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La blasfemia del Poder: Cuando el miedo se disfraza de divinidad.

La violencia, sea de la naturaleza que sea, no es poder. Es el síntoma de la pobreza y de la limitación más absolutas. Es la reacción de quien se sabe pequeño y quiere aparentar grandeza. Es el grito de quien teme desaparecer, no ser nadie.

"Quien se ensalce..."
"Quien se ensalce..." | Ramón Fandos

Cuando Jesús dice «el Padre que permanece en mí, él mismo hace las obras», está revelando algo radical: Jesús es la obra misma del Padre. Es decir, todo su ser, toda su acción, toda su palabra es la transparencia absoluta del Padre.

Por eso, mirar a Jesús es ver al Padre. No porque Jesús tenga un poder divino oculto, sino porque en él el Padre se hace visible, tangible, humano. Jesús es la acción del Padre en el mundo. Y esa acción tiene un estilo, un contenido, una dirección.

Existe una confusión radical entre dos tipos de poder: el poder de fuerza que ejerce el ser humano –matando, insultando, desconfiando, excluyendo, humillando, manipulando, condenando, vengándose– y el poder de Dios. El primero en realidad no es poder. Es la máxima expresión de debilidad.

¿Por qué el ser humano es ambicioso, soberbio, egoísta, vanidoso? ¿Por qué acumula, menosprecia, retiene y aparenta? ¿Por qué recurre a la violencia, a la imposición, a la venganza, a la desconfianza, a la traición? Porque es finito. Porque tiene miedo a desaparecer. Porque al verse limitado, frágil, mortal, intenta derribar esas barreras con la fuerza. Acumula para reforzar su ego. Menosprecia para sentir que es grande. Retiene para sentirse seguro. Aparenta para no mostrar su debilidad. Mata para que no le maten. Domina para no ser dominado. Descalifica para sentirse superior. Desconfía para protegerse. Se venga para restaurar su ego herido. Es como si, enfadándose, despreciando, vengándose, dañando,... pudiera ser dueño de un poder que vaya más allá de su condición mortal. Pero es una ilusión.

La violencia, sea de la naturaleza que sea (física, verbal, psicológica, social), no es poder. Es el síntoma de la pobreza, de la limitación. Es la reacción de quien se sabe pequeño y quiere aparentar grandeza. Es el grito de quien teme desaparecer. Y basta con llamar al hermano "imbécil", mirar con mala intención, acumular riqueza sin compartir, desconfiar de la Providencia, o juzgar al otro sin piedad.

Dios no actúa con violencia porque la violencia es incompatible con su naturaleza de amor infinito. La violencia no está en su catálogo de posibilidades porque su poder es de otra naturaleza: crear, curar, liberar, resucitar.

Dios no puede matar porque Él es la vida. No puede insultar porque Él es la palabra que crea. No puede desconfiar porque Él es la fidelidad absoluta. No puede vengarse porque Él es el perdón. No puede dominar con la fuerza porque Él es el amor que se entrega.

Dios no puede matar porque Él es la vida. No puede insultar porque Él es la palabra que crea. No puede desconfiar porque Él es la fidelidad absoluta. No puede vengarse porque Él es el perdón. No puede dominar con la fuerza porque Él es el amor que se entrega.

Jesús es la prueba de esto. En la cruz, Dios no responde con la fuerza al poder romano. Responde con entrega. Y esa entrega resulta ser más fuerte que la muerte. Ese es el verdadero poder: el que no necesita matar, ni insultar, ni desconfiar, ni vengarse para vencer.

Jesús no vino a convencer con argumentos. Vino a mostrar una vida, un camino. Ahora toca al ser humano hacer las mismas obras. Y aun mayores. Pero no con el poder de la fuerza. Con el poder del amor, con el poder de la ternura. Porque ese es el único poder que viene de Dios.

Por eso, cuando el ser humano es capaz de trascender sus propias limitaciones y amar y entregarse sin reservas, empieza a participar de la misma naturaleza infinita de Dios, igual que Jesús. Esto es la Resurrección: participar de la misma esencia de Dios, no sometida ni limitada a lo finito, que ya no necesita odiar ni atacar porque ya no tiene miedo, porque ha dejado atrás su condición mortal y ha renacido a una existencia nueva.

Ahora le basta con amar y ser amado.

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