La sinodalidad avanza, la democracia eclesial sigue esperando

¿Puede llamarse verdaderamente sinodal una Iglesia en la que las decisiones siguen dependiendo casi exclusivamente de una autoridad jerárquica de clérigos varones?

El Pueblo de Dios no necesita únicamente ser escuchado. Necesita ser reconocido como sujeto corresponsable del discernimiento, de las decisiones pastorales y del gobierno de la comunidad eclesial.

Sinodalidad
Sinodalidad
09 jul 2026 - 13:21

Cuando el papa Francisco afirmó que «el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio» recuperó la intuición central de Lumen Gentium, según la cual la Iglesia es, antes que una estructura jerárquica, el Pueblo de Dios, una comunidad de bautizados y bautizadas en la que todas las personas participan, desde la diversidad de ministerios y carismas, en la única misión de Cristo. León XIV constituye la continuidad natural del pontificado de Francisco, al reafirmar la sinodalidad.

En este sentido, el resultado del impulso por la sinodalidad es esperanzador, y también paradójico. Nunca se había hablado tanto de escucha, discernimiento y corresponsabilidad. A la vez que nunca se había hecho tan evidente la distancia entre ese nuevo lenguaje y las estructuras autoritarias de gobierno de la Iglesia.

Los logros de Francisco

Sería injusto minusvalorar el alcance del cambio impulsado por Francisco.

En primer lugar, desplazó el centro de gravedad de la eclesiología desde una Iglesia definida prioritariamente por la autoridad hacia una Iglesia definida por el Pueblo de Dios, recuperando una de las intuiciones fundamentales del Vaticano II.

En segundo lugar, convirtió la escucha en una auténtica categoría teológica. El Sínodo dejó de ser una reunión reservada a los obispos para transformarse en un proceso de consulta que implicó a parroquias, diócesis, movimientos, religiosos y religiosas, así como laicas y laicos de todo el mundo.

En tercer lugar, otorgó voz —aunque todavía limitada— a mujeres y laicos en la Asamblea Sinodal, rompiendo una dinámica secular que reservaba esos espacios casi exclusivamente al clero.

El Documento Final del Sínodo pasó a formar parte del magisterio ordinario mediante su aprobación pontificia, subrayando que el discernimiento comunitario constituye una dimensión constitutiva de la vida de la Iglesia.

Todo ello representa un cambio histórico que nadie puede negar.

León XIV: continuidad sin ruptura

Quienes esperaban una ralentización del proceso sinodal tras la muerte de Francisco se equivocaron. León XIV ha insistido en que la sinodalidad constituye una nueva etapa en la recepción del Concilio Vaticano II.

Sus intervenciones han insistido en la escucha, la corresponsabilidad y la necesidad de una Iglesia capaz de caminar unida en un mundo profundamente polarizado. Asimismo, ha confirmado la fase de aplicación del Sínodo hasta 2028.Existe, por tanto, una evidente continuidad.

El límite fundamental: la sinodalidad no modifica la estructura de poder

La Iglesia habla hoy mucho más de participación, si bien, apenas se ha modificado el sistema real de ejercicio del poder en la Iglesia. Las consultas sinodales no son vinculantes. Los consejos pastorales continúan siendo consultivos. Los obispos siguen siendo nombrados exclusivamente desde Roma. El Papa mantiene íntegramente el poder legislativo, ejecutivo y judicial.

Las y los fieles continúan sin participar en la elección de sus pastores ni disponen de mecanismos efectivos de corresponsabilidad en el gobierno de la Iglesia. En otras palabras, la estructura de gobierno permanece esencialmente monárquica.

Diversos teólogos han advertido este límite. Rafael Luciani, por ejemplo, sostiene que el desafío de la sinodalidad no consiste únicamente en escuchar más, sino en construir nuevas formas de corresponsabilidad institucional.

iglesia de base, iglesia del pueblo
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Pueblo de Dios o clericalismo

El verdadero criterio para evaluar la sinodalidad no debería ser el número de consultas realizadas, sino la capacidad de reducir el clericalismo. Y precisamente aquí los avances resultan muy modestos.

