Sobre la extraña, y muy común, mezcla de religión y violencia Pelear con Dios para reconciliarnos entre nosotros

Jacob lucha con Dios
Jacob lucha con Dios

Un muchacho, con cara de no ser de por aquí y mal trajeado, estaba vendiendo unos limones en la plaza.  El pobre no tenía éxito, la gente no estaba interesada en su producto; los que respondían a su oferta le decían, muchos sin mirarlo, que no, que no necesitaban frutas; y no se daban cuenta de lo mucho que él precisaba la escasa suma que pedía a cambio para comer algo y tal vez para seguir su viaje.

Fue en esas que un hombre con cara de revólver, sintiéndose dueño y ángel custodio del pueblo, se le acercó y le preguntó que quién le había dado permiso de vender las frutas, que de dónde venía, que cuándo se iba; de las preguntas pasó luego a los regaños, que lo que hacía era ilegal, que sobraban limones en las verdulerías, que seguramente estaba haciendo daños, que nada tenía que hacer por ahí,  que se tenía que ir de aquí.

Se despachó después, a gritos, con una amenaza violenta: “usted lo que necesita es que le vaciemos una indumil”; en esas, para salvación del muchacho que ya no sabía qué hacer y qué responder, sonaron las campanas, el último toque antes de la misa, y el-cara-de-revolver se quitó el sombrero y se entró al templo.

El-cara-de-revolver que se quitó el sombrero para entrar al templo, me hace pensar en Jacob, el de la Biblia, el patriarca, también violento y devoto

Un muchacho, con cara de no ser de por aquí y mal trajeado, estaba vendiendo unos limones en la plaza.  El pobre no tenía éxito, la gente no estaba interesada en su producto; los que respondían a su oferta le decían, muchos sin mirarlo, que no, que no necesitaban frutas; y no se daban cuenta de lo mucho que él precisaba la escasa suma que pedía a cambio para comer algo y tal vez para seguir su viaje.

Fue en esas que un hombre con cara de revólver, sintiéndose dueño y ángel custodio del pueblo, se le acercó y le preguntó que quién le había dado permiso de vender las frutas, que de dónde venía, que cuándo se iba; de las preguntas pasó luego a los regaños, que lo que hacía era ilegal, que sobraban limones en las verdulerías, que seguramente estaba haciendo daños, que nada tenía que hacer por ahí,  que se tenía que ir de aquí; se despachó después, a gritos, con una amenaza violenta: “usted lo que necesita es que le vaciemos una indumil”; en esas, para salvación del muchacho que ya no sabía qué hacer y qué responder, sonaron las campanas, el último toque antes de la misa, y el-cara-de-revolver se quitó el sombrero y se entró al templo. 

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La mezcla es bien extraña, violencia y religión; culto a Dios y desprecio al prójimo.  Una mezcla extraña y a la vez muy común: este país, Colombia, de mayorías cristianas, es también un país en guerra. Y no somos los únicos, la religión está muy dentro de las grandes guerras que hoy presenciamos: el patriarca Kirill da gracias a Dios por las armas nucleares con la que cuenta su país y dice que ellas son salvación; Netanyahu usa la supuesta “elección de Dios” a Israel como ideología para justificar el genocidio del pueblo palestino. 

El-cara-de-revolver que se quitó el sombrero para entrar al templo, me hace pensar en Jacob, el de la Biblia, el patriarca, también violento y devoto.   La diferencia es que Jacob, gracias a una pelea que tuvo con Dios, se volvió pacífico y pudo reconciliarse con su hermano.  Sí, puede sonar raro, para acabar con esa mezcla de religión y violencia hay que pelear con Dios, y en lucha encarnizada, cuerpo a cuerpo.  Repasemos la historia que nos cuenta el libro del Génesis.

Jacob, así tan piadoso, era ventajoso y tramposo y tuvo siempre rivalidad nada más y nada menos que con su hermano gemelo Esaú.  Rebeca, desde el embarazo, sentía que en sus entrañas había fuerzas que chocaban y se preocupó bastante; Dios le hizo saber que todo se debía a los gemelos que gestaba y que uno de ellos, el que habría de llamarse Jacob, ya quería la delantera.  En el parto, el que pondrían Esaú salió primero, pero, inmediatamente después, al nacer el segundo, se vio que este le había estado agarrando el talón a su hermano y que había forcejeado para ganarse la primogenitura.  Por eso lo pusieron Jacob, por lo del talón y por querer suplantar a su hermano.  Lo que no pudo hacer al nacer, lo hizo ya hecho un hombre: aprovechó que Esaú llegó a su casa muerto de hambre y cogió la ocasión para apoderarse de los derechos del mayor, logró que se los cambiara por un plato de lentejas.  Después, para colmo y con la complicidad de la mamá que lo prefería, se hizo pasar por su hermano Esaú y engañando a Isaac, el papá, le arrebató la bendición que pertenecía a su hermano.      

Y este hombre, así de tramposo y violento desde el seno materno, era también muy fervoroso.  A menudo tenía visiones y veía los ángeles de Dios subiendo y bajando del cielo; le gustaba hacer altares de piedra y ofrecer sacrificios y adorar.  Estaba seguro de que Dios lo había escogido a él y no a su hermano; y, dada su “buena relación” con Dios, creía que siempre iba a ganar, que siempre podría sacar provecho, que tendría siempre la bendición del todopoderoso y que no le faltarían ganados y riqueza y que su descendencia sería numerosa como las estrellas del cielo y la arena del mar.  Muy pegado de Dios y del culto pero en enemistad con su hermano.  La imagen que se hacía de Dios le servía para ganar y tener poder y pensaba que hacía lo correcto.

Todo cambió, como ya lo dijimos, la noche en que peleó con Dios; una pelea en la que se dio cuenta que Dios era muy distinto al que se imaginaba.  Dios se le apareció y lo retó a luchar; fue un combate cuerpo a cuerpo, hasta el amanecer; y curiosamente fue él quién le ganó a Dios; Jacob, aunque sufrió una herida que lo dejó cojo, fue quien venció y salió airoso.  Se dio cuenta que Dios era vulnerable, que perdía, que no siempre ganaba; supo que el Dios todopoderoso que supuestamente le había ayudado a ponerse por encima de su hermano, era sólo un ídolo y que su religión era puro interés; y supo también, que ser elegido de Dios no significaba vencer sino estar en paz con los otros.  Ese Dios que se dejó ganar, que se puso por debajo, que perdió la pelea con Jacob, lo conocimos bien en Jesús, el Dios crucificado, que no puede salvarse a sí mismo porque está clavado; Dios que se pone en nuestras manos y que muere; Dios que pierde para que ganemos nosotros y para que no lo confundamos con el primer todopoderoso que aparece en nuestras mentes.

Si nunca peleamos con Dios, o mejor con ese dios según nuestra imaginación, seguiremos peleando entre nosotros y con descaro nos justificaremos diciendo que lo hacemos en nombre de Dios. Finalmente, Jacob se reconcilió con su hermano Esaú y Dios le cambió de nombre, lo puso Israel que significa “el que peleó con Dios y le ganó”.  El devoto cara-de-revolver se entró a misa después de querer vaciarle una indumil a su prójimo; él y todos nosotros, tan religiosos y tan violentos, necesitamos que Dios nos ponga pelea y lo conozcamos herido y derrotado, crucificado. Con un Dios así, como el del Evangelio, el muchacho-con-cara-de-no-ser-de-por-aquí puede vender limones en la plaza. No hay que ganarle a nadie, todos somos benditos.

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