Jesús Espeja: "El grito cada vez más universalizado del no a la guerra puede ser un signo del Espíritu"
Caminando en esperanza. Setenta años de postconcilio (San Pablo), el testamento sereno de Jesús Espeja, el teólogo que convirtió el postconcilio en esperanza viva
En Caminando en esperanza. Setenta años de postconcilio (San Pablo), el teólogo dominico Jesús Espeja ofrece una lectura serena y profundamente creyente de la recepción del Vaticano II en la Iglesia española, con la voluntad explícita de hablar a las nuevas generaciones “de forma sencilla y en síntesis”.
El dominico insiste en que la Iglesia no quedó paralizada tras el Concilio, sino que “estuvo leyendo los nuevos signos del tiempo y comprometida en la gestación nada fácil de un nuevo nacimiento del Espíritu”, en un recorrido marcado por la modernidad, la sinodalidad y la necesidad de seguir caminando sin nostalgias estériles.
Espeja defiende que el Vaticano II fue un giro decisivo porque la Iglesia pasó “de la condena al diálogo”, abrió sus puertas a los “justos reclamos de la modernidad” y asumió que la fidelidad al Evangelio exige todavía hoy “dar un paso más”.
En ese horizonte, el teólogo subraya que la Iglesia debe seguir leyendo los signos de los tiempos, superar el clericalismo, combatir la discriminación de la mujer y comprender la sinodalidad como algo que nace del bautismo y del sacerdocio común de todos los creyentes.
Su libro mira también hacia León XIV como continuador de los procesos abiertos por Francisco, con una Iglesia “en salida” y todavía en camino. Espeja ve en el nuevo Papa a alguien en condiciones de dar continuidad a una reforma que no es técnica, sino espiritual: misericordia con los pobres, paz “desarmada y desarmante”, y una comunidad que no vuelva atrás en la opción por los últimos, la compasión y la gratuidad.
Su propuesta de fondo es que no hay que obsesionarse con resultados inmediatos, sino trabajar a largo plazo, “sin cultivar la ansiedad”, aceptando el conflicto sin romper la comunión y confiando en que el Espíritu actúa al ritmo de las personas y de la historia. Para Espeja, la esperanza cristiana no es un optimismo ingenuo, sino la certeza de una Presencia de amor que sostiene incluso cuando la Iglesia atraviesa crisis, polarización y cansancio.
¿‘Caminando en esperanza es un resumen apretado (a modo de testamento) de setenta años de postconcilio para que lo conozcan las nuevas generaciones? Me asombra tu capacidad de síntesis.
“A modo de testamento” es la percepción de los que han redactado el texto de la solapa. Mi única intención fue comunicar a las nuevas generaciones de forma sencilla y en síntesis que la Iglesia en los años de postconcilio y dentro de la cambiante sociedad española no estuvo dormida sino leyendo los nuevos signos del tiempo y comprometida en la gestación nada fácil del nuevo nacimiento del Espíritu
¿Sin el Vaticano II la Iglesia católica se habría quedado anquilosada y desconectada de la modernidad? ¿Fue un acontecimiento fundante para la Iglesia de hoy?
La Iglesia en el s. XIX (Syllabus 1864) condenó errores en los reclamos de la modernidad, pero no leyó esos reclamos como signos del tiempo donde habla el Espíritu para una nueva comprensión del Evangelio y para el consiguiente cambio en la Iglesia. El Vaticano II pasó de la condena al diálogo, y esa decisión supuso un cambio muy difícil de digerir en la Iglesia marcada por el anquilosamiento en el pasado y con reservas hacia lo nuevo de la sociedad moderna.
El Concilio se abrió a los justos reclamos de la modernidad, pero el mismo término modernidad remite a un proceso todavía inacabado. El Concilio no contempló la etapa de la post-modernidad (mayo de 1968) que no invalida la orientación renovadora del Vaticano II, pero exige, partiendo de sus imperativos fundamentales, dar un paso más.
