El camino que nos llevará a Pentecostés Un tiempo para reflexionar

Pentecostés
Pentecostés

"A una parte de la Iglesia le encanta el poder y las apariencias. El mundo está cambiando, pero esta sección eclesial se niega a perder la influencia política y económica"

"La Resurrección se dará cuando la Fe impregne el ser y el hacer de cada cristiano y, de manera especial, de quienes tienen la responsabilidad de servir al mundo desde la propia jerarquía"

"En el día de hoy inauguramos el camino que nos llevará a Pentecostés. La Verdad triunfará y los discípulos saldrán a dar testimonio de lo vivido"

Estos últimos días, desde la perspectiva espiritual cristiana, estamos celebrando la pasión, muerte y resurrección; pero otro año más, la covid, ha privado de vivir en las calles una Semana Santa en donde la fe, la tradición y la historia se entremezclan dando lugar a que muchas personas se dejen llevar por una experiencia excepcional con significados diversos; pero con la seguridad de que sus vidas quedan marcadas por la certeza de que algo que, puede ser especial, ha tocado sus corazones.

Es la Semana Santa un acontecimiento que supera lo estrictamente cultural y hace que una buena parte de la humanidad se cuestione sobre temas que rompen muchas lógicas que los humanos construyen apoyándose en parámetros que llamamos científicos. Con los mismos se pretende cuestionar la dimensión espiritual intentando reducir la Fe a algo meramente imaginario y sin valor para la vida. Sin embargo, lo trascendente hace que la Fe no quede como un fenómeno generado por la mente. La Fe, desde la dimensión cristiana, tiene una realidad propia y ésta se basa en Cristo, el Hijo de Dios, que experimenta la pasión, pasa por la muerte y trasciende a la Vida mediante la resurrección. La Fe, por tanto, es una experiencia personal que se puede compartir o no. Es la experiencia que cada ser humano está dispuesto a vivir. El hecho histórico en el que Jesús de Nazaret se hace presente en este mundo sucedió hace dos mil años. La Fe, sin embargo, sucede cada día porque es una experiencia personal que cada persona puede sentir, y de esta manera cada cual puede tener un camino particular para descubrir la presencia de Cristo. Cristo, al mismo tiempo, lleva a cada persona a respetar a quienes deciden que la Fe no significada nada en sus vidas. Ha pasado el tiempo en donde se culpabilizaba y se estigmatizaba a quienes entendían que la Fe no tenía ningún valor, al menos la fe que la Iglesia hacía creer que era la auténtica Fe.

Hoy, el relato de la Fe puede ser cuestionado sin que esto suponga la excomunión y el castigo a vivir la muerte eterna en el infierno. Hoy, el no tener Fe, la fe que la Iglesia promulga, tampoco te hace peor persona. Existen infinidad de seres humanos que, sin profesar la fe cristiana por opción, pueden sentirse muy cercanos a Cristo, y hasta puede ser posible que Cristo los acoja con más generosidad en su Casa, que a tantos y a tantos cristianos que viven y experimentan la fe como algo meramente mecánico, en donde la trascendencia se limita a cumplir con las normas existentes en la Iglesia. Cuántas personas, sin ser practicantes, son más cristianos que muchos eclesiásticos y cristianos de apariencia.

A una parte de la Iglesia le encanta el poder y las apariencias. El mundo está cambiando, pero esta sección eclesial se niega a perder la influencia política y económica. Menos mal que la realidad les hará recapacitar y si quieren ser, de verdad, testigos de Cristo tendrán que saber aceptar que su misión es la misma que Cristo presentó al mundo hace dos mil años ¡Pero qué lejos están! inventan y persiguen.

La Iglesia, y en especial la Jerarquía, tiene que reflexionar sobre qué rol desea jugar en este momento histórico. No es el papel del poder sino el de fomentar, sin aristas, la convivencia y la concordia. Pero esto es extremadamente difícil cuando lo que se percibe es poder y poder, sin que importe mucho hacer daño con tal de no sentirse fuera de los ámbitos del poder humano.

