Unidos por la paz: las religiones ante el desafío de abolir la violencia

El próximo domingo 20 de septiembre, a las 18:00 horas, nos reuniremos en la Puerta del Sol de Madrid para celebrar Unidos por la paz.

Vivimos un tiempo marcado por las guerras, el rearme, el terrorismo, los desplazamientos forzosos, los discursos de odio y la normalización de la violencia como instrumento político. A las víctimas de los conflictos armados se suman quienes sufren el racismo, la xenofobia, la violencia machista, la homofobia, la pobreza y las diferentes formas de exclusión.

Ante esta realidad, las religiones están llamadas a colaborar activamente para deslegitimar y abolir la violencia, comenzando por aquella que se ha ejercido o se continúa ejerciendo en nombre de Dios. Por eso necesitan realizar una permanente tarea de conversión, regresar a sus fuentes espirituales y liberar su mensaje de toda alianza con el fanatismo, el racismo y la xenofobia, la aporofobia, el nacionalismo excluyente y la voluntad de poder.

Encuentro Interreligioso por la Paz
Encuentro Interreligioso por la Paz

El próximo domingo 20 de septiembre, a las 18:00 horas, diversas comunidades religiosas, asociaciones y colectivos sociales nos reuniremos en la Puerta del Sol de Madrid para celebrar Unidos por la paz, un encuentro interreligioso y ciudadano frente a las guerras y las múltiples formas de violencia que atraviesan nuestro mundo.

La Asociación Cristianía – Monacato Laico participará en este acto junto con el Colectivo Noviolencia, la Asociación Séneca Falls, Encuentro y Solidaridad, COMECAM, la Sangha de Thich Nhat Hanh, Casa Emaús, En Común, el Círculo de Espiritualidad y Derechos Humanos de Podemos, Iglesia por la Paz, Justicia y Paz, Revuelta de Mujeres en la Iglesia de Madrid y otros colectivos comprometidos con la convivencia y la defensa de la vida.

Quienes acudan pueden llevar una flor para participar en el gesto simbólico que realizaremos. La flor expresa la fragilidad de la vida, pero también su belleza, su capacidad de renacer y la responsabilidad que tenemos de cuidarla. Será un gesto sencillo ante la magnitud de las guerras y las injusticias, pero la paz comienza precisamente cuando las personas abandonan la indiferencia, salen al encuentro de otras y expresan públicamente que la violencia no es inevitable ni tiene la última palabra.

Vivimos un tiempo marcado por las guerras, el rearme, el terrorismo, los desplazamientos forzosos, los discursos de odio y la normalización de la violencia como instrumento político. A las víctimas de los conflictos armados se suman quienes sufren el racismo, la xenofobia, la violencia machista, la homofobia, la pobreza y las diferentes formas de exclusión. La violencia no comienza solamente cuando se dispara un arma. También está presente en unas estructuras económicas que condenan a millones de personas a la precariedad, en las fronteras que abandonan a quienes buscan refugio y en las ideologías que dividen a la humanidad entre vidas que merecen ser protegidas y vidas consideradas prescindibles.

Ante esta realidad, las religiones no pueden limitarse a formular declaraciones genéricas sobre la paz. Están llamadas a colaborar activamente para deslegitimar y abolir la violencia, comenzando por aquella que se ha ejercido o se continúa ejerciendo en nombre de Dios. A lo largo de la historia, las tradiciones religiosas han generado experiencias de compasión, reconciliación y fraternidad, pero también han sido utilizadas para justificar guerras, persecuciones y sistemas de dominación. Por eso necesitan realizar una permanente tarea de conversión, regresar a sus fuentes espirituales y liberar su mensaje de toda alianza con el fanatismo, el nacionalismo excluyente y la voluntad de poder.

Ninguna religión puede presentarse como camino hacia Dios mientras niega la dignidad de una parte de la humanidad. La fidelidad a lo sagrado se verifica en la defensa concreta de la vida.

Thomas Merton: La raíz de la guerra es el miedo
Thomas Merton: La raíz de la guerra es el miedo

Thomas Merton: desarmar la violencia que llevamos dentro

Thomas Merton comprendió que la violencia exterior hunde sus raíces en la división interior del ser humano. El miedo, la necesidad de imponerse, la construcción del enemigo y la incapacidad para reconocer nuestra propia sombra alimentan las guerras y los enfrentamientos colectivos. Por ello, la contemplación no puede convertirse en una huida del mundo. Debe ayudarnos a descubrir y desactivar los mecanismos interiores que reproducen la violencia.

Merton nos invita a comprender la relación existente entre la contemplación y la paz. Cuando penetramos en nuestro interior descubrimos que nuestra identidad más profunda no está aislada ni enfrentada a los demás. La espiritualidad contemplativa rompe la ilusión de la separación y nos permite reconocer al otro, incluso al adversario, como alguien cuya humanidad nunca puede ser anulada.

