¿Por qué miles de personas abandonan Marruecos? ¿Por qué arriesgan la vida? La respuesta está en la pobreza estructural. En la desigualdad económica.
Cuando los medios de comunicación de la Iglesia hablan el lenguaje de la ultraderecha
¿Por qué miles de personas abandonan Marruecos? ¿Por qué arriesgan la vida? La respuesta está en la pobreza estructural. En la desigualdad económica.
«Fui extranjero y me acogisteis.» (Mt 25,35)
Hay palabras que matan. No porque disparen un arma, sino porque preparan el terreno para que otros la disparen. No levantan fronteras ni agreden directamente a nadie. Pero moldean nuestra manera de mirar hasta conseguir que dejemos de ver personas y empecemos a ver amenazas. Eso está ocurriendo estos días con la llegada de miles de personas pobres a Ceuta.
Numerosos medios de comunicación han presentado esta tragedia humana como una "invasión". El término se repite una y otra vez hasta construir una imagen profundamente falsa: la de un ejército atacando nuestras fronteras.
Los pobres se convierten en soldados.Los refugiados pasan a ser invasores. Las víctimas aparecen como amenaza. Y la pobreza deja de ser el problema para convertirse en sospechosa.
Es difícil imaginar una inversión más radical del Evangelio.
El lenguaje nunca es inocente
Llamar "invasión" a una crisis humanitaria no es simplemente elegir una palabra desafortunada. Es construir un marco mental.
Cuando durante horas una sociedad escucha que está siendo invadida, deja de ver niños, familias o jóvenes desesperados y empieza a ver combatientes.Y cuando aparecen combatientes, cualquier respuesta violenta parece más fácilmente justificable.
No es casual que, paralelamente a este discurso, hayan aparecido manifestaciones con gritos de «¡A por ellos!» y agresiones contra migrantes.Las palabras preceden muchas veces a la violencia. Los imaginarios terminan convirtiéndose en conductas.
La verdadera noticia no son los migrantes, es la pobreza.
Mientras las tertulias hablan de invasiones, apenas se escucha la pregunta verdaderamente importante. ¿Por qué miles de personas abandonan Marruecos? ¿Por qué arriesgan la vida? ¿Por qué tantos jóvenes consideran preferible jugarse la muerte antes que permanecer donde nacieron?
La respuesta no está en Ceuta. Está en la pobreza estructural. En la desigualdad económica. En un sistema económico internacional profundamente injusto que sigue reproduciendo relaciones neocoloniales entre el Norte y el Sur.
Está también en una situación de graves vulneraciones de derechos humanos en Marruecos denunciadas desde hace años por organismos internacionales.
Y tampoco puede descartarse que el régimen marroquí, con sus aliados Trump y Netanyahu, enemigos del gobierno de España, utilice los flujos migratorios como instrumento de presión política, algo que merece una investigación rigurosa.
Pero incluso si hubiera intereses geopolíticos detrás de estos movimientos, quienes cruzan la frontera siguen siendo personas vulnerables. Nunca dejan de ser víctimas porque otros intenten utilizarlas.
El Evangelio nunca habló de invasiones
Jesús jamás llamó amenaza a los pobres. Nunca convirtió al extranjero en enemigo.Nunca identificó la seguridad con el rechazo del necesitado.Al contrario. Se identificó personalmente con él. «Fui extranjero y me acogisteis.» No dijo: «Fui extranjero y me llamasteis invasor.»
El criterio definitivo del juicio de Mateo 25 no será cuánto protegimos nuestras fronteras. Será qué hicimos con quien tenía hambre. Con quien era extranjero. Con quien estaba desnudo. Con quien sufría.
El cristianismo comienza precisamente cuando dejamos de mirar al otro como una amenaza y empezamos a reconocer en él el rostro de Cristo.
La auténtica espiritualidad conduce necesariamente a hacerse cargo del mundo y a una praxis de justicia y compasión hacia quienes más sufren. Una espiritualidad que no desemboca en el compromiso con las víctimas termina convirtiéndose en una espiritualidad vacía.
La mayor vergüenza
Pero quizá lo más doloroso de estos días no haya sido escuchar este discurso en determinados sectores políticos. Lo verdaderamente desconcertante es escucharlo también en medios de comunicación vinculados a la Iglesia.
