Cuando la ultraderecha secuestra el cristianismo: fascismo espiritual y cristoneofascismo

De Evola y el fascismo espiritual al trumpismo cristiano: la manipulación política del Evangelio

Determinadas narrativas procedentes de la nueva ultraderecha están penetrando en ambientes y medios de comunicación cristianos y reinterpretando el propio cristianismo desde categorías profundamente ajenas al Evangelio.

El Dragón contra la mujer vestida de sol. Beato de Liébana
El Dragón contra la mujer vestida de sol. Beato de Liébana
17 ago 2026 - 12:55

Algo preocupante está ocurriendo en el interior del cristianismo contemporáneo. No me refiero simplemente al crecimiento electoral de partidos de ultraderecha ni al hecho, perfectamente legítimo en democracia, de que haya cristianos que se identifiquen con opciones políticas conservadoras. El problema es bastante más profundo: determinadas narrativas procedentes de la nueva ultraderecha están penetrando en ambientes y medios de comunicación cristianos y reinterpretando el propio cristianismo desde categorías profundamente ajenas al Evangelio.

Dios, patria, tradición, autoridad, familia, civilización cristiana, Occidente, masculinidad, orden, jerarquía, honor, lucha contra el mal... Todas estas palabras pueden poseer significados legítimos. El problema comienza cuando se articulan formando un sistema político-religioso en el que la identidad sustituye a la soro-fraternidad, el orden y la seguridad a la justicia, la jerarquía al servicio, la nación a la humanidad, la fuerza a la vulnerabilidad y la construcción del enemigo al amor al enemigo.

Estamos entonces ante algo más grave que una determinada opción política de los cristianos. Estamos ante una manipulación política y espiritual del cristianismo.

Dos conceptos pueden ayudarnos a comprender dos modos de manifestación de este fenómeno: fascismo espiritual y cristoneofascismo.

El fascismo también puede espiritualizarse

Cuando hablamos de fascismo solemos imaginar uniformes, partidos totalitarios, violencia callejera o dictaduras. Pero determinadas estructuras mentales del fascismo pueden sobrevivir culturalmente después de desaparecer sus formas políticas históricas.

Umberto Eco lo explicó mediante su conocida categoría de Ur-Fascismo o fascismo eterno. No pretendía afirmar que todos los fascismos fueran idénticos, sino detectar una familia de rasgos susceptibles de reaparecer bajo configuraciones históricas diferentes: culto de la tradición, rechazo del pensamiento crítico, miedo a la diferencia, obsesión conspirativa, construcción permanente de enemigos, elitismo, culto al héroe, machismo, populismo antidemocrático y empobrecimiento deliberado del lenguaje.

Existe además algo que podemos denominar fascismo espiritual: la utilización de categorías religiosas, metafísicas, iniciáticas o espirituales para legitimar una concepción autoritaria, jerárquica y excluyente del ser humano y de la sociedad.

Su operación fundamental consiste en espiritualizar la desigualdad. No se afirma simplemente que unas personas poseen más poder que otras. Se pretende que unas son superiores a otras por naturaleza, nivel espiritual, pertenencia cultural, capacidad heroica, desarrollo interior o proximidad a una supuesta Tradición primordial.

Se pasa de afirmar que existen diferentes grados de madurez humana o espiritual —algo perfectamente razonable— a sostener que quienes se consideran superiores poseen también una mayor dignidad y legitimidad para gobernar a quienes consideran inferiores.

La desigualdad histórica queda convertida en desigualdad ontológica. Y esta operación es radicalmente contraria al Evangelio. Porque la trascendencia cristiana no sacraliza las jerarquías humanas: las relativiza.

«El que quiera ser el primero, sea el servidor de todos» (Mc 9,35).

Esta sencilla afirmación de Jesús contiene dinamita contra cualquier intento de convertir la supuesta superioridad espiritual en poder político.

