El Estado se ha llevado a los jóvenes de nuestro internado de Estrecho (2ª parte)
Una decisión estúpida y contumaz en el contenido y en la forma
Cuando el nuevo convenio estaba a punto para ser firmado… llegaron y se llevaron a los muchachos a vivir al colegio en abril. Fue un traslado tan improvisado y repentino que los adolescentes tuvieron que llevarse sus colchones del internado para que pudieran colocarlos sobre el piso y dormir, porque no había ni camas para ellos. Nadie dijo nada. No hubo ninguna comunicación oficial. Ningún padre de familia alzó la voz. Ni un mínimo agradecimiento.
El año pasado, ante semejantes perspectivas, planteamos el convenio directamente con el gobierno regional, ya no con la UGEL Putumayo. Nos recibieron de lo mejor, la directora regional muy amable, creímos que nos comprendían, se redactó un borrador muy satisfactorio que aseguraba la autonomía del internado, y cuando ya estaba a punto para ser firmado… llegaron y se llevaron a los muchachos a vivir al colegio en abril. Así, sin más explicaciones, abruptamente, sin posibilidad siquiera de reclamar.
Fue un traslado tan improvisado y repentino que los adolescentes tuvieron que llevarse sus colchones del internado para que pudieran colocarlos sobre el piso y dormir, porque no había ni camas para ellos. Los ubicaron en un salón de clase los varones y una sala de profesores las mujeres, adaptando los baños del patio escolar. No es que el colegio no reúna las condiciones para albergar la residencia, es que se ve tan viejo y deteriorado, y se ha quedado tan pequeño, que están a la espera de que se construya uno nuevo.
Nadie dijo nada. No hubo ninguna comunicación oficial. Ningún padre de familia alzó la voz. Ni un mínimo agradecimiento a las Misioneras Parroquiales por sesenta años de servicio; tal vez sea eso lo que deja más perplejo. La Congregación no quiso que fuésemos a protestar o conversar, únicamente un periodista me llamó para preguntarme. Silencio. Aquí no ha pasado nada. Como si nunca hubiera habido internado.
Ayer fui a ver a los chicos, como quien va al dentista. A varios ya no los conozco, pero a algunos sí, y la situación fue incómoda: no sabíamos qué decirnos. Estaban almorzando en un pasillo, bajo un techo provisional. Alguno llegó a abrazarnos al p. Javier y a mí. Vi que ya tienen camarotes (¿habrán devuelto los colchones?). Detecté en los cuidadores miradas de recelo y condescendencia, pero puede ser impresión mía. Nos explicaron su horario, desalentadoramente vacío de actividades.
Pensé en los edificios construidos con tanto esfuerzo y cariño, ahora solitarios: sus dormitorios con baños y lavamanos, salas de estudio, biblioteca, talleres (artesanía, cocina, peluquería…), comedor, sala de cómputo con sus laptops, auditorio, pistas de deporte… Recordé las ayudas que constantemente llegaban de las hermanas, o cuando apoyó mi diócesis de Mérida-Badajoz, o la diócesis de Albacete; todo ese esfuerzo y esa generosidad, durante años, se ha ido al agua.
Me vinieron al corazón momentos compartidos con los jóvenes: la Semana Santa, un partido de fútbol de la selección donde nos quedamos desolados fuera del mundial de Qatar, una noche de karaoke y risas, las pulseras que siempre les encargaba, esos domingos por la tarde bañándonos en la quebrada, cartas de ida y vuelta con muchachos españoles, un paseo nocturno por el aeropuerto… Para mí ellos eran parte fundamental de las visitas, disfrutaba enormemente su compañía, y de golpe adiós.
Cuando me pregunto el porqué, se me rompe la cabeza. Aunque existía ese escollo legal, creo que con voluntad se podía haber arbitrado una solución. Me dicen que hay personas dentro de los responsables educativos que no miran con buenos ojos a la Iglesia, y es posible; ya he descubierto en otros lugares que, justo donde tradicionalmente se ayudó mucho, hay mucho resentimiento. Y tengo que seguir procesando eso de “Te harás perdonar el pan que das”.
La realidad es queel Estado, que disponía de una residencia magnífica en los planos profesional, vocacional y material, ha elegido enviar a sus estudiantes más pobres de zonas rurales a un lugar donde son atendidos en condiciones de bastante menos calidad. Estoy en total desacuerdo con esta decisión estúpida y contumaz, en el contenido y en la forma. Como Iglesia creo que hubiéramos merecido más diálogo, más flexibilidad y, llegado el caso, un tiempo prudencial para efectuar el cambio con más preparación, asegurando mejor el bienestar de los jóvenes y quedando como amigos.
No siento rabia, ni siquiera por ese presumible sectarismo que se esconde detrás de las leyes; siento tristeza. Pero no tanto por la ingratitud o el desprecio, sino por lo que se podría continuar ofreciendo y sobre todo por los chicos y chicas que ya no lo podrán aprovechar. Ellos son lo único que importa y los que me duelen.