Que en TRECE TV o en COPE, en determinados programas, se utilice reiteradamente el término "invasión" para referirse a una tragedia humanitaria constituye una profunda vergüenza para la Iglesia institucional propietaria de estos medios.
Precisamente los medios que deberían ayudarnos a mirar la realidad con los ojos del Evangelio terminan muchas veces contemplándola con las categorías del miedo, de la sospecha y de la confrontación.
Uno espera escuchar las Bienaventuranzas.Y escucha discursos donde los pobres aparecen como un peligro. Uno espera encontrar el relato del Buen Samaritano.Y encuentra marcos narrativos extraordinariamente parecidos a los que hoy difunden amplios sectores de la extrema derecha internacional.
Resulta difícil comprender cómo unos medios supuestamente nacidos para evangelizar pueden terminar utilizando un lenguaje que desfigura el núcleo mismo del Evangelio.
La responsabilidad de la Conferencia Episcopal Española
Aquí ya no basta con responsabilizar únicamente a periodistas o tertulianos. También existe una responsabilidad pastoral. Los obispos españoles no pueden limitarse a guardar silencio mientras unos medios vinculados a la Iglesia difunden de manera reiterada un lenguaje que convierte a los pobres en sospechosos y a los migrantes en una amenaza.
El silencio también comunica. La pasividad también educa.
No basta con publicar documentos sobre la Doctrina Social de la Iglesia ni citar al papa León XIV cuando después se permite que desde medios de inspiración cristiana se difundan discursos incompatibles con el corazón del Evangelio.
No se trata de imponer una determinada posición política sobre la inmigración. Es legítimo debatir sobre las políticas migratorias y sobre cómo gestionar las fronteras. Lo que no resulta compatible con el Evangelio es demonizar a quienes huyen del hambre, de la pobreza o de la desesperación.
Si un medio de comunicación que habla en nombre del cristianismo convierte sistemáticamente a los pobres en una amenaza, quienes tienen la responsabilidad última sobre esos medios deberían preguntarse seriamente si están cumpliendo su misión evangelizadora.
Porque no puede proclamarse el domingo que Cristo está presente en el pobre y permitir durante la semana que desde medios vinculados a la Iglesia se contribuya a presentarlo como un enemigo social.
Cuando la Iglesia adopta el lenguaje del poder
La historia demuestra que el cristianismo pierde su alma cuando deja de hablar el lenguaje de las víctimas para adoptar el lenguaje del poder.
Ocurrió con la esclavitud. Con el colonialismo. Con demasiadas dictaduras. Y puede volver a ocurrir con la inmigración.
El seguimiento de Jesús nunca consistió en tranquilizar a los poderosos. Consistió en anunciar una buena noticia para los pobres.
La consecuencia más preocupante de este clima no es únicamente el aumento del rechazo social. Es que llegará un momento en que quienes acompañen, alimenten, defiendan jurídicamente o simplemente abracen a personas migrantes serán presentados como ingenuos, cómplices o traidores.
Ya sucede en otros países. Sacerdotes, religiosas, voluntarios y organizaciones humanitarias han sido objeto de campañas de desprestigio simplemente por practicar aquello que el Evangelio llama misericordia. Sería una inmensa contradicción que esa sospecha acabara siendo alimentada, directa o indirectamente, desde medios vinculados a la propia Iglesia.
Recuperar el lenguaje de Jesús
Quizá el primer paso para construir una sociedad más humana sea recuperar las palabras. No llamar invasión a la desesperación. No llamar ejército a quienes huyen del hambre. No llamar amenaza a quien busca sobrevivir.
Porque la verdadera invasión no es la de quienes llegan pobres a nuestras fronteras. La verdadera invasión es la del miedo ocupando el lugar de la compasión. La del nacionalismo ocupando el lugar de la fraternidad. La de la propaganda ocupando el lugar de la verdad.
Y, lo que resulta todavía más doloroso, la de un lenguaje ajeno al Evangelio ocupando el espacio de medios de comunicación que deberían llenarse con las palabras de Jesús.
El día en que la Iglesia llame invasor al extranjero dejará de anunciar el Reino de Dios para repetir el discurso de los poderosos.
Y mientras seguimos discutiendo sobre fronteras, el Evangelio continuará haciéndonos la única pregunta verdaderamente decisiva: ¿Qué has hecho con tu hermano?
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