La noviolencia no era para Merton pasividad o neutralidad ante la injusticia, sino una resistencia orientada a transformar las relaciones humanas, rechazando tanto el mal como el odio hacia quien lo comete. No busca la victoria inmediata sobre el adversario, sino una transformación de las relaciones que permita superar la lógica del enfrentamiento. Su legado sigue inspirando espacios en los que personas procedentes de diferentes religiones y convicciones trabajan juntas por una sociedad más justa y pacífica.

Dorothy Day
Dorothy Day

Dorothy Day: construir la paz desde la hospitalidad

Dorothy Day mostró con su vida que la paz no puede reducirse a una idea abstracta. Se construye acogiendo a quienes han quedado fuera, compartiendo la vida con las personas empobrecidas y resistiendo las estructuras que generan sufrimiento. La espiritualidad que inspiró al movimiento Catholic Worker unió inseparablemente la noviolencia, la hospitalidad, la responsabilidad personal, la vida comunitaria y el compromiso con las víctimas de la injusticia.

Su testimonio recuerda a las iglesias que no puede haber paz verdadera mientras millones de personas carezcan de alimento, vivienda, trabajo digno o protección. Una comunidad religiosa que celebra a Dios, pero permanece indiferente ante el sufrimiento de sus vecinos, contradice en la práctica lo que proclama en sus celebraciones.

Dorothy Day no esperaba que las grandes instituciones comenzaran a transformar el mundo. Creaba pequeñas comunidades de hospitalidad en las que ya podía experimentarse otra manera de vivir. De este modo, mostraba que el camino hacia la paz comienza en la proximidad, en la acogida y en la decisión de no abandonar a quienes sufren.

Martin Luther King
Martin Luther King

Martin Luther King: sin justicia no hay paz

Martin Luther King comprendió que el racismo, la pobreza y la guerra no eran problemas separados. Todos nacían de una misma lógica de dominación. Su propuesta de noviolencia, inspirada en el Evangelio y en Gandhi, no consistía en soportar resignadamente la injusticia, sino en enfrentarse a ella sin reproducir el odio que la sostiene.

La finalidad de la acción noviolenta no es humillar ni destruir al adversario, sino transformar las condiciones injustas y abrir una posibilidad de reconciliación. King sabía que una paz basada en el silencio de las víctimas no es una paz verdadera. La paz necesita justicia, igualdad, derechos sociales y reconocimiento de la dignidad de quienes han sido excluidos.

Su mensaje resulta especialmente necesario en unas sociedades en las que la polarización política convierte con demasiada facilidad al discrepante en enemigo. La noviolencia no elimina el conflicto ni pretende lograr una falsa unanimidad. Enseña a afrontar el conflicto sin negar la humanidad del otro y sin renunciar a denunciar la injusticia.

Gandhi
Gandhi

Gandhi: la fuerza activa de la verdad

Gandhi llamó satyagraha a la firmeza o perseverancia en la verdad. La noviolencia no significaba para él cobardía, debilidad o renuncia a la acción, sino una manera activa de resistir al mal sin destruir a la persona que lo realiza. Su propuesta unía verdad, amor, disciplina interior, desobediencia ante la injusticia y disposición a asumir las consecuencias de la propia resistencia.

La noviolencia gandhiana busca despertar la conciencia, hacer visible la injusticia e interrumpir el círculo en el que cada agresión pretende justificar la siguiente. Requiere una gran fuerza interior porque se niega tanto a someterse a la injusticia como a utilizar los mismos procedimientos violentos que denuncia.

Gandhi también comprendió que ninguna tradición religiosa posee la verdad de forma exclusiva. El encuentro interreligioso no exige borrar las diferencias ni construir una espiritualidad artificial. Consiste en reconocer que todas las religiones pueden aprender unas de otras, corregir sus deformaciones y colaborar en aquello que protege y humaniza la vida. Cuando las religiones compiten por el poder se convierten en parte del problema. Cuando se encuentran para defender a las víctimas, cuidar la Tierra y promover la justicia, pueden constituirse en una poderosa fuerza de paz.

Judith Butler
Judith Butler

Judith Butler: todas las vidas son igualmente valiosas

Judith Butler ha reformulado algunas de estas intuiciones desde la filosofía contemporánea. En La fuerza de la no violencia sostiene que la noviolencia debe ser entendida como una práctica ética y política vinculada a la igualdad. Los seres humanos no somos individuos autosuficientes. Nuestras vidas dependen de otras vidas, de redes de cuidados, de los vínculos comunitarios y de unas condiciones sociales que no hemos creado individualmente.

La violencia niega esa interdependencia y se sostiene mediante una distribución desigual del valor de las vidas. Unas vidas son protegidas, reconocidas y lloradas, mientras otras son presentadas como daños inevitables, amenazas o cifras anónimas. Trabajar por la paz supone rechazar esta desigual valoración y afirmar que todas las vidas poseen la misma dignidad.

