Un estallido emocional, un desbordamiento de ansiedad, una llamada de atención, un grito de auxilio desgarrado Posesiones diabólicas

Impunidad
Impunidad Laura Restrepo

El abuso dentro de la familia es un mal muy extendido, y sobre todo en zonas alejadas de sierra o selva donde la presencia del Estado es precaria y la impunidad queda amplificada por una losa de silencio y vergüenza

Hace algunas semanas nos llegaron noticias de posesiones diabólicas en Puerto Alegría, una comunidad de apreciable población situada a orillas del Amazonas grande, a una hora río arriba de la triple frontera. El profesor de religión llamó acá sobrepasado por la situación, preguntando qué podía hacer. Hace pocos días, durante la visita allí, tuve ocasión de conocer, comprender y entristecerme. Va a ser que el demonio sí que existe.

Fui a buscar al profe a su casa y me lo encontré como una piedra en su hamaca. Lo desperté y comenzamos a conversar. Me contó que la cosa sucedió de pronto un día de clases; las poseídas son de varios grados de secundaria, es decir, de entre 12 y 16 años, todas chicas. Este dato ya me hizo pensar. Por lo visto apareció un libro “encantado” o “hechizado”, unas versiones dicen que alguien lo llevó y otras que estaba enterrado bajo el colegio. El caso es que la maldad provenía de ese objeto.

Las niñas, seis o siete, estaban en el baño de mujeres. Salieron corriendo, dando fuertes gritos y moviendo los brazos, “convulsionando”. A algunas no se las entendía. Una de ellas es nieta de Homar, el animador, y se llama Genina; me contó más tarde que no podía respirar, notaba que había “algo” dentro de ella. “Mi abuelo se puso a rezar sobre mí y estuve más tranquila, ya no chillaba y eso se fue”. Me confirmó lo del libro maléfico.

Le pregunté al profesor, bajando la voz, si tal vez él sabía si algunas de las muchachas padecen episodios de abuso sexual. El abuso dentro de la familia es un mal muy extendido en el Perú, y sobre todo en zonas alejadas de sierra o selva donde la presencia del Estado es precaria y la impunidad queda amplificada por una losa de silencio y vergüenza. Tras mirar de reojo alrededor, corroboró que hay al menos tres casos, y además un aborto: “Esa es justamente la chica que gritaba que Satanás le decía que se matase”.

En ocasiones, durante la confesión de jóvenes previa a la Confirmación, he escuchado de chicas cosas horribles. Al encontrarse seguras en un ámbito donde saben que impera el secreto, no aguantaban más y se derrumbaban en llanto: “Mi papá… mi tío… mi primo…”. En viviendas mínimas donde duermen tantas personas,  no podían evitar las violaciones sistemáticas, las amenazas si se atrevían a contarlo, muchas veces la complicidad muda de sus mamás.

No me hago a la idea de la tensión a la que estas adolescentes están sometidas, cómo deben sentirse: sucias, usadas, despreciadas… Una chivola a la que embarazan de esa manera y llevan a abortar clandestinamente seguro que tiene ganas de morirse. No me extrañaría que hubieran hablado en el baño, necesitarían desahogarse y habrían oído o supuesto que “tal vez tú también…”. A esa violencia soportada con la boca cerrada durante semanas y meses, a ese miedo reprimido, corresponde un estallido emocional, un desbordamiento de ansiedad, una llamada de atención, un grito de auxilio desgarrado.

Llamaron a varios pastores evangélicos, que estuvieron orando para expulsar al enemigo. Uno de ellos, al ver el rosario que Geni llevaba al cuello, se lo arrebató y se lo llevó diciendo que “en los católicos es todo mentira”. Otro, de otra iglesia, llevó allí a dos de las sanadas, consiguiendo así nuevas adeptas. De estas chivolas se aprovechan todos para sus propios intereses, es normal que sientan que no valen nada y deseen desaparecer para dejar de sufrir.

En nuestro mundo amazónico, habitado por espíritus de todo tipo, su manera de narrar este dolor es un etnorrelato: el diablo ha entrado en ellas. Ya no son ellas mismas, son constantemente utilizadas, han perdido su personalidad; y lo que las obliga y las gobierna las empuja a la angustia, a la aflicción… a la muerte. Soy occidental y considero que por supuesto que están poseídas. Pero en un sueño se me ha revelado que hay que cuidarlas, y de momento tengo localizado un rosario nuevo para Geni.

Volver arriba