. Incluso ahora lo escribo con cierta vergüenza: “Soy amor”.
Hablemos de la confesión. Un niño se arrodilla en una gran caja oscura. Al otro lado, un hombre adulto con autoridad absoluta. El niño debe contarle sus secretos, sus pensamientos, lo que hizo y lo que no hizo pero pensó o tan solo imaginó por un instante. El hombre escucha, juzga y decide si el perdón se concede o no. ¿En qué otro contexto aceptaríamos esto? Si lo hiciera un profesor, llamaríamos a la policía. Si lo hiciera un vecino, sería un depredador. Pero si lleva alzacuellos, es un sacramento. La culpa nunca terminaba. Salías "limpio" hasta el próximo pecado, y el listón estaba puesto donde nadie puede llegar.
Fui víctima de abusos psicológicos graves. Cometidos y tolerados dentro de mi parroquia, dentro de mi diócesis, por un movimiento parroquial bendecido por la Santa Sede.
Entré en el Camino Neocatecumenal con 17 años y estuve veinte años "caminando". Veinte años de manipulación psicológica y espiritual.
Hay frases del Evangelio que han sido secuestradas por la ideología religiosa hasta dejarlas irreconocibles. Una de las más manipuladas es esta: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”. Durante siglos se ha utilizado para crear élites dentro de la Iglesia y para señalar a los demás como “mundanos”, como si fueran ciudadanos de segunda para Dios. Todavía hoy resuena la antievangélica afirmación de que la Iglesia es la única tabla de salvación. Justo lo contrario de lo que Jesús pretendía, ya que murió precisamente por defender a los que estaban fuera del sistema religioso.
La Iglesia defiende públicamente la democracia, la dignidad humana y la igualdad entre todas las personas. Denuncia los autoritarismos que oprimen a los pueblos y se posiciona contra la injusticia social. Sin embargo, en su funcionamiento interno mantiene una estructura de monarquía absoluta. En nombre de Dios, la jerarquía concentra los tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) y los ejerce sin contrapesos reales.
Ahí está el núcleo del problema: mientras los laicos sigan siendo meros espectadores o consejeros sin capacidad real de decisión, nada cambiará. En los tribunales eclesiásticos, los laicos deberían tener la posibilidad de actuar como jueces junto con los clérigos, con la misma autoridad y responsabilidad.
Muchos cardenales, obispos y sacerdotes, y algún que otro Papa, conocen el daño que estos abusos estan causando, han escuchado testimonios y han visto de cerca el sufrimiento de las víctimas. Aun así, eligen callar y proteger estructuras antes que personas. Su silencio sostiene al agresor y abandona a la víctima. La falta de compasión y responsabilidad pastoral resulta insoportable. La pregunta ya no es si se están cometiendo abusos, sino hasta cuándo se seguirá haciendo la vista gorda.
"Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor"...
Jesús nos habla de amistad, igualdad y transparencia. La Iglesia nos habla de obediencia, estructura y autoprotección. Él nos llama amigos. Ella nos pide sumisión.
Jesús ofrece una relación libre, sin jerarquías que asfixien ni mediaciones que condicionen y pongan trabas.
El amor verdadero solo necesita dos cosas: amar y dejarse amar. Todo lo demás es interés disfrazado de santidad.
En Juan 16,8‑11, Jesús describe la misión del Espíritu Santo con tres palabras que se convierten en un diagnóstico claro de nuestra condición de hijos de Dios y de los poderes religiosos que intentan oprimirla.
“Cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena.”
Le preguntaron a un santo: “Si alguien arrojara tu libro sagrado al retrete y tirara de la cadena, ¿qué harías?”. El santo respondió con total naturalidad: “Primero, llamaría a un fontanero para que reparara el retrete. Después, conseguiría un libro nuevo”.
El recurso más eficaz que emplean las sectas y tantos movimientos dentro de la Iglesia para manipular conciencias, como denuncié en su día, nace siempre de la misma raíz: la idea de que solo la Iglesia «inspirada» posee la verdad cuando se trata de interpretar el Evangelio, la fe y la el grado de moralidad de la vida de los fieles. Esta idea estuvo detrás de todos y cada uno de los actos de manipulación que sufrí en mis 20 años de pertenencia al Camino Neocatecumenal. Una idea de la que se apropiaron mis "queridos" catequistas y a la que le confiere autoridad la misma Iglesia que la respalda con el solo hecho de mantenerla, no solo vigente, sino como uno de los pilares del catolicismo, especialmente en España.
Cuando hablamos de clericalismo, pensamos siempre en obispos, sacerdotes, etc... Sin embargo, existe una forma de clericalismo más sutil y dañina ejercida por laicos. En mis más de 20 años en las Comunidades Neocatecumenales, a las que entré con solo 17 años, presencié cómo el carisma original se transformaba en una estructura de dominio absoluto.
La violencia, sea de la naturaleza que sea, no es poder. Es el síntoma de la pobreza y de la limitación más absolutas. Es la reacción de quien se sabe pequeño y quiere aparentar grandeza. Es el grito de quien teme desaparecer, no ser nadie.
La CEE invita a “ponerse en camino”, pero el camino solo será real cuando los laicos tengan voz y voto en lo que afecta a su vida: obispos, economía, moral y misión. Sin eso, la sinodalidad corre el riesgo de quedarse en un gesto.
Hay una trampa espiritual en la que caemos sin darnos cuenta: la idea de que la conversión es un instante. Que un día se tiene una experiencia fuerte, y ya está. A partir de ahí, todo será diferente.
Me he preguntado muchas veces qué relación podía haber entre Jesús y su afirmación en el evangelio de que "El es la puerta". He investigado las interpretaciones habituales, lo he discutido con amigos, monjes y laicos, y nunca había llegado a ninguna explicación realmente satisfactoria, hasta ahora.
Hace poco encontré la respuesta escuchando a un alguien que, curiosamente, no era cristiano: un monje budista. Fue muy revelador, porque enlazaba directamente con la experiencia de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.
Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. (Jn 6, 35-40)
Este versículo es la semilla de una revolución teológica. Jesús está anunciando a un Dios que va más allá de los esquemas establecidos y rompe con la lógica de la deuda y del castigo que ha condicionado la fe en la Iglesia durante siglos. ¿Podríamos hablar de una predestinación a la salvación?