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El ser y la nada
Desde las ventanas y los balcones, hoy se podía ver un enorme rebaño de cabras y ovejas triscando en el anchuroso prado de los alrededores de Loureses. Los cabritos y los corderos, blancos y brillantes como yayos de sol nacidos de la tierra que se clavan en los nubarrones que, como caballos negros, cabalgaban las cumbres del Cebreiro, mamaban correteaban, saltaban y brincaban en torno a sus madres, los castrones y los carneros cortejaban y montaban las cabras y las ovejas. Cuando sonó el cuerno de regreso a los apriscos, los grandes carneros, como dioses luminosos, llevaban en sus lomos lanudos todo el sol del día como una manta de perlas brillantes que chisporroteaban como hogueras. Detrás del rebaño, una perra en celo, seguida de dos mastines grandes como yeguas y detrás cinco o seis caniches, en orden riguroso, como procesión de culto a un dios pagano, rito de fecundidad de pura y salvaje fragancia.
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