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En este tiempo, el amor nos atrae y nos trae al calor de las brasas del hogar, nostalgia incurable, memoria exigente e implacable de los muertos dolientes, alguien que ha llegado al pueblo de visita, y ya lleva aquí más de un año, comentaba en el bar a raíz de algunos acontecimientos: No entiendo por qué no nos preocupa y lamentamos tanto la mala suerte y el hambre de miles de niños de otros horizontes como lamentamos y nos preocupa la mala suerte de los niños de aquí. Nadie contestó, pero todos pensaron: Lo que ocurre a niños en lejanos rincones arranca dulces y piadosos lamentos, pero lo que ocurre a nuestros niños nos produce sentimiento, grandes y anchos como el alma, peso y gozo inclementes, porque son parte de nuestro cuándo, de nuestro dónde y de nuestro cómo; es decir, e nuestra intimidad, por eso la sangre se nos convierte en remolinos de lágrimas singulares, en río salvaje, confuso oleaje, que funde los valles de luz a sombra.
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