esperanza naufragio soledad
La esperanza del náufrago
Aprendió a jugar chapoteando en los charcos del camino del barrio, luego vivió en casas como refugios amurallados y le fue suficiente abrir la boca para que sus cuentas crecieran como la espuma; se mezcló con gentes de catadura espesa y con magnates. Era infantil, débil y fuerte, pícaro y tierno, orgulloso y humilde. Se enfrentó a poderosos y llamó la atención a gobiernos corruptos. Fue la belleza plástica con un balón en los pies y el caos en noches de putas, borrachera y droga, estanque dorado y cisterna de orines, luminaria y pozo de oscuridad. Su capilla ardiente fue la peregrinación más multitudinaria del año de su país y, tal vez del mundo. A pesar de todo, no hizo la historia, la sufrió porque hacemos el drama pero la tragedia nos arrolla. Fue la encarnación de lo que escribió Rilke: Lo bello no es más que el comienzo de lo terrible”. Ha encarnado y escenificado, como solo los elegidos de los dioses, la grandeza y la miseria, el éxito y el fracaso del hombre. Y puesto que los dioses se llevan pronto consigo a sus elegidos: Ha muerto Maradona, un juguete roto.
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