Libro de Julius Evola, referente del fascismo espiritual
Libro de Julius Evola, referente del fascismo espiritual

Guénon, Schuon, Evola y las nuevas derechas espirituales

No puede comprenderse una parte del actual fascismo espiritual sin estudiar la recepción contemporánea del llamado Tradicionalismo o perennialismo, especialmente de tres autores: René Guénon, Frithjof Schuon y, sobre todo, Julius Evola.

Conviene hacer aquí una distinción fundamental para evitar simplificaciones.

No sería históricamente riguroso convertir sin más a Guénon y Schuon en ideólogos fascistas. Sus obras poseen dimensiones metafísicas y religiosas, muy problemáticas desde un punto de vista cristiano, que no pueden reducirse a una ideología política. Guénon, además, mantuvo una actitud de considerable distanciamiento respecto de la política moderna.

Pero determinadas categorías tradicionalistas pueden ser reinterpretadas políticamente: Tradición primordial, decadencia de la modernidad, jerarquía espiritual, diferencia entre conocimiento intelectual superior y razón discursiva, crítica del igualitarismo o concepción cíclica y decadente de la historia.

Con Julius Evola, sin embargo, la cuestión es diferente. Evola realiza una explícita politización aristocrática y heroica de la Tradición. La oposición entre mundo tradicional y mundo moderno adquiere en él consecuencias directamente políticas. Su pensamiento exalta jerarquía, autoridad, aristocracia espiritual, heroísmo y una concepción guerrera de la existencia, y mantuvo relaciones complejas pero reales con los fascismos históricos.

Por eso no resulta extraño que Evola se haya convertido hoy en uno de los autores de referencia de diferentes sectores de la nueva derecha radical y del fascismo espiritual.

Algunas de estas corrientes intentan además cristianizar retrospectivamente este universo ideológico. Aparecen así construcciones sobre un supuesto «cristianismo gibelino», imperial, heroico, jerárquico y guerrero que representaría un cristianismo tradicional anterior a la supuesta decadencia igualitaria introducida por la modernidad.

El problema es doble: Históricamente, porque se simplifica enormemente el complejo fenómeno medieval del gibelinismo. Y teológicamente, porque se intenta introducir dentro del cristianismo una antropología aristocrática y heroica que resulta difícilmente compatible con el núcleo del Evangelio.

El guerrero y el iniciado

El fascismo espiritual puede adoptar dos apariencias aparentemente contrapuestas. Existe una espiritualidad heroica, guerrera y voluntarista, fascinada por la fuerza, el combate, el sacrificio, la virilidad, el honor, la disciplina y el héroe. Pero existe también una espiritualidad aparentemente mucho más contemplativa: elitista, esotérica e iniciática, que considera que determinadas minorías poseen un conocimiento superior inaccesible al ser humano ordinario.

Una exalta al guerrero. La otra al iniciado. Una habla de combate. La otra de conocimiento espiritual. Pero ambas pueden coincidir en algo fundamental: convertir la espiritualidad en fundamento de una aristocracia humana.

La cuestión cristiana decisiva no consiste en negar que existan diferentes grados de madurez espiritual. Evidentemente existen. La pregunta es otra: ¿Qué hace quien se acerca verdaderamente a Dios con aquello que ha recibido?

El Evangelio responde inequívocamente: se pone al servicio de los demás, en especial, de las personas excluidas y empobrecidas. La experiencia de Dios no te convierte en miembro de una aristocracia espiritual. Te hace responsable de tu hermano.

Santa Teresa, rechazaba la cultura del honor de su época
Santa Teresa, rechazaba la cultura del honor de su época

Santa Teresa contra la religión del honor

Resulta especialmente significativo recordar aquí a santa Teresa de Jesús. Vivió precisamente dentro de una sociedad obsesionada por el honor, la limpieza de sangre, el linaje y la posición social. Y Teresa llegó a sentir una profunda aversión hacia esa cultura del honor cuando penetraba en la vida religiosa. En sus escritos denuncia repetidamente los «puntos de honra», porque comprendió que la obsesión por la honra era incompatible con la verdadera vida espiritual.No quería reproducir dentro de sus comunidades las jerarquías mundanas fundadas en linaje, prestigio o procedencia social.

