Matrimonios Monásticos y la figura de la mujer, el “tabú” que la Iglesia aún no ha resuelto

Matrimonios monásticos, mujeres sacerdotes, sacerdotes casados… A primera vista parecen debates distintos, pero todos tienen un hilo común: "la presencia de la mujer compartiendo espacios que durante siglos fueron exclusivamente masculinos". Y ahí, aunque no queramos, salen a la luz restos de una mentalidad antigua que creíamos superada, pero que sigue escondida en rincones profundos de nuestra cultura religiosa.

¿Somos todos hijos de Dios o hay unos que los son más que otras?
¿Somos todos hijos de Dios o hay unos que los son más que otras? | Ramon Fandos

Hoy en día estamos muy sensibilizados ante la discriminación por razón de sexo. Sin embargo, como enseñan los sociólogos, las estructuras culturales no desaparecen de un día para otro. Quedan "retazos", restos camuflados que no vemos, pero que siguen actuando. Y en la Iglesia, esos restos se mezclan con argumentos espirituales que, sin mala intención, acaban justificando miedos que no vienen del Evangelio.

Hace poco le hablé a un sacerdote de la posibilidad de que las mujeres fueran sacerdotes, a lo cual me respondió medio en broma, que no seria adecuado, entre otras cosas, porque "las mujeres no saben guardar secretos y les resultaria muy dificil mantener el secreto de confesion" Me quedé helado. Y entonces pensé en tantas mujeres que cada día custodian confidencias tan delicadas como las que las que podrían escuchar en un confesionario: médicas, psicólogas, terapeutas, abogadas, juezas, fiscales, policías, guardias civiles, enfermeras, asistentes sociales, directivas, empresarias, investigadoras, diplomáticas, científicas, profesoras, religiosas, madres… Todas ellas realizan su trabajo con una responsabilidad impecable.

Y aquí hay un detalle que no podemos dejar de notar: Hoy, en 2026, las mujeres pueden ser lo que quieran, menos sacerdotes.

Y aquí hay un detalle que no podemos dejar de notar: Hoy, en 2026, las mujeres pueden ser lo que quieran menos sacerdotes. Creo que ha llegado el momento de decir ¡BASTA!. Ha llegado el momento de actuar, de hacer valer nuestra voz como la parte más importante en la Iglesia: somos el pueblo de Dios, y sin el pueblo, no tendría sentido mantener ni la jerarquía, ni las sedes episcopales, ni las estructuras administrativas, ni los templos...

Entonces, ¿qué está ocurriendo? ¿Por qué seguimos aceptando una estructura que funciona como si fuera absoluta, intocable, impermeable a la realidad? ¿Por qué seguimos permitiendo que decisiones que afectan a millones de personas se tomen desde arriba, sin escuchar a aquellos a quienes afectan, sin escuchar a las comunidades, sin escuchar al Espíritu cuando sopla donde quiere y no donde quieren ellos?

El episodio de la mujer adúltera del evangelio es una imagen perfecta de lo que ocurre en realidad. Los fariseos no la condenan por lo que ella había hecho, sino por lo que "ellos habían imaginado". El “pecado” estaba en la mente de los fariseos y en el corazón del hombre que la utilizó. Por eso se dispersan y se van cuando Jesús pronuncia su frase definitiva: “El que esté sin pecado…”.

La ley del amor vs la ley de la hipocresía
La ley del amor vs la ley de la hipocresía | Ramon Fandos

Ese mecanismo —proyectar sobre la mujer el peligro, la tentación, la impureza, la indiscreción— sigue vivo, aunque disfrazado. Quienes pertenecemos a generaciones más antiguas fuimos testigos de una asociación entre mujer y riesgo moral, heredada de una interpretación enfermiza del sexto mandamiento.

A raíz de nuestra propuesta de "Matrimonios Monásticos", hemos recibido mucho apoyo, pero también críticas que revelan este trasfondo. Hay quien se escandaliza ante la posibilidad de que una mujer pueda estar "dentro de la clausura con monjes", o "acompañar a un sacerdote por ser su esposa", o "compartir espacios de oración con religiosos", o incluso "ser ordenada sacerdote". Esto no es teología, ni doctrina, ni tradición, ni Evangelio: es una herencia psicológica y cultural que se disfraza de argumento espiritual.

Durante siglos, muchos cristianos crecimos con una visión deformada de la moral sexual, una especie de “suciedad interior” que nos hacía sentir permanentemente culpables, indignos, y merecedores del infierno. Esa carga no venía de Cristo, sino de interpretaciones rígidas, obsesivas, enfermizas, que nada tienen que ver con la libertad de los hijos de Dios. Y hay quienes, sin mala intención quizás, todavía no han podido librarse de esta obsesión.

Si nos atrevemos a mirar con los ojos del amor y la misericordia, que deberían ser los frutos naturales de nuestra fe, nos daremos cuenta de que las nuevas propuestas no son amenazas, sino oportunidades. Oportunidades reales, concretas, necesarias y URGENTES:

- Oportunidades para revitalizar una Iglesia sin vocaciones, donde muchos monasterios languidecen y necesitan presencia, vida y apoyo.

- Oportunidades para aliviar a sacerdotes agotados, que deben multiplicarse para atender demasiadas parroquias a la vez.

- Oportunidades para mejorar el servicio a los fieles, que en muchas poblaciones solo pueden celebrar la Eucaristía una vez a la semana, o incluso menos.

- Oportunidades para que la Iglesia recupere la frescura del Evangelio, donde hombres y mujeres caminaban juntos, sin miedo, sin sospechas, sin barreras artificiales.

Abrir la mente a lo nuevo es un "acto de responsabilidad pastoral". No tenemos derecho a seguir estancados, porque mientras lo hacemos privamos al pueblo de Dios de bienes espirituales que necesita y merece.

Abrir la mente a lo nuevo es un "acto de responsabilidad pastoral". No tenemos derecho a seguir estancados, porque mientras lo hacemos privamos al pueblo de Dios de bienes espirituales que necesita y merece.

En una época en la que la sociedad ha ampliado el concepto de pareja, familia y roles de género, ¿qué sentido tiene seguir fijándonos obsesivamente en la mujer como si fuera un problema? Jesús nunca tuvo miedo de la mujer. Nunca la apartó. Nunca la consideró un peligro.

Quizá ha llegado el momento de preguntarnos con sinceridad:

¿Por qué seguimos temiendo y excluyendo aquello que Cristo ni temió ni excluyó?

¿Somos todos y todas hijos e hijas de Dios o hay "unos" que los son más que "otras"?

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