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Misión extrema en Yanayacu (1ª parte)
Esta pobreza y este dolor valientes, esta belleza...
Sí, ya sé, amado de mi corazón, que todo esto, esta luz de oro que salta por las hojas, estas nubes ociosas que navegan por el cielo, esta brisa pasajera que me va refrescando la frente; ya sé que todo esto no es más que tu amor.
Esta luz de la mañana, que me inunda los ojos, no es sino tu mensaje a mi alma. Tu rostro se inclina a mí desde su cenit, tus ojos miran abajo, a mis ojos, y tus pies están sobre mi corazón.
Rabindranaz Tagore, Ofrenda lírica, 59
Sí, ya sé, amado de mi corazón,
que este silencio nocturno en una comunidad lejana,
mecido por el rumor del río,
que este frescor que alivia la tierra bermeja tras la lluvia,
que este soniquete de la lengua indígena,
deslizante y misterioso,
que estas manos fuertes y erosionadas en la chacra;
ya sé que todo esto no es más que tu amor.
Sí, ya sé, Señor mío,
que este sabor a masato, a shibé y a aguaje,
que este canto de los pájaros al amanecer,
afilado y exultante,
que esta luz que desprenden los jóvenes,
pletóricos de vida y de futuro,
que este barro tenaz y este cielo claro de la mañana;
ya sé que todo esto no es más que tu amor.
Sí, ya sé, Siervo humilde,
que el tunchi, el chullachaqui, el bufeo
y los espíritus del bosque que nos escoltan,
que estas palmeras esbeltas y fragantes,
que este generoso atardecer naranja,
vencedor del calor despiadado,
que estas mujeres de piernas fuertes y risa abierta;
ya sé que todo esto no es más que tu amor.
Sí, ya sé, Diosito lindo,
que esta pobreza y este dolor valientes,
que esta sonrisa de niño, entre divertida y temerosa,
que esta belleza que cada día
satura mi sensibilidad,
que este grito atronador por la justicia;
ya sé que todo esto no es más que tu amor.
Esta madrugada serena en que me siento feliz,
no es sino tu mensaje a mi corazón.
Tu rostro se vuelve a mí desde tu selva,
tus ojos miran a mis ojos y los colman,
y tus manos acarician mi vida.
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