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La idea de inclusión que hoy en día suena tanto, nació hace mucho tiempo, tanto como años tiene el Antiguo Testamento. Nos lo recuerda Jesús en el evangelio: «¿No está escrito en vuestra Ley: “Dioses sois”?»
Todos, sin excepción, somos hijos de Dios y compartimos la misma dignidad, la cual no depende de ningún mérito, ni de ningún estatus social, ni de ser hombre o mujer, ni...
Hoy en día se están haciendo grandes esfuerzos en la sociedad para que todos los seres humanos tengan los mismos derechos. No es fácil y hay todavía un largo camino por delante, pero el objetivo es claro: establecer la tolerancia cero frente a la exclusión.
No hay que olvidar que la dignidad no se concede, sino que se reconoce. No es susceptible de regularse a medias o aplicarse solo en algunos casos. Es un concepto total: o se respeta o no se respeta.
La inclusión es simplemente una consecuencia lógica de ese reconocimiento, de ese respeto. Y también debe ser total: o se incluye o se excluye. Basta que se excluya solo en una pequeña parte de los casos para que deje de ser inclusión.
Si el mundo civil se esfuerza por reconocer estos derechos, surge la pregunta inevitable: ¿no deberíamos nosotros, desde la Iglesia, liderar con el ejemplo esa inclusión que anunciamos?
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