Es manifiesto sin embargo que si la Iglesia quiere ser fiel a su propia vocación, referencia ineludible han de ser los imperativos fundamentales del Concilio para la Iglesia en misión evangelizadora dentro el alborotado mundo actual.Esta exigencia es más apremiante en la situación española.
¿Seguimos digiriendo el Vaticano II? Hay quien dice que necesitamos ya un Vaticano III, para asentar definitivamente la Iglesia sinodal
Desgloso mi respuesta en dos puntos que van muy unidos:
Primero sobre la digestión del Vaticano II. Está siendo trabajosa y no es para menos. Desde hace tiempo algunos vienen pidiendo un Vaticano III. Incluso en el 2010 salió un valioso libro de Javier Monserrat, “Hacia un nuevo Concilio”. Tengo mis dudas de que, dada la complejidad de la Iglesia hoy en el mundo sea operativo un nuevo concilio ecuménico donde se reunirían todos los obispos. Creo más bien que hay que fomentar la consistencia de las iglesia locales y emprender un camino sinodal por regiones, revisando el ejercicio propio del obispo de Roma, sucesor de Pedro, que si bien es referencia para mantener la comunión entre las iglesia locales, no es el obispo del mundo.
Segundo, la sinodalidad. Pertenece a la esencia de la Iglesia en su misión de hacer inolvidable a Jesucristo, “luz del mundo”. La práctica de la sinodalidad se fundamenta en el bautismo donde todos hemos recibido el único Espíritu para la misión evangelizadora. El ejercicio de la sinodalidad encuentra dos dificultades: la patología del clericalismo (metido a tope entre los mismos laicos cristianos) y la discriminación de la mujer, sin el acceso debido a las instancias de poder en la Iglesia. De ahí el difícil equilibrio que ha mantenido el papa Francisco, aceptando el conflicto dentro de la Iglesia pero evitando la ruptura.
En el libro aporto algo que quizás no se ha destacado en la reflexión teológica sobre la sinodalidad. Su fundamento es el bautismo, donde todos los bautizados participan el único sacerdocio de Jesucristo. Este sacerdocio no consistió en ofrecer sacrificios rituales a una divinidad malhumorada y celosa de su honor ofendido. Jesucristo fue sacerdote “haciendo el bien, curando heridas y combatiendo las fuerzas del mal que tiran a la personas por los suelos” Con esa mística de compasión y por esta causa su vida fue sacrificada y sellada en la muerte de cruz por amor. En el seguimiento de Jesucristo, hay un sacerdocio de toda la comunidad cristiana en cuyo servicio tienen sentido todos los ministerios incluidos los que se confieren por el sacramento del orden.
¿Pasado por el pontificado de Francisco, a dónde nos conduce el Vaticano II?
En su primera Exhortación el papa Francisco desde la fe o experiencia cristiana –“el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura; mañana tras mañana se renueva”- propuso una reforma de la Iglesia “en salida” de su auto-preservación para ser testigo creíble del Evangelio. Con esa inspiración inició procesos todavía inacabados. En ese proceso inacabado hay que leer el Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad (2024). Con el talante peculiar que tengan los nuevos sucesores de Pedro, confío en que se irán canalizando esos procesos abiertos.
¿Si Francisco fue un Juan XXIII, puede León XIV ser un nuevo Pablo VI, que concrete y plasme los procesos abiertos por Francisco y por el Concilio?
Pablo VI fue un intelectual humanista con fina sensibilidad evangélica. Comulgaba con la preocupación profética de Juan XXIII, y gracias a él, cuando murió papa Juan, continuó el Concilio en la intención de diálogo con el mundo moderno. Consciente del progreso deslumbrante y de sus vacíos, propuso el camino para un desarrollo integral y verdaderamente humano.
El papa León XIV ha sido superior general de una orden religiosa extendida por todo el mundo; tiene una visión universalista. Por otro lado, viene de la misión en la Iglesia de América Latina donde se ha destacado la opción por los pobres. Está en las mejores condiciones para continuar los procesos iniciados por el papa Francisco. En el libro apunto tres indicativos que viene sugiriendo:
En la Exhortación “Te amé”, oct. 2025, presenta la misericordia con los pobres y excluidos como el alma en la historia de la Iglesia .
