La Palabra y Las Palabras
La palabra puede sanar o herir. Es un don que recibimos de Dios. Usarla bien es una forma concreta de amar.
Hay algo profundamente entrañable en la palabra "Palabra" para nosotros los cristianos. “En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.” (Jn 1,1).
Si es cierto que las palabras salen del corazón (“De la abundancia del corazón habla la boca”), cada vez que decimos algo revelamos quién somos pero también revelamos quién no somos. La palabra puede construir o romper. No hace falta ser un erudito para saber cuáles hacen una cosa o la otra.
Las palabras destructivas pueden ser muy sutiles, casi irreconocibles. No requieren que quien las pronuncia lo haga gritando o enfadado. Basta decirlas susurrando o con un tono disfrazado de sinceridad. “Yo solo digo la verdad” o “es por tu bien”. Da igual la forma que adopten o cómo se digan: estas palabras siempre producen el mismo resultado: división, discordia, tristeza.
Son palabras que nacen del miedo, del orgullo, de la necesidad de tener razón o del deseo de ganar o de ser el mejor. Estas palabras hieren porque quien las pronuncia está herido también. Y lo más grave es que muchas veces se dicen sin querer, sin darse cuenta. No hace falta ser “malo” para pronunciarlas. Basta con estar cansado, tenso, inseguro, asustado… Salen solas al menor descuido.
Jesús conocía muy bien este mecanismo: “No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de ella.” Necesitamos darnos cuenta de la importancia de vigilar nuestro corazón, de estar atentos a lo que sentimos, para que nuestra boca sepa callarse cuando el corazón no rebosa bondad ni mansedumbre.
La palabra que construye puede ser más o menos adecuada, más o menos precisa. Esto no es lo que la define. Su característica diferenciadora viene dada por el lugar de donde sale: un corazón limpio. Esta palabra no impone, no exige y no humilla. Esta palabra acompaña, invita, valora...
Así hablaba Jesús. Sus palabras salían de un amor tan grande que, incluso cuando corregía, nunca nadie se sintió excluido o juzgado.
"Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen". Ef 4,29.