La Resurrección se dará cuando la Fe impregne el ser y el hacer de cada cristiano y, de manera especial, de quienes tienen la responsabilidad de servir al mundo desde la propia jerarquía. Es muy difícil que la sociedad crea en una Iglesia en donde la Pasión, solamente se vive como una conmemoración una vez al año y la Muerte como un fenómeno puntual que, también, se recuerda en el triduo pascual. La Pascua se hará presente en quienes tienen la vocación de servir comprometiéndose con las personas; pero no un compromiso teatral y carente de afecto, se trata de ser personas que lavan los pies mirando al rostro de quienes han desnudado sus pies para ser atendidos con misericordia.

En el día de hoy la Resurrección tendría que ser la luz que brille en nuestros rostros. Hoy, Domingo de Resurrección, se ha superado la muerte y podemos descubrir que la vida tiene sentido si buscamos el rostro de Cristo en todos aquellos que nos rodean. El esplendor que puede irradiar un cristiano a lo largo de su vida no está circunscrito a quienes ejercen el poder en la Iglesia alejados de la búsqueda real de la dignidad de las personas, y que nos dicen lo que tenemos qué hacer. El esplendor lo construye cada bautizado, sea practicante o no, a través de su vida, siendo coherente y buscando siempre hacer el bien. El esplendor lo practican un número elevado de religiosos y de religiosas que cada día ofrecen su vida con generosidad. El esplendor lo proyectan sacerdotes entregados y pendientes de cada ser humano.

El esplendor de la Resurrección no tiene nada que ver con el poder terrenal que, todavía, la Iglesia sigue ejerciendo. El esplendor de Cristo se afinca en la sencillez de cada ser humano. El esplendor se vive intensamente cuando una persona concluye su presencia en el espacio terrenal y su vida trasciende a través de todas aquellas personas que han coincidido con la misma y han descubierto día tras día, por medio de sus gestos, su cariño y afecto.

La Iglesia es una realidad terrenal; pero también es la expresión de un reino en donde la fraternidad es el eje de su existencia. El problema que la Iglesia puede teneres que siga estando anclada en las cosas de este mundo, viviendo su presencia a través de un poder que no es de servicio y sí es de manipulación, y es destrucción de todo aquél que no se avenga a sus intereses terrenales. Esta es una Iglesia sin Resurrección.

La Resurrección es construir cada día, con sencillez y constancia, una fraternidad que haga posible el encuentro y el diálogo. No hay Resurrección si su afán es condenar y condenar, tan solo, para seguir transmitiendo al mundo que tiene poder. La pregunta que hay que hacerse es ¿qué puede esperar una Iglesia en donde cada día hay más personas de se alejan y huyen de su influencia? La Resurrección que hoy celebramos, sí la Resurrección de Cristo, dista mucho de la resurrección que, todavía, sigue empeñada una buena parte de la Iglesia de transmitir. No podemos olvidar los cristianos que la Resurrección la vivimos cada día en la Eucaristía, que es el lugar de encuentro y de convivencia.

La Resurrección, la experimentamos, con la Pasión, que tuvo que vivir Jesús de Nazaret, y con su dolor - la Cruz- cuando alguien muy cercano es llamado a vivirla en su plenitud y totalidad. Para los cristianos cuando nuestro amigo o familiar es llamado a la Casa del Padre, para los que no tienen Fe cuando el ciclo de la persona conocida se ha terminado en este mundo, para los que tienen dudas cuando un ser muy querido llega al final del camino.

El sacerdote Pablo d'Ors en un artículo titulado "La búsqueda espiritual de nuestro tiempo" nos recuerda que "la Iglesia Católica no debe de ser una fuerza de oposición, sino más bien de colaboración en la construcción de un mundo mejor"

En el día de hoy inauguramos el camino que nos llevará a Pentecostés. La Verdad triunfará y los discípulos saldrán a dar testimonio de lo vivido.

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