Para Butler, la noviolencia no implica negar la indignación ante el sufrimiento. Consiste en convertir esa indignación en resistencia, solidaridad y transformación social. Es una lucha permanente contra las estructuras que deciden qué vidas importan y cuáles pueden ser sacrificadas. Su reflexión aporta un lenguaje que permite conectar las tradiciones espirituales con las luchas actuales por la igualdad, los derechos humanos y el cuidado de las personas vulnerables.

Asociación Cristianía: Monacato laico
Asociación Cristianía: Monacato laico

La participación de la Asociación Cristianía

La participación de la Asociación Cristianía en este encuentro nace de su propia experiencia espiritual y comunitaria. Cristianía se comprende como una comunidad-red de personas buscadoras que desean seguir el camino de Jesús desde una visión renovada del cristianismo, en diálogo con las demás tradiciones religiosas y con todas las culturas humanizadoras.

Su propuesta parte de una espiritualidad no-dual y relacional. La no-dualidad no supone reducir toda la realidad a una unidad indiferenciada, sino superar las separaciones que convierten las diferencias en enfrentamientos. Dios es comprendido como distinto, pero no separado de la humanidad; unido profundamente a ella, pero no identificado sin más con ella. La experiencia espiritual nos introduce así en una unidad que respeta la alteridad y en una comunión que no anula las diferencias.

Esta visión posee consecuencias sociales y políticas. La violencia se alimenta de un paradigma de fragmentación que separa a las personas, los pueblos, las religiones y la humanidad de la naturaleza. Construir la paz exige sanar esas rupturas y recuperar la conciencia de que formamos parte de una realidad interdependiente. Nada de lo que hacemos a otros seres humanos o a la Tierra resulta ajeno a nuestra propia vida.

Para Cristianía, el camino contemplativo no está separado de la vida cotidiana. La contemplación debe conducir hacia la compasión, la sencillez, la alegría y la amistad solidaria. Una espiritualidad que se desentiende del sufrimiento de las víctimas termina convirtiéndose en evasión. La persona contemplativa está llamada a vivir con los ojos abiertos, a escuchar el dolor del mundo y a colaborar en su transformación.

El Dios revelado por Jesús no es un Dios indiferente ni un poder violento que necesite sacrificios. Es un Dios que potencia la vida, se sitúa junto a quienes padecen la injusticia y nos sostiene en la lucha contra el sufrimiento. La cruz no legitima el sacrificio de las víctimas, sino que denuncia la violencia de los poderes religiosos y políticos que crucifican a quienes trabajan por la fraternidad y la justicia. Creer en el Dios de Jesús implica ponerse del lado de las personas crucificadas de la historia y colaborar para que no haya nuevas víctimas.

Desde esta perspectiva, el diálogo interreligioso no es una actividad secundaria. Forma parte esencial de la misión cristiana, junto con la lucha contra la pobreza, la defensa de los derechos humanos y el cuidado ecológico. El Espíritu no actúa exclusivamente dentro de las fronteras visibles de las iglesias. Está presente en toda persona y comunidad abiertas al Misterio, la compasión y la humanización.

Cristianía desea contribuir a que las religiones abandonen toda pretensión de privilegio y se conviertan en espacios de acogida, escucha, libertad y colaboración. Una religión verdaderamente espiritual no busca imponerse, sino ponerse al servicio de la comunión. No utiliza a Dios para reforzar identidades enfrentadas, sino que ayuda a descubrir la profundidad sagrada de toda vida.

Un gesto común en el corazón de Madrid

Unidos por la paz quiere hacer visible esta convergencia entre personas creyentes, buscadoras, comunidades religiosas y colectivos ciudadanos. Cada grupo posee su identidad y su manera particular de comprender la espiritualidad y el compromiso social. Sin embargo, todos podemos encontrarnos en la defensa de la vida, en el rechazo de la violencia y en la convicción de que ninguna diferencia religiosa, cultural, ideológica o nacional justifica la deshumanización del otro.

La diversidad no tiene por qué conducir a la fragmentación. Puede convertirse en relación, aprendizaje mutuo y acción compartida. Esta es una de las aportaciones más necesarias de las religiones en nuestro tiempo: mostrar que es posible mantener convicciones profundas sin convertirlas en instrumentos de exclusión; que podemos vivir nuestras identidades sin levantar muros y encontrarnos con otras tradiciones sin renunciar a aquello que somos.

La flor que llevaremos a Sol representa esa esperanza. Es frágil, como todas las vidas amenazadas por las guerras, la pobreza y el odio, pero contiene también una promesa. Nos recuerda que la paz necesita ser cultivada, cuidada y defendida cada día.

El 20 de septiembre estamos invitados a encontrarnos en Sol para proclamar juntos que la paz no es solamente un deseo para el futuro. Es una tarea que comienza ahora, cuando personas diferentes se reconocen mutuamente, escuchan el sufrimiento de las víctimas y deciden colaborar para abolir la violencia.

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