Siempre se ha asociado la figura de Judas a la traición. Pero el Evangelio nos ofrece claves que matizan, e incluso desmienten, esa lectura que nos parece tan evidente.
Un perfume que despierta en el corazón el deseo más hondo del creyente: Vivir en la presencia de Dios, respirar su nombre en silencio y dejar que la oración se vuelva un aroma que acompaña, sostiene y transforma toda la vida, incluso en las noches más oscuras
La entrada de Jesús en Jerusalén no fue un desfile de poder, sino una ruptura con la rigidez y pompa religiosa. Al elegir el pollino frente a la borrica, Cristo nos invita a distinguir entre la Ley que esclaviza y la Gracia que libera. Esta reflexión desentraña el simbolismo de la borrica y el hijo, desafiándonos a recuperar la frescura de un Reino que prefiere la humildad a la ostentación, la mansedumbre al prestigio y la cercanía al poder.
Barrabás significa “Hijo del Padre” (Bar: hijo; Abba: padre). Ostentaba, por tanto, el mismo título que Jesús, que murió en su lugar. Con Barrabás, Dios nos liberó a todos nosotros, representados en un delincuente condenado que no entendía por qué le abrían la celda.
Nos invita a la gratitud, la alegría y la confianza en un Dios que nos amó, nos ama y nos seguirá amando siempre.
Y, si nos atrevemos a mirarlo con ojos nuevos y sin prejuicios, podría ser la declaración de la “Predestinación a la Salvación”: ¿Y si nacemos predestinados a heredar la Vida Eterna, en este mundo y en el otro?
Descubre este relato inspirado en el Evangelio y nacido de una experiencia personal del amor de Dios: la historia de la redención de San Dimas, el ladrón que encontró la luz en el Gólgota
Judas es el retrato de la desesperación que no acepta ser amado al extremo, sin límites.
No es “el malo” para que los demás nos sintamos buenos. Es el espejo de una tentación muy común: querer un Mesías útil, que se adapte a nuestras necesidades. Y esta tentación, como a cualquiera de nosotros. se le reputó como justicia.
Muchas veces me pregunté porqué hay una parte de la vida de Jesús que contemplamos poco, y sin embargo está llena de una ternura inmensa y de una luz que puede transformar nuestra fe y que de alguna manera es la que intentamos reproducir en la vida monástica.
Son los años silenciosos, escondidos, humildes… esos años en los que Jesús vivió en obediencia al Padre, como uno más, sin milagros, sin discursos, sin multitudes, en su pequeña comunidad familiar en un pueblo cualquiera.
Evangelio del V Domingo de Cuaresma. El Evangelista dice que muchos creyeron en Jesús al ver a Lázaro salir de la tumba. Pero la fe que nace de un milagro dura lo que dura el asombro. Hay un prodigio mayor, más silencioso y más transformador, que ocurre cuando el amor de Dios irrumpe en el corazón sin necesidad de señales.