Leon XIV en España: Entre la compasión y la impotencia

resulta inevitable preguntarse si estamos realmente ante una profundización del camino abierto por Francisco o, más bien, ante una versión moderada, institucionalizada y descafeinada de aquel impulso tímidamente reformador

La visita de León XIV deja una sensación ambivalente. Hay palabras valiosas, gestos significativos y una sensibilidad social que merece reconocimiento. También existe la impresión de que el pontificado se queda a mitad de camino. Denuncia los excesos del sistema sin cuestionar sus fundamentos ni promover su transformación. Habla de justicia sin asumir plenamente las transformaciones que esa justicia exigiría dentro de la propia Iglesia y en la organización de nuestras sociedades.

Visita de Leon XIV en España
Visita de Leon XIV en España
08 jun 2026 - 10:52

La visita de León XIV a España ha sido presentada como un acontecimiento histórico. Y, en parte, lo es. El Papa llega precedido por una imagen internacional sólida, construida sobre sus críticas a Donald Trump, su denuncia de las guerras y su preocupación por los efectos deshumanizadores de la inteligencia artificial y del poder tecnocrático. Frente al silencio o la complicidad de muchos líderes políticos, León XIV ha sabido situar algunas cuestiones éticas en el centro del debate público.

Sería injusto negar esos méritos. También lo sería ignorar el valor simbólico de sus encuentros con migrantes, personas privadas de libertad o colectivos excluidos. Son gestos que mantienen viva la intuición fundamental del cristianismo: la dignidad de quienes quedan fuera de los círculos del poder.

Una vez reconocidos esos aspectos positivos, resulta inevitable preguntarse si estamos realmente ante una profundización del camino abierto por Francisco o, más bien, ante una versión moderada, institucionalizada y descafeinada de aquel impulso tímidamente reformador.

Francisco puso el foco en las periferias. Habló de una Iglesia pobre para los pobres, denunció el sistema económico global que mata, cuestionó la idolatría del mercado y estableció puentes con movimientos populares de todo el mundo. Su lenguaje, con muchas limitaciones, conectaba con comunidades de base, con organizaciones sociales y con sectores que reclamaban transformaciones profundas. León XIV parece moverse en otro registro. Su apuesta no es tanto por la movilización de los pueblos para construir un nuevo mundo más humano y evangélico,  como por la humanización de las instituciones y del sistema, sin cuestionarlo, más bien, intentando recuperar un orden anterior al trumpismo y a la ola ultraderechista internacional.

La diferencia no es menor. En tiempos relativamente estables, la mejora de las instituciones puede parecer una respuesta razonable. Pero vivimos una época marcada por la expansión de los conflictos armados, el aumento del gasto militar, la concentración extrema de la riqueza, la erosión democrática y el poder creciente de grandes corporaciones tecnológicas capaces de influir sobre la información, la economía y la vida cotidiana de millones de personas. Nos encontramos ante una combinación de militarización, oligarquización y control tecnológico que algunos autores describen como un régimen de guerra de carácter tecnofeudal.

Ante semejante escenario, lo que parece un discurso que apela a la recuperación unas instituciones más humanas, anteriores al trumpismo, parece insuficiente. El problema actual no es el de una crisis del sistema anterior, que ya era profundamente injusto , sino el de unas estructuras que antes, y más aún ahora ,producen sistemáticamente desigualdad, exclusión y violencia. Por eso la crítica moral, siendo necesaria, no basta. La magnitud de los desafíos exige cuestionar relaciones de poder concretas y abrir horizontes de transformación que vayan más allá de la gestión humanizada de lo existente.

Y es precisamente ahí donde León XIV parece mostrar sus límites. Su discurso interpela las conciencias, pero rara vez señala iniciativas claras de transformación estructural. Denuncia los efectos más dramáticos de la actual radicalización del sistema capitalista, pero evita confrontar al propio sistema. De hecho, numerosos centros gestionados por la Iglesia se orientan a educar a las élites sociales que promueven el injusto sistema actual. El Papa invita al diálogo, pero desde los propios medios de comunicación de la iglesia se difunde un mensaje polarizador siempre a favor de la derecha política. La compasión permanece en el discurso del Papa, si bien, pierde capacidad transformadora real para quedarse en una propuesta ética y asistencialista.