Completando esa visión, la Carta “En la unidad de la fe”, nov. 2025, destaca la novedad en la confesión del primer concilio ecuménico celebrado en Nicea: la encarnación que culmina en la cruz revela que Dios es Presencia de amor que desde dentro nos acompaña en el sufrimiento.
En el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (enero 2026) y en un situación de guerras con armamentismo sofisticado, León XIV propone un camino de paz “desarmada y desarmante”. Siguiendo la revelación bíblica que culmina en el Evangelio, la expresión sugiere la lógica del poder como ejercicio del amor. Es la inspiración cristiana para construir la verdadera paz en el mundo y en la organización de la Iglesia evangelizadora.
Ya publicado el libro, veo la significativa noticia de que León XIV convoca a los cardenales a relanzar Evangelii Guidiuum, la hoja de ruta del papa Francisco.
Has sido testigo y protagonista de una larga etapa teológica y eclesial. ¿Qué elementos del postconcilio consideras irrenunciables para no volver atrás?
-La visión fundamentalmente positiva del mundo: la entera familia humana con todas las realidades entre las que vive. Sin negar su lado negativo, es fundamental destacar esa positividad especialmente en la tradición cristiana latina donde por mucho tiempo ha prevalecido el desprecio del mundo y un larvado maniqueísmo.
Según el Concilio, fuera de este mundo no hay salvación cristiana. El mundo pertenece a la constitución de la Iglesia en misión evangelizadora. Después de muchas discusiones, el documento conciliar sobre “La Iglesia en el mundo actual” se aprobó como constitución de la Iglesia. Tan importante como la revelación y la liturgia.
El Concilio recomienda una y otra vez leer y discernir los signos del tiempo. No solo es una recomendación elemental: los cristianos podemos ser de una corriente o de otra, de distinto partico político; pero ignorar donde estamos se paga muy caro. Además si creemos de verdad en que la encarnación continúa, los justos reclamos del mundo moderno –libertad, igualdad, fraternidad- pueden ser lugares de revelación para la misma Iglesia todavía en camino para comprender, vivir y practicar mejor el Evangelio.
-Que la Iglesia pase de una sociedad piramidal a una fraternidad. Y consiguientemente el ejercicio de la sinodalidad en que todos los bautizados serán, desde su propio carisma y función, responsables y corresponsables en la vida, la organización y misión evangelizadora de la Iglesia.
- Aceptar la subjetividad como reclamo del mundo moderno y dar prioridad a la conciencia de las personas siempre en proceso de formación. Ese puede ayudarnos a superar una moral prioritariamente preceptiva para actualizar la moral evangélica de la gracia tan bien presentada en San Agustín en Santo Tomás. Por ahí a apunta el Concilio de Trento cuando dice que el principio de nuestra justificación es la misericordia de Dios.
-Practicar y hacer manifiesta la lógica de la compasión y de la gratuidad en una cultura marcada por el economicismo, por la crematística, y por la fría lógica del mercado que invade no solo la gestión política sino incluso los recintos de gratuidad como es la familia.
-Procesar la pluralidad de culturas y religiones en la convicción de que la verdad es compartida y que los cristianos, siguiendo la conducta de Jesucristo,caminamos con todos los demás hacia verdad completa. Desde la encarnación la Iglesia se hace dialogo. En esa perspectiva urge que los cristianos aceptemos y promovamos la libertad religiosa.
Finalmente creo que la crisis actual de la Iglesia es de fe. No entendida solo como creencias, sino como encuentro personal y comunitario –muy parecido a la compleja experiencia de amor- con ese misterio de Dios revelado en Jesucristo. Escuchando al papa León XIV, tengo la sensación de que es muy consciente de la crisis y de la necesidad de vivir la fe cristiana como experiencia mística en el dinamismo de las realidades seculares.
A la luz de este recorrido, ¿qué le dirías hoy a los cristianos que sienten que las promesas del Concilio siguen pendientes o incluso frustradas?
