No basta con cultivar la interioridad; hay que dejarse afectar por el sufrimiento de las víctimas.
Hacia una espiritualidad liberadora: un cambio de paradigma para el siglo XXI
No basta con cultivar la interioridad; hay que dejarse afectar por el sufrimiento de las víctimas.
Vivimos tiempos paradójicos. Nunca se habla tanto de espiritualidad y, sin embargo, pocas veces ha estado tan desfigurada.
Convertida unas veces en producto de consumo, otras en terapia individual o en refugio intimista frente a un mundo convulso, la espiritualidad parece haber perdido su verdadera capacidad crítica y transformadora.
Precisamente contra esa deriva escribe Juan José Tamayo en su libro: Hacia una espiritualidad liberadora, probablemente una de las aportaciones más originales de los últimos años.
No se trata simplemente de un libro sobre espiritualidad. Tamayo quiere cambiar el paradigma desde el que pensamos la espiritualidad misma. Y lo hace cuestionando dos presupuestos profundamente arraigados: que la espiritualidad pertenezca exclusivamente a las religiones y que consista fundamentalmente en una experiencia privada de interioridad.
La primera gran novedad del libro radica en afirmar que la espiritualidad es una dimensión constitutiva del ser humano, tan esencial como la racionalidad, la corporeidad, la sociabilidad o la afectividad. No es un añadido para personas religiosas ni un lujo reservado a quienes buscan experiencias místicas. Todo ser humano vive desde convicciones profundas, busca sentido, se pregunta por el sufrimiento, cultiva ideales y orienta su existencia hacia determinados valores. Esa profundidad constituye precisamente la dimensión espiritual.
Este planteamiento tiene consecuencias de enorme alcance. Si la espiritualidad pertenece a la condición humana, excluirla del horizonte antropológico y científico supone aceptar una visión reduccionista del ser humano.
Tamayo ayuda a ver cómo la exclusión de la espiritualidad de la cultura forma parte del programa reduccionista característico de alguno de los grandes paradigmas dominantes de la modernidad occidental: el economicismo, el tecnocratismo, el cientificismo y el utilitarismo, entre otros. También la relación que esta exclusión de la espiritualidad guarda con estructuras culturales profundamente arraigadas en la modernidad como el patriarcado, el colonialismo, el eurocentrismo o el capitalismo global, que han privilegiado formas únicas de conocimiento, de racionalidad y de organización social, despreciando otras experiencias humanas consideradas "inferiores": las culturas indígenas, los saberes populares, las espiritualidades no occidentales, la experiencia femenina o las cosmovisiones comunitarias.
En este sentido, la recuperación de la espiritualidad no constituye una evasión de la realidad, sino una crítica radical a un modelo de civilización que ha reducido al ser humano a productor, consumidor o individuo competitivo. La espiritualidad aparece así como una dimensión profundamente emancipadora.
Tamayo tampoco acepta otro extremo, muy presente en determinados ambientes religiosos y también en las nuevas espiritualidades: una espiritualidad encerrada en la intimidad, reducida al bienestar psicológico o al crecimiento personal. Frente a esa tendencia, recupera la mejor tradición de la teología de la liberación y de autores como Ignacio Ellacuría o Jon Sobrino: la auténtica espiritualidad exige hacerse cargo de la realidad, cargar con ella e implicarse en su transformación.
No basta con cultivar la interioridad; hay que dejarse afectar por el sufrimiento de las víctimas.
La contemplación y el compromiso, la oración y la justicia, la experiencia interior y la acción política no son caminos paralelos, sino dimensiones inseparables de una misma experiencia espiritual. Por eso la espiritualidad liberadora no puede ser neutral. Se sitúa del lado de quienes sufren las consecuencias del patriarcado, del racismo, del colonialismo, del capitalismo depredador, de la destrucción ecológica o de las múltiples formas de exclusión.
Uno de los aspectos más innovadores del libro es la formulación de un verdadero paradigma de la interespiritualidad. Tamayo considera agotado el modelo según el cual cada religión posee su propia espiritualidad cerrada sobre sí misma. Frente a las guerras culturales, los exclusivismos religiosos y los fundamentalismos, propone el paso del monopolio espiritual al diálogo de espiritualidades.