La ambigüedad de la estrategia de León XIV se hizo visible en la presentación de la encíclica Magnifica Humanitas. Aunque la encíclica advierte contra la concentración de poder tecnológico y los riesgos de una inteligencia artificial sometida a la lógica del beneficio y de la guerra, el Vaticano invitó como ponente a Christopher Olah, cofundador de Anthropic, una de las empresas que blanquea su imagen con una supuesta actitud ética cuando permite el uso de IA al servicio de la guerra, cuando se trata de controlar y agredira a países contrarios a los intereses imperialistas de los Estados Unidos. La escena simboliza la tensión que parece atravesar la propuesta de Leon XIV, apelar a la moral sin promover verdaderos cambios en las alianzas de la iglesia institucional con el poder.

Intervención de Christopher Olah en la presentación de Magnifica Humanitas
Intervención de Christopher Olah en la presentación de Magnifica Humanitas

La elección de España como primer destino durante su pontificado a un país de la Unión Europea resulta especialmente significativa. No parece una decisión casual. El gobierno de España se ha convertido en los últimos años en uno de los referentes internacionales de una estrategia política que intenta preservar la institucionalidad liberal y socialdemócrata, frente a las tensiones provocadas por la crisis económica, la polarización y la creciente lógica de guerra que atraviesa el mundo occidental. Su gobierno todavía confía en que acuerdos, reformas graduales y apelaciones al consenso internacional previo al régimen de guerra actual puedan contener procesos de descomposición y deshumanización del sistema.

Que León XIV haya escogido precisamente este escenario parece indicar también la dirección de su pontificado. No la de una confrontación con el orden existente buscando su transformación, sino la de una defensa ética y humanista de las instituciones existentes, buscando la recuperación de una situación anterior más humanizada. No es la voz la de una Iglesia movilizada junto a quienes exigen transformaciones estructurales, sino la voz de una Iglesia que busca preservar espacios de convivencia dentro de un sistema cada vez más tensionado.

Cabe preguntarse si esta estrategia es la adecuada en la actual situación mundial. Cuando la lógica de la guerra se normaliza, cuando la economía se subordina a intereses militares y financieros cada vez más concentrados y cuando las tecnologías digitales se convierten en herramientas de control social, la restauración de un orden institucional liberal y socialdemocrata anterior puede terminar siendo una respuesta impotente. Humanizar las instituciones actuales es deseable, no suficiente. El problema es el propio sistema, que ahora muestra su verdadero rostro inhumano sin complejos.

En este sentido, el legado de Francisco parece experimentar una cierta domesticación con Leon XIV. Después de décadas de restauracionismo eclesial, Francisco abrió grietas inesperadas, si bien muy limitadas. Habló de las estructuras de pecado, denunció la cultura del descarte, puso el foco en las periferias y devolvió a la Iglesia parte de su capacidad para incomodar a los poderosos. No transformó la institución de manera decisiva, si bien, recuperó un poco una sensibilidad que había permanecido marginada durante mucho tiempo en la iglesia.

León XIV conserva parte de ese lenguaje, pero lo desplaza hacia una perspectiva más prudente, más institucional y menos conflictiva. Lo que en Francisco aparecía como una crítica potencialmente transformadora se convierte ahora en una llamada a la responsabilidad moral de las élites y al fortalecimiento de unas instituciones, ya injustas anteriormente, que ahora muestran signos evidentes de agotamiento. El resultado es una Iglesia que denuncia los excesos del sistema, pero que parece apostar por apoyar sus fundamentos, sin cuestionarlos, frente a la ola ultraderechista actual.