Hubo tiempo en que me costaba soportar el ritmo tan lento del necesario cambio. Pero cada vez más voy entendiendo que el Espíritu sólo actúa de verdad en el ritmo que soportan las personas, las culturas y las sociedades. Mi criterio de conducta se ha ido consolidando: trabajar a lago plazo sin la obsesión por conseguir resultados inmediatos; no cultivar la ansiedad pero sí las convicciones y la tenacidad; aceptar el conflicto manteniendo la comunión fraterna; convivir en la búsqueda de la verdad completa que solo se desvela en el tiempo.
Sigues apostando por la “esperanza que no defrauda”. ¿A pesar de Trump-Netanyahu y de las guerras?
Es muy significativa la neutralidad propuesta por los profetas bíblicos cuando Israel se encontraba entre dos grandes imperios. Políticamente esa neutralidad a nada conduce, pero en perspectiva religiosa es la correcta: desde la fe cristiana la ideología imperialista, donde el ser humano pretende actuar como si fuera el absoluto, es tan falsa como nefasta. El grito cada vez más universalizado del no a la guerra puede ser un signo del Espíritu. Pero ese grito debe tener una incidencia práctica ineludible: en la compasión eficaz ante tantos desvalidos, en nuestra conducta dentro de una organización injusta de la economía, superando la superficialidad o “ceguera blanca” en que fácilmente nos instalamos.
¿Qué significa hoy esa esperanza para una Iglesia fatigada por crisis internas, polarización y pérdida de credibilidad?
A esta situación trata de responder el último capítulo de mi libro.
Me ha tocado vivir muy de cerca situaciones conflictivas intraeclesiales en España y en América Latina. Veo con normalidad el conflicto dentro de la Iglesia que se hace una en la diversidad, en la pluralidad de culturas y en la evolución de la historia cambiante. Lo decisivo es que los conflictos ayuden a salir de nuestro egocentrismo y sean oportunidad en el amor. Si en en los necesarios debates se abren heridas, que no supuren y cicatricen cuanto antes.
En este sentido es lamentable la polarización que implica excluir sin más al diferente. Esa polarización extremista es senda perdida para la identidad cristiana y la necesaria reforma de la Iglesia en su servicio evangelizador.
La pérdida de credibilidad social que hoy sufre la Iglesia, es un fenómeno ambivalente. Puede haber un rechazo justificado y hasta saludable de una Iglesia que pretenda tener una presencia pública de poder como reducto de pureza sin contaminación. Y puede ser también reclamo implícito de una una cuya presencia pública sea signo creíble del Evangelio y referencia para un nuevo humanismo.
De todas formas en esta pérdida social de credibilidad que sufre hoy la Iglesia, no valen paños calientes. Debemos actualizar la speranza “teologal” que se fundamenta el ese misterio de Dios revelado en Jesucristo: Presencia de amor que continua e incondicionalmente se está dando. En esa Presencia todos y todo existimos, nos movemos y actuamos. Todo lo que sucede acontece en esa Presencia, aunque no todo sea querido ni promovido por ella.
La esperanza teologal se fundamenta en esa Presencia de amor que nunca falla. Pero no significa un sobrenaturalismo que descarta el dolor y el sufrimiento. Inspira más bien la confianza de que ocurra lo que ocurra, nuestro presente y nuestro porvenir ya está habitado por un amor gratuito. Una Presencia que responde a la chispa, huella, deseo e insatisfacción sembrados ya en el corazón humano.
Los cristianos hoy debemos cultivar la esperanza teologal. Mantener la actitud de espera sin instalarnos en falsas seguridades y en mesianismos con pies de barro. Levantando la cabeza para escuchar los rumores de trascendencia que brotan en nuestro tiempo. Ante situaciones lamentables que no podemos remediar, guardar silencio e invocar: “desde la hondo a ti grito, Señor”. Y a pesar de todo seguir dando razón de nuestra esperanza teologal para ayudar a los que ya no esperan.
