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Julià Bretos: "La Sagrada Familia no sería como la conocemos sin Isabel Bolet, la benefactora que dio alas a Gaudí"

Durante décadas nadie supo quién se escondía detrás de la gran donación que cambió para siempre el destino del templo

Julià Bretos, autor de la investigación | Agencia Flama

Si hoy nos detenemos ante la Sagrada Familia, cuesta imaginar que tras las torres majestuosas y las fachadas exuberantes se esconde la huella de una mujer casi invisible para la historia oficial. Isabel Bolet Vidiella fue el alma silenciosa que permitió que el proyecto de Antoni Gaudí dejara de ser una iglesia modesta para convertirse en uno de los templos más singulares del mundo. Sin su aportación, la Sagrada Familia habría sido —en palabras sencillas— una iglesita más de Barcelona.

"La historia del templo no se entiende sin ella", afirma Julià Bretos, informático e investigador, que ha dedicado años a reconstruir una vida borrada de los archivos y de la memoria colectiva. "Sin Isabel Bolet, Gaudí no habría podido desplegar su visión monumental", comenta.

Durante décadas, la figura de Bolet permaneció envuelta en el misterio. Los historiadores solo sabían que una mujer llamada Isabel había hecho una donación anónima, canalizada a través de un albacea, de entre medio millón y un millón de pesetas, una suma extraordinaria a finales del siglo XIX. Ese dinero, sin embargo, no llegó como un golpe de fortuna repentino ni exento de conflictos: el testamento, fechado en 1888, fue objeto de impugnaciones y el legado se administró de manera gradual, a menudo en forma de limosnas mensuales.

La basílica, antes y después de esta aportación económica | Archivo

El documento clave identifica como albacea a Joaquim Almeda, vinculado a la forja Sant Josep de Sants, y deja claro que la voluntad de Isabel era destinar su patrimonio a la Sagrada Familia. Esta precisión documental, recogida en los archivos del templo, fue esencial para confirmar una hipótesis que durante años había sido solo una intuición.

Con estos recursos, Gaudí pudo transformar radicalmente el proyecto inicial. De los primeros trazos de un templo sencillo se pasó a una concepción arquitectónica y simbólica mucho más ambiciosa. "El dinero de Isabel permitió a Gaudí soñar a otra escala", explica Bretos. "Es entonces cuando toma forma la fachada del Nacimiento —continúa—, el corazón espiritual y artístico del templo".

A la izquierda, el diseño que seguían las obras coordinadas por Antoni Gaudí antes de recibir el legado de la barcelonesa y, a la derecha, en 1891, una imagen del estado de las obras de la Sagrada Familia después de esta aportación.

Una benefactora fuera del relato habitual

Isabel Bolet no encajaba en el perfil clásico del mecenazgo barcelonés de la época. No era aristócrata ni miembro destacado de la burguesía industrial. Era viuda, de origen humilde, vinculada a una actividad artesanal de barrio, y optó por desaparecer tras un anonimato casi absoluto. Este hecho rompe el relato dominante que asocia la Sagrada Familia exclusivamente a grandes nombres masculinos y a fortunas industriales.

Ni siquiera Gaudí llegó a saber quién se escondía detrás de aquella generosidad. En sus escritos, el arquitecto se refiere a "Doña Isabel" con una mezcla de gratitud y perplejidad. Todo indica que ella tampoco era consciente del giro radical que permitiría su legado. Cuando murió, solo la cripta del templo estaba en pie; la monumentalidad que hoy define la Sagrada Familia aún era inimaginable.

Una investigación hecha de documentos y emoción

La investigación de Bretos combina el análisis riguroso de documentos notariales, registros civiles y archivos del templo con una búsqueda personal que él mismo describe como intensa y absorbente. El momento culminante llegó cuando localizó los restos de Bolet en el cementerio de Montjuïc y, posteriormente, la placa conmemorativa en el cementerio de Piera. Aquel descubrimiento permitió poner nombre y apellidos a la figura hasta entonces conocida como "la dama sin rostro". "Fue un momento de euforia absoluta", recuerda. "De repente, aquella mujer invisible volvía a existir", añade Bretos.

La barcelonesa, en la única imagen que se tiene de ella | Archivo

La imagen de Isabel, inexistente durante más de un siglo, solo pudo reconstruirse a partir de una orla familiar. Gracias a ello, la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre emitió un sello conmemorativo. Aun así, Bretos considera que el reconocimiento sigue siendo insuficiente: el barcelonés reclama un gesto explícito por parte de la Sagrada Familia, una placa, un acto o un espacio que fije definitivamente su memoria dentro del templo que hizo posible.

Sin Isabel Bolet, Gaudí no habría podido desplegar su visión monumental

Una huella que perdura

Hoy, cuando la Sagrada Familia se acerca a una nueva fase de culminación, la historia de Isabel Bolet Vidiella adquiere un valor simbólico renovado. Su decisión —tomada en silencio y sin ninguna expectativa de reconocimiento— marcó para siempre el destino del templo y de la ciudad. "La fuerza de su gesto es precisamente esa", afirma Bretos. "No vio el resultado —continúa—, no buscó gloria, pero cambió la historia".

La dama sin rostro, el libro que recoge esta investigación y publicado en 2025, restituye una ausencia y arroja luz sobre una mujer discreta que dio alas a Gaudí. Y todo ello provoca, en el lector de hoy, "una sonrisa —como dice el autor— que perdura más allá de las páginas", como las torres de la Sagrada Familia que Isabel Bolet ayudó a hacer posibles.

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