Esto resulta enormemente actual. Una determinada espiritualidad de ultraderecha vuelve hoy a exaltar precisamente palabras como honor, jerarquía, virilidad, aristocracia, autoridad, disciplina y heroísmo. Teresa nos recuerda algo profundamente cristiano: cuando esas categorías construyen superioridad, rivalidad y prestigio social, pueden convertirse en obstáculos para la experiencia de Dios.

La comunidad cristiana no es una aristocracia de los mejores. Es una fraternidad de iguales.

La gran sustitución: del Evangelio a la Tradición

Una de las operaciones más profundas del fascismo espiritual consiste en sustituir silenciosamente la categoría bíblica de revelación por una determinada concepción metafísica de Tradición.

Para el cristianismo, Dios no nos entrega simplemente un sistema intemporal de verdades.Dios se comunica libremente en la historia. La Biblia narra precisamente esa historia: esclavitud y liberación, exilio y regreso, pecado y perdón, encarnación, cruz y resurrección. La revelación bíblica es histórica porque el Dios bíblico escucha el clamor de los esclavos: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores y conozco sus sufrimientos» (Ex 3,7).

Cuando la Tradición se convierte, en cambio, en una estructura metafísica primordial de la que la pluralidad histórica representaría una degradación, aparece una concepción profundamente problemática desde el cristianismo. La diversidad empieza entonces a percibirse como decadencia. La igualdad como nivelación. La democracia como gobierno de los inferiores. El pluralismo como pérdida de unidad. La emancipación como rebelión contra el orden.Y la modernidad se condena en bloque.

Naturalmente, la modernidad debe ser criticada. El capitalismo depredador, el individualismo, el colonialismo, la razón instrumental o la destrucción ecológica necesitan una crítica radical. Pero una cosa es realizar una crítica profética de la modernidad desde sus víctimas y otra rechazar precisamente sus conquistas emancipadoras: derechos humanos, democracia, igualdad jurídica, libertad de conciencia, pensamiento crítico o emancipación de las mujeres.

El cristianismo no es una metafísica del orden

Aquí encontramos una de las manipulaciones más graves. Se pretende presentar el cristianismo como defensor de un supuesto orden natural jerárquico. Pero Jesús no anunció el orden y la seguridad. Anunció el Reino de Dios. Y el Reino produce una sorprendente inversión del orden establecido: «Los últimos serán primeros» (Mt 20,16). «Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» (Lc 1,52). «Bienaventurados los pobres» (Lc 6,20).

El movimiento de Jesús no nació entre las élites religiosas, económicas o políticas. Nació en las periferias. Los paganos despreciaban al cristianismo por ser una religión de mujeres y de esclavos. Por eso la opción preferencial por los pobres no es una ocurrencia marxista introducida tardíamente en el cristianismo. Es una explicitación teológica de algo que atraviesa la Escritura: Dios contempla la historia desde el sufrimiento de las víctimas.

Metz y la espiritualidad burguesa

Aquí resulta especialmente fecunda la crítica de Johann Baptist Metz a la religión burguesa.

La religión burguesa privatiza la fe. Busca fundamentalmente tranquilidad, felicidad personal, identidad y consuelo, pero evita preguntarse por las estructuras sociales que producen víctimas. Puede hablar muchísimo del pecado individual mientras guarda silencio sobre estructuras económicas que producen pobreza.Puede movilizarse obsesivamente alrededor de determinadas cuestiones sexuales mientras permanece indiferente ante la precariedad laboral, los migrantes muertos en las fronteras, el racismo o la destrucción ecológica.

Puede terminar elaborando una auténtica teología de la retribución: quien triunfa merece triunfar; quien fracasa debe haber hecho algo para merecerlo. La pobreza deja entonces de ser una injusticia que debe combatirse y empieza a interpretarse como fracaso personal. Es exactamente lo contrario de la mirada de Jesús.

Del fascismo espiritual al cristoneofascismo

Una de la expresiones del fascismo espiritual hoy en las iglesias es lo que Juan José Tamayo denomina cristoneofascismo: la alianza contemporánea entre extrema derecha política, fundamentalismo religioso, nacionalismo identitario y neoliberalismo económico.

