¿Y si la salvación no dependiera de nosotros?: Desafiando la religión del miedo y la lógica del castigo.
Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. (Jn 6, 35-40)
Este versículo es la semilla de una revolución teológica. Jesús está anunciando a un Dios que va más allá de los esquemas establecidos y rompe con la lógica de la deuda y del castigo que ha condicionado la fe en la Iglesia durante siglos. ¿Podríamos hablar de una predestinación a la salvación?
“Ésta es la voluntad del que me ha enviado”: la salvación es un hecho, no una posibilidad
La frase comienza con una afirmación contundente: “Ésta es la voluntad”. Dice "voluntad", y la voluntad de un Dios omnipotente no es un deseo incierto ni una sugerencia que pueda frustrarse. En Dios, querer y realizar son la misma cosa. Lo que Él quiere, acontece. No hay distancia entre su intención y la realidad última.
Esto significaría que la salvación no depende de la respuesta humana, sino de la decisión de Dios. Y esa decisión no es que algunos se salven y otros no, sino que “todos están ya salvados”. No es un proyecto futuro, sino una estructura profunda de la existencia. La salvación deja de ser una promesa condicionada y se convierte en el punto de partida.
Entonces podríamos hablar, sin miedo, de una "predestinación a la salvación": estamos salvados desde antes de nacer, sin importar si somos pecadores o si decidimos apartarnos de Dios. Sé que esta afirmación puede sonar extraña o provocadora, pero conviene detenerse antes de rechazarla. Porque, llevada a la vida cotidiana, actúa como una medicina interior: cura la culpa, deshace los miedos, desactiva la angustia moral y abre el alma a un encuentro místico con Dios. Yo soy testigo de ello.
“Que no pierda nada de lo que me dio”: la abolición de la Ley
Hemos oído infinidad de veces que Jesús vino a abolir la Ley. Pero ¿nos hemos preguntado alguna vez qué significa esto si lo llevamos a sus últimas consecuencias?
Si seguimos el razonamiento hasta el final, descubrimos algo decisivo: todo juicio y todo pecado existen porque hay una Ley que los señala. Y todos los seres humanos compartimos el mismo drama: no podemos cumplir la Ley en su totalidad.
Entonces, la solución de Jesús para que nadie se pierda parece casi una sonrisa divina dirigida al ser humano: si perderse tiene que ver con no cumplir la Ley, la solución es abolir la Ley. Sin Ley ya no hay culpa, ni miedo, angustia. Todos estamos salvados. Misión cumplida. Me refiero a la Ley religiosa, evidentemente.
“Sino que lo resucite en el último día”: la Resurrección aquí y ahora
Resucitar no es solo algo escatológico; también es un acto de la conciencia: despertar a una verdad que siempre estuvo ahí y que nunca pudimos —o nunca nos atrevimos— a ver. La abolición de la Ley nos da las alas que nos permiten volar por nuestra cuenta, sin miedo, impulsados por el soplo del Espíritu, y morir al hombre viejo para empezar a dar los frutos propios del hombre nuevo, de la nueva creación en Cristo.
Y todo esto sucede “en el último día”, que es el día en que dejamos de vivir como esclavos de la Ley para comenzar a vivir con la conciencia plena de ser verdaderos hijos de Dios.
La valentía de creer
Creo que debemos tener la valentía de vivir nuestra fe sin las limitaciones doctrinales que empobrecen nuestra experiencia del amor de Dios. Clasificar la acción de Dios entre lo que es doctrinalmente correcto y lo que no lo es, nos roba algo que deberíamos defender a capa y espada: el encuentro con el Dios real, el que llega hasta las últimas consecuencias sin poner ninguna condición.
Esto es vivir muy de cerca la vida eterna.
Dios no puede no amar, porque no puede dejar de ser Dios.
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