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Hace más de un año, julio 9 de 2020, en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, el presidente Iván Duque Márquez difundió en Twitter sus sentimientos religiosos y su devoción a la Virgen. El hecho suscitó controversia y muchos se preguntaron si el mandatario de un estado laico podía hacer pública confesión de su fe; fue entonces que algunos obispos colombianos, los de la provincia de Tunja, expidieron un comunicado defendiendo al presidente y su mensaje y aprovecharon la ocasión para hacer una catequesis sobre el lienzo precioso de nuestra Señora, renovado prodigiosamente, y que, según sus palabras, ha llegado a ser para el pueblo colombiano “un referente de primer orden en la construcción de la identidad cultural y de consolidación de la fe cristiana”.
Ahora, en estos últimos días, el presidente, desde Glasgow, hizo otro comentario, y esta vez sobre Luis Alfredo Garavito, un hombre sobre el que pesan terribles crímenes y condenado a 1.853 años y 9 días de prisión, conmutados en el juicio a 40 años y de los que ya ha pagado 27. El mandatario, ante una posibilidad todavía no verificada de que este condenado saliera de la prisión, se refirió a él públicamente y lo llamó “bestia” y “rata apestosa”; estos apelativos, tan desafortunados para dárselos a un ser humano, aún a un criminal, y que resultan degradándonos a todos y más al que los dice, dejan adivinar otras facetas de la religiosidad del presidente.
En orden a la coherencia, esperaría que la Iglesia, así como en su momento defendió la manifestación pública de la fe de su feligrés de la Casa de Nariño y que para hacerlo habló del lienzo precioso de Chiquinquirá, ahora saliera al paso y le hablara a este de la imagen indeleble de Dios en todo ser humano, también en Garavito. Sin duda alguna, para la consolidación de la fe cristiana que providencialmente profesamos en este país, la imagen de Dios en todo hombre y mujer es todavía más importante que la devoción a la Virgen del Rosario. Si no reconocemos la imagen de Dios en Garavito, el cuadro venerado, por mucha renovación milagrosa que le atribuyamos, se nos vuelve ídolo y amuleto de una religiosidad que manipula a Dios y envilece a la gente.
El día que criticaron a Jesús porque daba la bienvenida a los pecadores, el maestro aprovechó para decirle a los escandalizados que Dios se parece a una señora que había perdido una de sus monedas y que no descansó hasta encontrarla y que tuvo que revolcar toda la casa y barrer en todos los rincones. Sí, Dios busca sus monedas y hace hasta lo imposible por recuperarlas, y es que estas llevan grabada su imagen y no se le pueden perder; la Iglesia tiene por misión ayudar esta búsqueda y al hallar a los extraviados, se topa nada más y nada menos que con el rostro de Dios y se arrodilla a adorar. La fe del presidente, esa que hace tan feliz a los obispos y católicos de Colombia, tiene una prueba por delante: encontrar a Garavito y arrodillarse ante la imagen divina que se refleja en su rostro; para esto se necesita fe, no mera religiosidad. El lienzo precioso de Nuestra Señora de Chiquinquirá es nada comparado con la imagen de Dios en Luis Alfredo Garavito. Perdónenme, nada de esto es políticamente correcto.
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