Tamayo recupera y actualiza la categoría de cristofascismo, utilizada anteriormente por la teóloga alemana Dorothee Sölle al reflexionar sobre las complicidades entre sectores cristianos y el nazismo.

No estamos ante una simple repetición del fascismo de los años treinta. El nuevo fenómeno opera dentro de sociedades formalmente democráticas, domina las estrategias contemporáneas de comunicación, utiliza las redes sociales, participa en elecciones y explota extraordinariamente bien las llamadas guerras culturales.

Libro La internacional del odio de Juan José Tamayo
Libro La internacional del odio de Juan José Tamayo

El trumpismo entra en las iglesias

Estados Unidos constituye actualmente uno de los laboratorios más importantes de este fenómeno. Determinados sectores del evangelicalismo y el sionismo internacional han establecido una alianza política y religiosa con el trumpismo, hasta el punto de convertir en algunos casos el apoyo a Donald Trump en una cuestión casi identitaria.

Un movimiento religioso que afirma defender la moral cristiana puede terminar otorgando una legitimación casi providencial a un líder político porque lo considera instrumento elegido para combatir a los enemigos de la verdadera América.

Pero el fenómeno no se limita al evangelicalismo.También existen sectores católicos integristas que participan del universo político y cultural trumpista, especialmente alrededor de las guerras culturales, el nacionalismo identitario, la oposición al papa Francisco y la interpretación apocalíptica de los cambios culturales.

Y el fenómeno está atravesando el Atlántico.

Los puentes europeos del cristoneofascismo

En Europa, y también en España, determinados ambientes cristianos están actuando como puentes de entrada de las narrativas de la nueva derecha internacional en el interior de las iglesias.

Un síntoma que debería preocuparnos es la creciente presencia en congresos, medios y encuentros promovidos por organizaciones cristianas de figuras vinculadas al trumpismo internacional o a las nuevas derechas radicales.

La invitación y promoción de líderes como Javier Milei (que insultó al Papa Francisco y ha declarado reiteradamente que desea convertirse al judaísmo sionista) o de grandes figuras internacionales de la nueva derecha en espacios que quieren aparecer como de fuerte identidad católica debe analizarse dentro de este contexto más amplio.

No porque la presencia de una personalidad política convierta automáticamente a una organización cristiana en neofascista, sino porque la creación de redes, congresos, medios de comunicación y espacios de legitimación mutua constituye precisamente uno de los mecanismos mediante los cuales determinadas narrativas políticas penetran en comunidades religiosas.

Cuando esas organizaciones terminan funcionando como cabezas de puente del trumpismo dentro del cristianismo europeo, debemos preguntarnos qué Evangelio están  transmitiendo determinadas asociaciones cristianas y sus medios de comunicación y educación.

Milei inaugura los Cursos de Verano promovidos por la Asociación Católica de Propagandistas
Milei inaugura los Cursos de Verano promovidos por la Asociación Católica de Propagandistas

El cristoneofascismo necesita enemigos

La característica fundamental de estos movimientos es la construcción política del enemigo.Necesitan dividir la sociedad entre: «nosotros» y «ellos». Nosotros seríamos el pueblo verdadero.Nosotros representaríamos la tradición. Nosotros defenderíamos Occidente. nosotros seríamos los verdaderos cristianos.

Frente a nosotros aparecerían sucesivamente los enemigos: inmigrantes, musulmanes, feministas, personas LGTBI, ecologistas, izquierdistas, progresistas, globalistas, intelectuales, periodistas, universidades...

Los problemas extraordinariamente complejos de nuestras sociedades quedan así reducidos a explicaciones emocionalmente eficaces. La frustración encuentra culpables.El miedo encuentra enemigos. Pero aquí surge una contradicción cristiana insuperable.

Jesús dijo:«Amad a vuestros enemigos» (Mt 5,44). No dijo que no existieran conflictos ni injusticias.Pero prohibió convertir al enemigo en alguien situado fuera de la fraternidad humana. La política fascista necesita producir enemigos. El Evangelio pretende romper precisamente ese mecanismo.

