Sabemos de Dios lo que sabemos de los pobres La Trinidad, Ana, Antonio, sus niños y yo

La Trinidad, https://images.app.goo.gl/uy6v8QGC9qRX2kaJ9
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Ana, Antonio y sus niños, eran una familia de pescadores, vivían a orillas del río Cauca, allá por Peñalisa, y hoy, día de la Trinidad, los estoy recordando de modo especial.  Es que de ellos aprendí mucho sobre Dios y su misterio, esto de dar y recibir, esto del Espíritu Santo.

Ana, Antonio y sus niños, eran una familia de pescadores, vivían a orillas del río Cauca, allá por Peñalisa, y hoy, día de la Trinidad, los estoy recordando de modo especial.  Es que de ellos aprendí mucho sobre Dios y su misterio, esto de dar y recibir, esto del Espíritu Santo.

Casita de Antonio
Casita de Antonio

Una tarde, de viaje por esa carretera, me detuve al frente de la casa y entré para visitarlos.  Encontré a Ana en la cama y muy preocupada, se sentía enferma y sin recursos y, tan lejos de un hospital, no había sido vista por un médico y sospechaba que algo no andaba bien dentro de ella.  Comprendí que tenía que hacer algo, llevarla a un centro de salud, que le hicieran un diagnóstico y que le mandaran medicinas.  Quedamos en que al otro día iría muy temprano y la llevaría al hospital.  Al dejarlos, se había prendido en ella la esperanza y, aún con sus dolores, me dio la mejor de las sonrisas.

Al otro día, de madrugada, la recogí y empezamos la carretera.  Como era muy probable que le pidieran hacerse exámenes médicos, quise percatarme de que no hubiera comido nada en la mañana y de que estuviera en ayunas. Ella, desprevenidamente y sin tapujos, me respondió que no había comido y no tanto porque previera el laboratorio, sino sencillamente porque no tenía nada en su cocina, ni para ella que viajaba ni para los suyos que se quedaban, y que su esposo Antonio tendría que salir esa mañana a conseguir comida, a pescar en el rio, y así llevar algo para él y los niños.  Me impresionó eso de que no había nada en su cocina.

Peñalisa
Peñalisa

Y el viaje siguió.  Llegamos a un pueblo, Ciudad Bolívar, y de allí la remitieron a otro hospital, el de Caldas, a unos buenos kilómetros de ahí.  Fuimos al hospital, la vio el médico, pudieron hacerle los exámenes, diagnosticar sus males y prescribirle medicinas.  Pagué por todo y ella estaba muy agradecida.  Después, antes de regresarnos y recordando el hambre en la que estaba con su familia, la llevé a una tienda y le ofrecí que compráramos víveres y llevara mercado para su casa.  Pagué también esa cuenta y ella seguía más que agradecida.  Y yo me sentía también feliz de poder dar.

Al volver a la casa, todos estaban curiosos de saber lo que había sucedido con Ana en ese viaje en busca de salud.  Y vino una tremenda sorpresa para mí, Antonio me tenía listos muchos regalos, había ido a pescar después de despedir a su mujer en la mañana y había reservado unos pescados también para mí; ya después de mediodía, había hecho trueques cambiando pescado por yucas y plátanos no sólo para los suyos sino también para mí.  Y yo, que me acordaba que la despensa de ellos había estado vacía al empezar la jornada y que la noche anterior todos se habían acostado con hambre, no les quería recibir, me parecía que no era propio, que todo eso que querían darme les serviría más a ellos.  Y empecé a notar que la alegría de Ana, esa alegría que había manifestado todo el día, cuando llegué por ella y se montó al carro, en el hospital cuando hice mías sus cuentas, en la tienda cuando le llenaron el costal de provisiones, esa alegría comenzaba a menguar y se estaba sintiendo triste con la sospecha de que yo no iba a aceptar lo que Antonio y todos ellos me querían dar.  Y comprendí que había que recibirles, que había que decirles que sí, que había que abrir el carro y dejarles que pusieran en la maleta todo ese pescado y todas esas yucas y plátanos.  Y cuando lo hice así, se vio el milagro, al tener también ellos la oportunidad de dar, de regalarme, estaban más que contentos, y comprobé que, en todo el día, Ana no había estado tan feliz como en ese momento, cuando eran ellos los que me regalaban.  Y así, me sentí mucho más feliz de recibir: sí, hay más alegría en dar que en recibir, y, aun así, la mejor manera de dar es recibir, es que recibiendo propiciamos dignidad y esto vale más que cualquier regalo.

Pescadores del río Cauca
Pescadores del río Cauca

Al despedirme de ellos y seguir mi viaje comencé a pensar en Dios e intuí un poquito más sobre el misterio de la Trinidad:  el Padre da, se vacía de sí para dar su propio ser al Hijo; y el Hijo recibe, se vacía de sí para recibir el ser del Padre, y todo en el Espíritu Santo que es el amor que los vacía, a uno para dar y a otro para recibir.  Es tan divino dar como tan divino recibir, todo es amor y es Espíritu Santo.  Comprendí que un Dios que sólo da es peligroso y que de creyentes de ese Dios resultamos fanáticos que dan y nunca reciben, que pretenden ofrecer salvación y no la aceptan de nadie más; no, Dios da, pero también recibe, y esa fe nos habilita no sólo para darnos y dar sino para acoger todo lo bueno que encontramos en los otros que evangelizamos y es el Espíritu Santo el que hace este milagro, esa es la alegría de la misión.  Y más todavía, ese misterio de Dios no es para estudiarlo en libros y arrancarse la cabeza pensando, es para vivirlo dando como el Padre, recibiendo como el Hijo, y llenos del Espíritu Santo que se nos derrama en el corazón, tener entre nosotros relaciones trinitarias. Ana, Antonio y sus niños, me enseñaron esto mientras yo intentaba darles y ellos recibían, cuando ellos me daban a corazón lleno y yo que dudaba recibirles me fui lleno de regalos, y vi que en ese intercambio era “así en la tierra como en el cielo”, la Trinidad de Dios asomada en el espejo de la amistad que a la familia de pescadores y a mí nos hacía uno. 

Pocos días después de lo que les cuento, me fui a la misión y cuando volví a los años, no encontré más a Ana, Antonio y los niños. He preguntado por ellos y nadie sabe a dónde fueron a parar, me dijeron sí que se habían ido después de la muerte violenta de Antonio, la que se ocasionó porque, según ellos, algunos terratenientes no estaban muy contentos de que se hubiesen hecho esa casita a la orilla del río y que el señor pescador había resistido irse de allí y llevarse a los suyos.  Y Ana misma y los niños tuvieron que dejar el rio y desplazarse…  Mientras no los encuentre me quedaré corto para seguir intuyendo el misterio de Dios, es que, sabemos de Dios lo que sabemos de los pobres.

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