Nabucodonosor: Cuando el poder olvida su humanidad

Nabucodonosor llegó a creer que su poder lo colocaba por encima de todo y de todos, incluso por encima de Dios. Esa ilusión de grandeza fue un proceso psicológico que terminó aislándolo de la realidad y de sí mismo. Su caída comenzó cuando ya no pudo sostener la mentira de su propia grandeza: su conciencia se volvió contra él y la fachada que había construido se derrumbó.

La soberbia del poder
La soberbia del poder | Ramon Fandos

Gobernaba un imperio inmenso y, con el tiempo, la soberbia lo fue cegando. Dejó de ver la realidad y construyó una realidad paralela, en la que solo él poseía la verdad y los demás dejaban de ser personas para convertirse en simples piezas a su servicio. 

Sentía una necesidad apremiante de ser adorado y de que todos se sometieran a su poder. Por eso mandó levantar una estatua gigantesca: tan desmesurada como pequeño era él por dentro. Necesitaba un signo exagerado porque había llegado a creer que su identidad dependía de que todos lo reconocieran.

Pero la realidad era más fuerte que sus ilusiones de grandeza, y su fragilidad se le colaba incluso en los sueños. La estatua con pies de barro se convirtió en la imagen de su propia vida: imponente por fuera, quebradiza por dentro. Su poder parecía sólido, pero estaba apoyado sobre el débil barro del ego.

La caída de Nabucodonosor se precipitó cuando le robó la gloria a Dios por la construcción y el esplendor de Babilonia y se la atribuyó a sí mismo. En ese instante perdió el juicio y quedó apartado de toda relación humana. El texto bíblico lo expresa diciendo que “vivió como un animal”. Su degradación exterior no fue más que el reflejo de lo que ya había ocurrido por dentro: un corazón cegado por el poder e incapaz de reconocer al otro.

Lo que hace distinta esta historia es que no terminó en destrucción, sino en una posibilidad de redención. Nabucodonosor recuperó la razón cuando dejó de mirarse a sí mismo y reconoció que no era Dios. Ese reconocimiento abrió un espacio interior donde la luz pudo volver a entrar. Solo entonces recuperó su dignidad como persona y fue restaurado en el trono.

Esta es una historia triste con final feliz, puede ser. Pero ¿qué ocurre con tantas historias como esta que se repiten hoy en día? ¿Qué pasa con quienes sufren las consecuencias del poder cuando se convierte en tiranía? ¿Qué hacemos con el dolor de los inocentes?

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