No habla únicamente de diálogo interreligioso. Va más allá. Habla de interespiritualidad, es decir, del encuentro entre las grandes tradiciones religiosas, las espiritualidades laicas, las sabidurías indígenas, las corrientes humanistas y las búsquedas de sentido propias de creyentes y no creyentes. En una sociedad plural, la diversidad espiritual deja de ser un problema para convertirse en una riqueza.
Resulta especialmente significativa la incorporación de la experiencia de las personas no creyentes. El diálogo con José Saramago ocupa un lugar destacado porque demuestra que la espiritualidad no desaparece con la pérdida de la fe religiosa. La compasión, la defensa de la dignidad humana, la lucha contra el sufrimiento o la búsqueda del sentido pueden compartirse desde convicciones religiosas o desde el humanismo laico. La espiritualidad deja así de ser patrimonio exclusivo de las Iglesias para convertirse en patrimonio de la humanidad.
Quizá el aspecto más sugerente del libro sea que Tamayo no se conforma con una espiritualidad puramente ética. Durante décadas buena parte del cristianismo progresista reaccionó frente al espiritualismo refugiándose casi exclusivamente en el compromiso social. Aquella reacción era necesaria, pero corría el riesgo de empobrecer la propia experiencia espiritual.
Tamayo intenta superar esa dicotomía. Su propuesta no renuncia al compromiso político, pero tampoco a la profundidad contemplativa. Recupera la tradición mística de las grandes religiones como lugar privilegiado de encuentro entre culturas y confesiones. Dialoga con Raimon Panikkar, María Zambrano, Henri Bergson, Wittgenstein, Ernst Bloch, André Comte-Sponville o Karl Rahner para mostrar que la mística no es una experiencia marginal, sino el núcleo más profundo de toda espiritualidad auténtica.
En este punto reside quizá una de las mayores aportaciones del libro. La espiritualidad liberadora necesita una experiencia interior profunda que impida convertir el compromiso social en mero activismo. Pero, al mismo tiempo, la mística auténtica desemboca necesariamente en la compasión, la justicia y la solidaridad. No hay verdadera contemplación que no conduzca a la transformación de la realidad.
Desde la perspectiva cristiana, Tamayo recuerda que el centro de esta espiritualidad es el seguimiento de Jesús. Jesús no aparece únicamente como modelo ético, sino como hombre profundamente espiritual cuya experiencia de Dios lo llevó a situarse junto a las personas excluidas, enfrentarse al poder religioso y político, cuestionar el patriarcado y anunciar un Reino alternativo al orden imperial. La espiritualidad cristiana consiste precisamente en prolongar hoy esa praxis liberadora.
El libro incorpora además dimensiones imprescindibles para una espiritualidad del siglo XXI: el feminismo como crítica del patriarcado religioso y social; la ecología como superación de la lógica del dominio sobre la naturaleza; el antiimperialismo frente a las nuevas formas de colonialismo económico y cultural; la interculturalidad como reconocimiento de la pluralidad de saberes; la inclusión de las identidades marginadas; la defensa de los pueblos originarios; el cuestionamiento del eurocentrismo y la crítica de las monoculturas denunciadas por Boaventura de Sousa Santos.
En definitiva, es una propuesta para reconstruir la dimensión espiritual del ser humano en una época marcada simultáneamente por la crisis ecológica, las desigualdades crecientes, la pluralidad religiosa, la secularización y el desencanto.
Frente a una espiritualidad reducida al bienestar individual o a una ética sin profundidad contemplativa, Tamayo propone una espiritualidad integral: profundamente humana, interreligiosa, laica, feminista, ecológica, decolonial, antiimperialista y liberadora.
Quizá ahí radique la actualidad de este libro. Nos recuerda que la espiritualidad no consiste en escapar del mundo, sino en habitarlo con mayor hondura; no en cerrar los ojos para buscar a Dios, sino en abrirlos para descubrir el sufrimiento, la belleza, el misterio y la dignidad que atraviesan la realidad. Solo una espiritualidad así podrá responder a la crisis de civilización que vivimos y contribuir a gestar una humanidad más justa, compasiva y plenamente humana.
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