Judas No Fue El Traidor Que Siempre Hemos Pensado
Siempre se ha asociado la figura de Judas a la traición. Pero el Evangelio nos ofrece claves que matizan, e incluso desmienten, esa lectura que nos parece tan evidente.
Judas amaba a Jesús, ni más ni menos que cualquier otro discípulo, pero estaba fuertemente influenciado por su ideología y no aprobaba su manera de hacer las cosas. No lo entregó para destruirlo, y menos todavía por treinta monedas de plata, una suma irrisoria en aquel tiempo. Lo entregó para forzarlo a actuar.
El relato de la última cena ofrece pistas decisivas. Jesús anuncia que uno de ellos lo va a entregar. Lo anuncia, pero no lo expone delante de todos ni lo humilla. Además le da pan. En aquel tiempo, dar un bocado de pan untado era un acto sublime de amistad, de profundo aprecio. Jesús le hace saber que conoce su intención y, aun así, sigue amándolo.
El evangelista añade que “entró en él Satanás”. Es el símbolo de una tentación muy antigua: esperar un Mesías político, fuerte, capaz de desencadenar una revolución que liberara al pueblo del yugo romano. Judas está convencido de que, si pone a Jesús contra las cuerdas, este recurrirá por fin a sus “superpoderes” divinos y aniquilará a los opresores.
Cuando Jesús le dice: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto”, no se lo dice como reproche. Sabe que hay cosas que cada uno debe descubrir por sí mismo, y respeta su libertad por encima de todo, como hace con nosotros. Judas entonces se marcha y Juan añade: “Era de noche”. No se refiere de la hora, sino da su alma. Es la noche de quien está encerrado en sus ideas, la oscuridad del que ya no escucha a nadie.
Quizá el drama de Judas sea también el nuestro: querer un Mesías que haga lo que nosotros esperamos y deseamos. A veces incluso intentamos empujarlo un poco con oraciones, promesas, ayunos, peregrinaciones... Y nadie nos llama traidores por eso.