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Refugio de los muertos
En la terraza de O Palleiro, hombres y mujeres que vienen aquí a pasar unos días charlaban recordando su infancia: Después de comer, íbamos al río o a buscar nidos para cazar al lazo la paloma torcaz. El suelo parecía un lecho de cristal. Caminábamos aturdidos por el sol ceniza de las cinco de la tarde. En tardes como la de hoy, tormentosa y aplastante, extenuados, nos arrodillaban delante de las claras y frescas fuentes para beber a morro nuestro retrato plano en el agua. Cuidando las vacas, muchas tardes marchábamos detrás de nuestra mirada hasta más allá del horizonte, umbral del altar de lo prohibido, y nos deleitábamos en el miedo que nos causaban los terrible y peligrosos monstruos que lo habitaban. Ahora, perdidos en un manglar de sensaciones, se sienten desarraigados como un alma que ha huido temporalmente de otros espacios, de otro mundo. Al anochecer, regresábamos salmodiando la partitura pautada por las esquilas del ganado, santo y monótono sonar. Tiempo de cómodas costumbres y sentencias con retranca caídas de labios que chorreaban picardía. Sin saberlo, nos sentíamos en estrecha concordia y armonía con la naturaleza.
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