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Clericalismo laical: Manipulación de conciencias sin límites

Cuando hablamos de clericalismo, pensamos siempre en obispos, sacerdotes, etc... Sin embargo, existe una forma de clericalismo más sutil y dañina ejercida por laicos. En mis más de 20 años en las Comunidades Neocatecumenales, a las que entré con solo 17 años, presencié cómo el carisma original se transformaba en una estructura de dominio absoluto.

El Santo Tribunal Laico
El Santo Tribunal Laico | Ramón Fandos

Lo que expongo en este artículo ocurrió tal como lo relato. Me llevó años entender y sanar el impacto psicológico que esta “teología” produjo en mi. Mi intención no es acusar ni exigir nada, sobre todo porque nunca hubo mala voluntad. Lo comparto porque estas prácticas existen y es importante sacarlas a la luz.

También sé que muchas personas viven estos procesos sin percibir nada problemático, y me alegra que así sea. Busco aportar claridad, no señalar culpables. Contarlo permite que otros puedan reconocer lo que sienten y que este movimiento creado por Kiko Argüello revise prácticas que afectan a la conciencia y a la libertad interior de muchas personas.

El "sistema" neocatecumenal se organiza en pequeñas comunidades dirigidas por un "Equipo de Catequistas". Aunque son laicos, dentro del movimiento actúan bajo una "jerarquía de espíritu", ya que se les considera poseedores de un "carisma de discernimiento" muy superior al del resto de los "hermanos". Se les atribuye una autoridad conferida por el Espíritu Santo para interpretar cuál es la voluntad de Dios, que les "capacita" para juzgar y decidir sobre la vida privada de los demás.

Los Segundos Escrutinios: La manipulación en su estado puro.

El punto crítico de este sistema ocurre en los "Segundos Escrutinios, una especie del "tribunal de conciencia".

Según el Derecho Canónico, la intimidad y la conciencia de cada fiel son sagradas. Sin embargo, en estos escrutinios los catequistas interrogan al catecúmeno delante de toda la comunidad sobre asuntos extremadamente íntimos —sexualidad, finanzas, relaciones de pareja o problemas familiares— y luego le corrigen o le amonestan con la "autoridad que les confiere el Espíritu Santo", que garantiza que lo que dicen en esos momentos es exactamente "la voluntad de Dios sobre su vida". En sus propias palabras: "el Espíritu Santo habla a través de ellos". Por tanto, el catecúmeno debe obedecer o vivirá como pecador fuera de la voluntad de Dios. Y, por supuesto, todo lo que se dice y se escucha allí es secreto de confesión, bajo amenaza de pecado grave si se incumple.

La catequista, claramente indignada, y actuando bajo la influencia de un supuesto “celo por el Evangelio”, les dijo que si se cerraban a tener hijos “sus manos quedarían manchadas de sangre”.

Una de las cosas que más me impactaron fue una sentencia dirigida a un matrimonio que acababa de explicar que querían tomarse un tiempo sin tener más hijos porque el médico les había advertido seriamente que la vida de la madre correría grave peligro si volvía a quedarse embarazada. La catequista, claramente indignada, y actuando bajo la influencia de un supuesto “celo por el Evangelio”, les dijo que si se cerraban a tener hijos “sus manos quedarían manchadas de sangre”. Como si el simple hecho de no querer que nacieran todos los hijos que “Dios quería y tenía dispuesto” fuera una especie de asesinato anticipado. Y daba igual incluso que la madre pudiera morir en el parto.

Si alguien duda o se resiste a una "orden", se le acusa de tener un “corazón de piedra” o de estar “cerrado a la voluntad de Dios”. Y día tras día va recibiendo una presión tan negativa —tanto de la comunidad como de los catequistas— que acaba obedeciendo por miedo o, si decide marcharse, lo hace con serios remordimientos de conciencia y con traumas difíciles de sanar después.

Se exige una "obediencia a los catequistas como a Cristo". Esto anula la libertad individual, obligando a las personas a tomar decisiones vitales (dejar un trabajo, tener más hijos, vender propiedades) bajo presión psicológica.

Hay muchas formas de abuso dentro de nuestra querida Iglesia Católica, no solo las más graves que aparecen en los medios. La Iglesia tiene una responsabilidad enorme porque trabaja en el ámbito más delicado del ser humano: la conciencia. Y en ese terreno, el abuso moral y psicológico es especialmente difícil de detectar y de medir.

A ello se suma que siempre aparece el inconsciente de turno que minimiza lo ocurrido: “no es para tanto”, “si estabas ahí es porque querías”, “eras libre”, “podías haberte ido”. Con el tiempo, escuchando esas frases una y otra vez, uno acaba creyendo que el culpable es uno mismo por no haber sabido evitar la manipulación a la que fue sometido. Y mientras tanto, el verdadero autor del daño queda excusado y libre para seguir actuando.

No podemos seguir permitiendo que el mensaje de Jesús —que sana y da vida— sea utilizado por iluminados que se creen con una categoría especial para decidir sobre la vida de los demás, da igual que lo haga un laico, un sacerdote, un obispo o un papa.

Somos muchos los católicos comprometidos que vemos hasta qué punto la Iglesia necesita un cambio serio. No podemos seguir permitiendo que el mensaje de Jesús —que sana y da vida— sea utilizado por iluminados que se creen con una categoría especial para decidir sobre la vida de los demás, da igual que lo haga un laico, un sacerdote, un obispo o un papa.

Artículo relacionado: Catequesis y manipulación psicológica

“Hay que promover ese elefante dormido que son la mayoría de los cristianos, curando así el excesivo clericalismo, patología nefasta para la salud de la Iglesia”. Jesús Espeja

fandosrj@gmail.com

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