Cuando el cristianismo se convierte en identidad

Otro elemento fundamental es la transformación del cristianismo en identidad cultural. Ya no importa tanto seguir a Jesús cuanto pertenecer a una supuesta civilización cristiana. El crucifijo puede convertirse entonces en bandera identitaria.

Y aparece una paradoja extraordinaria: se puede defender públicamente el crucifijo mientras se rechaza al crucificado que llega en una patera. Se puede defender la «Europa cristiana» mientras se cierran absolutamente las fronteras al extranjero.

Se puede reivindicar la familia cristiana mientras se apoyan estructuras económicas que impiden a millones de jóvenes formar dignamente una familia. Se puede proclamar la defensa de la vida mientras se permanece indiferente ante las vidas destruidas por la guerra, el hambre, la pobreza o la exclusión.

El cristianismo deja entonces de ser seguimiento y se convierte en pertenencia. Pero Jesús nunca dijo: «Reconocerán que sois mis discípulos porque defendéis la civilización cristiana».

Dijo: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35).

Una masculinidad incompatible con Jesús

Existe además una fascinación ultraderechista por determinados modelos de masculinidad: fuerza, agresividad, disciplina, dominio, honor, combate, capacidad de imponerse. El dirigente ideal aparece como un hombre fuerte. El héroe sustituye al servidor. Resulta difícil imaginar una antropología más alejada de Jesús.

El centro simbólico del cristianismo no es un guerrero victorioso aplastando enemigos. Es un hombre vulnerable clavado en una cruz.

La omnipotencia divina se revela paradójicamente como amor que renuncia a imponerse mediante la violencia. Por eso Pablo descubre una lógica desconcertante: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12,10).

El poder cristiano posee una estructura radicalmente diferente: es poder para servir a los pobres, no poder para dominar.

Apocalipsis o escatología

Otro elemento que facilita la penetración del fascismo espiritual en ambientes cristianos es la proliferación de una mentalidad apocalíptica y conspirativa que afirma que la sociedad estaría dominada por fuerzas malignas. Existirían poderes ocultos manipulando secretamente la historia. Sólamente una minoría habría descubierto lo que realmente está ocurriendo y se trata de construir comunidades de elegidos y puros que no estén contaminados por la sociedad moderna. Una locura.

No debemos confundir apocalipticismo gnóstico con escatología cristiana. El cristianismo no enseña que debamos escapar de la historia. Enseña que Dios se ha encarnado en ella. La escatología cristiana afirma que la historia puede y debe ser transformada, aunque su plenitud definitiva sea don de Dios.

Por eso el cristiano no construye comunidades de puros que esperan contemplar desde fuera el hundimiento del mundo. Se compromete.Cuida. Lucha contra la injusticia. Construye Reino. El cristianismo es un escatologismo encarnado.

La mística contra el fascismo espiritual

Necesitamos recuperar la mística. Pero una mística auténtica. No una espiritualidad destinada a hacernos sentir superiores.

La verdadera experiencia mística realiza exactamente el movimiento contrario: descentra al sujeto. Juan de la Cruz lo llamó noche. Eckhart, desasimiento. Francisco, pobreza. Teresa combatió los puntos de honra.

La experiencia de Dios destruye precisamente las construcciones mediante las cuales pretendemos sentirnos superiores a los demás.

Por eso una verdadera mística cristiana posee consecuencias políticas. Quien descubre radicalmente que todo es don difícilmente puede convertir sus privilegios en derechos naturales. Quien experimenta la unidad profunda de la realidad difícilmente puede justificar la exclusión. Quien descubre a Dios en el ser humano no puede dividir la humanidad entre seres ontológicamente superiores e inferiores.

Y quien contempla al crucificado descubre dónde ha decidido situarse Dios en la historia. La mística cristiana no conduce fuera del mundo: nos devuelve al mundo de otra manera. Nos hace responsables del mundo abriendo los ojos y liberando del sufrimiento y la injusticia a las víctimas.

