La Resurección De Lázaro No Fue El Verdadero Milagro

Evangelio del V Domingo de Cuaresma. El Evangelista dice que muchos creyeron en Jesús al ver a Lázaro salir de la tumba. Pero la fe que nace de un milagro dura lo que dura el asombro. Hay un prodigio mayor, más silencioso y más transformador, que ocurre cuando el amor de Dios irrumpe en el corazón sin necesidad de señales.

Resurección de Lázaro
Resurección de Lázaro | Ramón Fandos

El Evangelio cuenta que, cuando Jesús resucitó a Lázaro, muchos judíos “al ver lo que había hecho, creyeron en él”.

Es comprensible: un muerto que sale de la tumba impresiona a cualquiera. Pero también es verdad que ese tipo de fe —la que nace del impacto— dura lo que dura el asombro. Se enciende rápido… y ante la primera contrariedad puede apagarse sin dejar rastro.

Si nos quedamos solo en el prodigio, corremos el riesgo de dejar de buscar el verdadero tesoro.

Porque el mayor milagro no es ver a un cadáver levantarse. El mayor milagro ocurre cuando una persona descubre el amor de Dios en su corazón sin señales, sin fuegos artificiales, sin prodigios espectaculares.

Durante muchos años yo mismo envidié a quienes caminaron con Jesús. Pensaba: “Qué suerte tuvieron… escucharlo, tocarlo, verlo hacer milagros.” Y es que, sin darme cuenta, buscaba un Dios que actuara según mis planes, que me concediera lo que yo pedía. Pero esta "fe" es muy frágil y acabó rompiéndose.

Y estuvo rota hasta que un buen día me di cuenta de que, en realidad, Lázaro era yo.

Yo era el que estaba dentro de la tumba. Yo era el que estaba paralizado por el miedo, sin fuerzas para cambiar, sin fe para creer en ningún Dios, sin capacidad para cumplir nada ni demostrar nada. Estaba completamente perdido.

Mi tumba no tenía losas ni cadenas visibles. Estaba hecha de impotencia, de cansancio acumulado, de intentos fallidos, de exigencias y moralismos que me ahogaban, de orgullo herido, de expectativas que nunca lograba cumplir. Y por más que me esforzara, no podía salir.

Fue ahí, en ese sepulcro, en esa situación de abandono e impotencia, cuando escuché su voz. “Ramón, sal fuera.”

Una voz no que me exigía nada: No me pedía méritos, ni explicaciones, ni que cambiara. La voz de alguien que me amaba sin condiciones.

Y así, sin señales, sin prodigios, sin nada extraordinario…volví a vivir.

Quizás aquella gente necesitó tocar a Jesús para creer. Quizás necesitó ver a Lázaro salir de la tumba.

A mí —y a tantos como yo— nos basta su gracia.

Su gracia, nada más.

Su gracia, nada menos.

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