Francisco denunció el clericalismo con una contundencia desconocida en el magisterio reciente, calificándolo como una de las principales patologías de la Iglesia. Más allá de sus palabras, las estructuras que lo generan apenas han cambiado. La autoridad continúa identificándose casi exclusivamente con el ministerio ordenado. Los organismos de participación carecen de capacidad deliberativa.

La igualdad bautismal proclamada por el Vaticano II sigue encontrando un límite cuando se trata del ejercicio efectivo del poder. Así, una eclesiología del Pueblo de Dios convive todavía con un sistema de gobierno donde el Pueblo de Dios apenas participa en las decisiones que afectan a su propia vida.

Una Iglesia más democrática es más evangélica

Las primeras comunidades cristianas practicaron formas de gobierno y discernimiento comunitario mucho más participativas que las desarrolladas posteriormente. San Cipriano de Cartago resumía ese modo de proceder con una expresión que conserva toda su fuerza eclesiológica: nihil sine consilio vestro et sine consensu plebis ("nada debe hacerse sin vuestro consejo y sin el consentimiento del pueblo").  Así, durante siglos, los obispos fueron elegidos con una participación mucho mayor del clero y del pueblo de las Iglesias locales.

Al hablar de democracia en la iglesia no es proponer someter la verdad del Evangelio a votación. Esa es una caricatura con la que se intenta evitar el debate sobre lo absurdo y antievangélico que resulta hoy un gobierno eclesial estructurado como una monarquía absoluta.

Hablar de una iglesia democrática es proponer que las decisiones pastorales, la elección de responsables, la administración de los bienes, la transparencia o la rendición de cuentas cuente con una participación efectiva del Pueblo de Dios.

El riesgo del "gatopardismo" eclesial

Existe un riesgo que no se debería ignorar: que la sinodalidad termine convirtiéndose en un ejercicio de gatopardismo, aquella célebre intuición de Giuseppe Tomasi di Lampedusa en El Gatopardo«Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».

Se ha cambiado el lenguaje, sí. El verdadero interrogante es si ese nuevo vocabulario irá acompañado de una redistribución efectiva de la autoridad. Porque, si los procesos participativos concluyen siempre en decisiones reservadas a los mismos órganos; si los consejos siguen siendo únicamente consultivos; si el nombramiento de los obispos continúa siendo ajeno a las Iglesias locales; y si el gobierno efectivo permanece concentrado en un modelo de gobierno exclusivamente clerical y masculino, la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en un cambio de método o lenguaje sin un cambio real de las estructuras de poder.

Seguir avanzando en corresponsabilidad
Seguir avanzando en corresponsabilidad

.El siguiente paso

Francisco abrió una puerta que permanecía cerrada desde hacía décadas. León XIV ha decidido mantenerla abierta. Ese compromiso merece ser reconocido y puede marcar una nueva etapa en la recepción del Concilio Vaticano II.

La verdadera credibilidad de la sinodalidad dependerá de un paso que todavía está por dar: pasar de una cultura de la consulta a una auténtica cultura democrática de la corresponsabilidad.

El Pueblo de Dios no necesita únicamente ser escuchado. Necesita ser reconocido como sujeto corresponsable del discernimiento, de las decisiones pastorales y del gobierno de la comunidad eclesial, conforme a la igual dignidad bautismal proclamada por el Concilio Vaticano II.

La verdadera prueba de la sinodalidad no será el número de procesos participativos celebrados ni la amplitud de las consultas realizadas. Será comprobar si la autoridad se ejerce de manera más compartida y con más garantías, más transparente y más corresponsable.

Mientras eso no ocurra, la sinodalidad seguirá siendo una promesa más que una transformación consumada. Y el riesgo será que la Iglesia acabe confirmando, sin pretenderlo, la vieja intuición de Lampedusa: cambiar muchas cosas para que, en el fondo, el poder continúe donde siempre ha estado.

Si la Iglesia quiere presentarse creíblemente como Pueblo de Dios, deberá encontrar formas de gobierno en las que ese Pueblo no sea únicamente consultado, sino que participe de manera efectiva en el discernimiento y en aquellas decisiones que afectan a la organización, la misión y la vida de la comunidad eclesial.

Solo entonces podrá afirmarse que la gran intuición conciliar ha comenzado verdaderamente a transformar el ejercicio de la autoridad y que la sinodalidad ha dejado de ser un lenguaje para convertirse en una nueva forma de ser Iglesia.

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