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Apagouse un lume (y II)
Cuando llegué a lo más alto de las cumbres pedregosas de O Cebreiro sentí los sueños de hierro de las rocas, su abismal soledad e infinito desamparo. Entonces, lejos de la ciénaga política y de las miserias de cada día, tomé el pulso al silencio, y, como en una tabla en blanco, hilé el silencio con silencios. De nuevo en el valle, arrullado por la eterna canción del Eiroá, delgado como un esqueleto andante, todo me apareció tan lejano como un lienzo de un museo y tan cercano como mi ansioso corazón al galope, y pensó: todo está a nuestra vista, hasta mucho más allá de nuestra identidad, y nuestras creencias, que nos encadenan y dan colores y figuras a la vida, y casi nada al alcance de nuestras manos. Todo genera preguntas y curiosidad que hacen tambalearse nuestras renqueantes certidumbres. Me dijo acostado a la barra en O Palleiro, tomo el último sorbo y se fue.
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