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Nunca se había ido
En la encrucijada, al pie del crucero, cuando hacía sol, y en un pajar, cuando llovía, el ciego y el lazarillo comían los mendrugos de pan que recogía éste. Con frecuencia tenían un poco de tocino para acompañarlo. A veces, la abuela los sentaba a la mesa. Comiendo el caldo, hacían tanto ruido como una manada de caballos abrevándose en una fuente fresca o piafando al sentir el aire del lobo-, decía el abuelo. Lo sorbían con avidez; daba gusto oírlos-, comentaba la abuela. En invierno, después de tomar aquellas tazas de caldo, se acostaban en el pajar hasta la noche, entonces se despertaban para ir a los filandones. Los niños los espiaban y sentían como respiraban con fuerza por entre ambos canales. El lazarillo había copiado las costumbres del viejo, lo imitaba en todo.
- Hasta en el respirar-, decía el abuelo.
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