Una reflexión sobre la película de Los Javis. Una historia sobre cómo la injusticia termina contaminando incluso a quienes intentan resistirla, y sobre el amor como posibilidad de liberación.
Una reflexión crítica sobre la crisis de la Iglesia ante el clericalismo, el patriarcado y la pérdida de espiritualidad, y una propuesta para avanzar hacia un cristianismo más evangélico, laico, sinodal, inclusivo y comprometido con la liberación.
La muerte de Maricarmen exige responsabilidades a quienes impulsaron, autorizaron y ejecutaron su desahucio. Para el cristianismo, defender a quienes necesitan un hogar frente al rentismo es una exigencia del Evangelio.
El desahucio de una mujer de 87 años obliga a preguntarnos quién decide sobre las casas, quién influye en el debate público y a quién protege la política. La respuesta cristiana empieza por escuchar y proteger a quienes pueden perder su hogar.
Cristianos católicos y evangélicos, musulmanes, budistas y personas procedentes de distintas sensibilidades espirituales se reunieron en la Puerta del Sol de Madrid para reclamar que el diálogo sustituya a las armas, la compasión al odio y la esperanza al miedo.
Vivimos un tiempo marcado por las guerras, el rearme, el terrorismo, los desplazamientos forzosos, los discursos de odio y la normalización de la violencia como instrumento político. A las víctimas de los conflictos armados se suman quienes sufren el racismo, la xenofobia, la violencia machista, la homofobia, la pobreza y las diferentes formas de exclusión.
Ante esta realidad, las religiones están llamadas a colaborar activamente para deslegitimar y abolir la violencia, comenzando por aquella que se ha ejercido o se continúa ejerciendo en nombre de Dios. Por eso necesitan realizar una permanente tarea de conversión, regresar a sus fuentes espirituales y liberar su mensaje de toda alianza con el fanatismo, el racismo y la xenofobia, la aporofobia, el nacionalismo excluyente y la voluntad de poder.
La liturgia no debe entenderse como un desfile militar en el que cada participante deba repetir exactamente un guion estricto bajo la inspección de un sargento atento a descubrir fallos. Es la acción de Cristo y de la Iglesia: memoria pascual, proclamación de la Palabra, acción de gracias, invocación, comunión, silencio, canto, cuerpo, símbolo y compromiso. En ella, una comunidad concreta celebra el misterio que la constituye y se deja transformar por él, sin perder su creatividad y su propia identidad.
Hoy existe un fenómeno que merece una reflexión seria: la utilización del cristianismo como elemento identitario dentro de determinadas estrategias políticas y culturales de sectores de la derecha radical contemporánea. El problema aparece cuando el cristianismo corre el riesgo de convertirse en una trinchera dentro de una batalla cultural previamente definida y las categorías de amigo y enemigo terminan sustituyendo al diálogo, al discernimiento y a la voluntad de comprender al otro.
Determinadas narrativas procedentes de la nueva ultraderecha están penetrando en ambientes y medios de comunicación cristianos y reinterpretando el propio cristianismo desde categorías profundamente ajenas al Evangelio.
No basta con que Occidente reconozca sus errores y construya una modernidad algo más progresista. Necesitamos recuperar una conciencia simbólica, ecosófica y relacional; atravesarla hasta llegar a la Fuente y, finalmente, regresar desde Dios a la historia, y sus víctimas, para transformarla.
Llamar "invasión" a una tragedia humanitaria no solo deshumaniza a las víctimas; traiciona el Evangelio y compromete la responsabilidad de quienes permiten que ese discurso se difunda desde medios vinculados a la Iglesia.
En su último libro, Hacia una espiritualidad liberadora, Juan José Tamayo reivindica una espiritualidad interreligiosa, feminista, ecológica y profundamente mística, abierta a creyentes y no creyentes.
El Pueblo de Dios no necesita únicamente ser escuchado. Necesita ser reconocido como sujeto corresponsable del discernimiento, de las decisiones pastorales y del gobierno de la comunidad eclesial.
Mientras el sujeto efectivo de la Iglesia siga siendo una minoría clerical —aunque esté dividida entre Roma y Ecône— seguirán reproduciéndose conflictos como el actual.
Si todas las personas bautizadas participan del sacerdocio de Cristo, si han recibido el Espíritu, si son corresponsables de la misión, resulta cada vez más difícil justificar la exclusión absoluta de las laicas y laicos de uno de los ministerios más importantes de la comunidad cristiana: la interpretación y actualización pública de la Palabra.
La visita de León XIV deja una sensación ambivalente. Hay palabras valiosas, gestos significativos y una sensibilidad social que merece reconocimiento. También existe la impresión de que el pontificado se queda a mitad de camino. Denuncia los excesos del sistema sin cuestionar sus fundamentos ni promover su transformación. Habla de justicia sin asumir plenamente las transformaciones que esa justicia exigiría dentro de la propia Iglesia y en la organización de nuestras sociedades.
La teología de la liberación recordó que Dios se manifiesta de manera privilegiada en el sufrimiento de los pobres y en la lucha por la justicia. No basta una espiritualidad centrada en experiencias interiores si esta evita confrontarse con las estructuras que producen miseria, exclusión y violencia.
Decir “no a la guerra” en este contexto no significa negar la complejidad de la situación iraní ni cerrar los ojos ante los problemas internos del país. Significa afirmar que ninguna dificultad política, ningún conflicto regional, ninguna disputa ideológica puede justificar la devastación que inevitablemente trae consigo la violencia militar.
El abuso espiritual florece allí donde la conciencia no tiene defensa real frente al poder. Mientras esta cuestión no se afronte con valentía, cualquier análisis que se limite al sentimentalismo religioso será parcial.
No toda espiritualidad no-dual es inocua ni toda apelación a la renovación no teísta del lenguaje religioso resulta compatible con una ética de la justicia, de la liberación y del reconocimiento del otro.