Una iglesia de los pobres, seguidora de Jesús
Una iglesia de los pobres, seguidora de Jesús

Desmontar la Internacional del odio

Tamayo insiste acertadamente en que el odio no aparece espontáneamente. Se construye. Se incuba, se programa, se cultiva y finalmente se normaliza. Los medios de comunicación tienen una enorme responsabilidad en la difusión de la mentalidad ultraderechista. Ahora bien, al ser algo construido, por eso también puede ser deconstruido.

Necesitamos recuperar:

  • el pensamiento crítico frente a la simplificación;
  • la hospitalidad frente a la xenofobia;
  • el pluralismo frente a la uniformidad;
  • la igualdad frente a las jerarquías sacralizadas;
  • la democracia frente al líder providencial;
  • la justicia social frente al neoliberalismo desregulado;
  • la igualdad entre hombres y mujeres frente al patriarcado;
  • la interculturalidad frente al nacionalismo excluyente;
  • la ecología frente a la depredación;
  • la compasión frente al desprecio.

Pero necesitamos algo todavía más difícil: no responder al odio con odio.

Porque entonces habremos aceptado la antropología del adversario. No se combate la lógica amigo-enemigo construyendo nuevos enemigos absolutos. Incluso quienes han quedado atrapados en discursos de odio continúan siendo seres humanos capaces de transformación. Debemos reconocer también el odio que puede habitar en nosotros mismos y no considerar irredimible a quien ha caído en él.

Nos estamos jugando el rostro de Jesús

El problema del fascismo espiritual y del cristoneofascismo no es únicamente político. Es fundamentalmente espiritual,  teológico y cristológico.

Nos estamos jugando qué rostro de Jesús transmitimos: ¿Un Jesús convertido en guardián de Occidente, defensor de fronteras, legitimador del capitalismo, garante del patriarcado y comandante espiritual de una guerra cultural? Ese Jesús tiene muy poco que ver con Jesús de Nazaret.

El Jesús histórico fue un judío marginal de Galilea que anunció la llegada del Reino de Dios, reunió alrededor de una mesa a personas consideradas impuras, tocó enfermos, acogió excluidos, relativizó instituciones religiosas cuando impedían vivir, denunció la riqueza injusta, colocó a los pobres en el centro, rechazó la dominación y terminó ejecutado por el poder imperial.

Convertir a ese Jesús en legitimador religioso del autoritarismo constituye una extraordinaria inversión del Evangelio. Quizá por eso necesitamos escuchar nuevamente aquellas palabras que los discípulos tuvieron enormes dificultades para comprender:

«Sabéis que los jefes de las naciones las dominan y los grandes les imponen su autoridad. No será así entre vosotros» (Mt 20,25-26).

No será así entre vosotros.

El fascismo espiritual afirma que unos han nacido para mandar y otros para obedecer. Jesús dice:No será así entre vosotros.

El fascismo espiritual admira la fuerza, el honor y la jerarquía.Teresa nos recuerda la necesidad de abandonar los puntos de honra. Y Jesús dice: No será así entre vosotros.

El cristoneofascismo necesita enemigos. Jesús dice: Amad a vuestros enemigos.

El nacionalismo identitario pregunta quién pertenece realmente a nuestra comunidad. Jesús responde contando la parábola del buen samaritano.

La espiritualidad burguesa pregunta qué he hecho yo para merecer mi bienestar. Jesús pregunta qué hiciste con el hambriento, el desnudo, el enfermo, el preso y el extranjero.

La alternativa al cristoneofascismo, por tanto, no consiste en construir otro cristianismo ideológico de signo contrario.Consiste en algo simultáneamente más sencillo y mucho más radical:

volver al Evangelio radical de Jesús,  a los pobres, a las víctimas, a la compasión, a la mística.

Y desde ahí recuperar una espiritualidad capaz no de huir de la historia ni de dominarla, sino de transformarla desde abajo mediante la justicia, el cuidado y el amor. Porque cada vez que el cristianismo bendice la dominación traiciona al Crucificado. Y cada vez que acompaña a quienes son crucificados por la historia vuelve a encontrarse con su origen.

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