El Perfume de María y el Don de la Oración Continua
Un perfume que despierta en el corazón el deseo más hondo del creyente: Vivir en la presencia de Dios, respirar su nombre en silencio y dejar que la oración se vuelva un aroma que acompaña, sostiene y transforma toda la vida, incluso en las noches más oscuras
Cuando se habla de rezar, casi siempre se piensa en recitar oraciones vocales, cumplir un precepto o pedir algo. Es un esfuerzo, una tarea más en medio del día. Pero la oración íntima, la que ocurre dentro, en el corazón, es otra cosa. Es un modo de estar, no de hacer. Los monjes lo saben porque lo viven; su modo de vida les permite dedicarse a esa profundidad que pocos conocen.
María, arrodillada ante Jesús, derramando un perfume carísimo y secándolo con sus cabellos, es la imagen perfecta de esa oración. Una oración que no repara en gastos y que se entrega sin condiciones. Y en esa entrega se revela el valor inmenso de la fe, un valor que no descubrimos hasta que lo vivimos.
El perfume de María es caro, muy caro. Y ella lo derrama sin dudar. Ese gesto ilumina algo esencial: el precio de la oración del corazón no es un frasco de nardo, sino nuestro tiempo. Ese tiempo que llenamos de tareas, de productividad, de urgencias. Ese tiempo que nos cuesta “perder” porque nos han enseñado que el tiempo es oro.
Pero ¡qué poco vale el tiempo como moneda para adquirir algo tan grande!. ¡Qué pequeño precio para tantos beneficios!
Hace muchos años leí "El Peregrino Ruso", y ese libro abrió una puerta que ya no se cerró. Hablaba de la oración continua, de la posibilidad real de orar sin interrupción, desde el corazón, en medio del ruido y del ajetreo. Aquella idea me fascinó tanto que mi vida empezó a moverse hacia ella, a buscarla, casi sin darme cuenta.
Y entonces ocurrió lo que solo Dios sabe hacer: por "casualidad" me llevó a un monasterio de clausura. Allí, un monje, el Padre Salvador, al que sigo queriendo como a mi padre, rezaba con un rosario de lana, igual que el peregrino ruso. No dudó en dármelo en cuanto supo de mi búsqueda y con él me aprendí todo sobre esa oración que no se dice, sino que se respira.
¿Qué decir después de casi cuarenta años? Que esa oración me ha acompañado en lo bueno y en lo malo, en lo muy bueno y en lo muy malo. En los momentos de frío gélido, cuando el sufrimiento y la soledad parecían apagarlo todo, esa oración se encendía como un fuego que me devolvía a la vida. En la angustia, me aliviaba. En la alegría, seguía ahí, derramando su suavidad sobre mi y a mi alrededor... Y ahí sigue, inextingible, un frasco de perfume que nunca se agota...