Esa moderación en su visión política es verdadero inmovilismo en el terreno eclesial. Durante años, amplios sectores de la Iglesia han reclamado cambios profundos: igualdad de las mujeres, democratización de las estructuras de gobierno, transparencia radical ante los abusos sexuales, revisión del clericalismo y apertura a nuevas formas de participación. La visita a España ha vuelto a mostrar una Iglesia donde nada de esto es atendido. Resulta difícil presentar a la Iglesia como referente ético cuando mantiene estructuras internas que reproducen desigualdades y favorece abusos por la falta de garantías reales de los derechos humanos en su interior.

En este contexto, la polémica surgida por los programas de patrocinio que contemplaban encuentros con el Pontífice para grandes benefactores que donen entre 500.000 y 1000. 000 de euros para sufragar la visita, ha añadido un elemento de controversia difícil de ignorar. Aunque los organizadores insisten en que no se trataba de poner precio al acceso al Papa, sino de reconocer aportaciones destinadas a sufragar los costes de la visita, la imagen proyectada resulta problemática. La iniciativa proyecta la imagen de una Iglesia en la que el acceso a la máxima autoridad espiritual parece vincularse a la capacidad económica, una percepción difícilmente conciliable con el ideal evangélico de igualdad y cercanía a los más humildes.

Revuelta de las mujeres en la Iglesia
Revuelta de las mujeres en la Iglesia

La Iglesia española sigue arrastrando problemas de fondo. La insuficiente reparación a las víctimas de abusos, la resistencia a revisar privilegios históricos o el papel desempeñado por determinados medios de comunicación vinculados al ámbito eclesial, convertidos con frecuencia en plataformas de promoción de posiciones conservadoras y de polarización política, proyectan una imagen muy alejada de la comunidad fraterna que proclama el Evangelio.

Protesta de víctimas de pederastia frente a la Nunciatura
Protesta de víctimas de pederastia frente a la Nunciatura

Algunas decisiones recientes del Vaticano refuerzan la impresión de que la prioridad ya no es la reforma profunda, sino la reconstrucción del prestigio institucional. Incluso determinados nombramientos en el ámbito de la comunicación, como la elección de una trumpista para dirigir las comunicaciones de la Santa Sede, parecen orientados a mejorar la capacidad de influencia de la Iglesia en los centros de poder y en los espacios mediáticos antes que a fortalecer el diálogo con los sectores populares y las comunidades de base.

Por eso, la visita de León XIV deja una sensación ambivalente. Hay palabras valiosas, gestos significativos y una sensibilidad social que merece reconocimiento. También existe la impresión de que el pontificado se queda a mitad de camino. Denuncia los excesos del sistema sin cuestionar sus fundamentos ni promover su transformación. Habla de justicia sin asumir plenamente las transformaciones que esa justicia exigiría dentro de la propia Iglesia y en la organización de nuestras sociedades.

Quizá por eso el entusiasmo generado resulta más limitado de lo que los medios de la propaganda, de unos y otros, quieren hacer creer. El éxito de las grandes celebraciones, los actos multitudinarios y los encuentros institucionales parecen responder más a las necesidades de unas clases medias asustadas que buscan referentes morales en tiempos de incertidumbre que a la emergencia de una auténtica Iglesia del pueblo capaz de acompañar procesos de transformación social.

La cuestión de fondo sigue abierta. ¿Quiere la Iglesia caminar junto a quienes reclaman cambios en profundidad ante la crisis ecológica, la militarización y la concentración del poder económico y tecnológico? ¿O aspira principalmente a recuperar relevancia institucional en un mundo cambiante?

En tiempos de guerra, desigualdad y concentración del poder tecnológico ya no es suficiente con intentar humanizar las instituciones y con el asistencialismo social, haciendo que vuelva o se sostenga el consenso liberal y socialdemócrata en crisis, que ya era profundamente injusto. Es necesario caminar con el pueblo y dar lugar a un nuevo mundo más democrático, justo, soro-fraternal, ecológico, anticolonial… y a una iglesia construida desde abajo, por la propias bases, sin privilegios, sin discriminaciones,  verdaderamente democrática, que renuncie a ser un Estado y una monarquía absoluta, para ser verdadero signo e instrumento del Reino.

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